Hierro, piedra y gloria: Torre Eiffel, Trocadéro e Inválidos en París

Del balcón donde se aprobó la Declaración de los Derechos Humanos a la tumba de Napoleón: la torre que nadie quería, el Guernica que gritó en 1937 y los grandes palacios del París militar

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  1. 1. Explanada del Trocadéro y Palacio de Chaillot

    Place du Trocadéro et du 11 Novembre, 75116 Paris, France

    Colócate en el centro de la explanada, entre las dos alas curvas del palacio, y mira al frente: la Torre Eiffel aparece entera, de golpe, al otro lado del río, como si la hubieran puesto ahí solo para ti. Es el mirador más famoso de París, y no es casualidad: todo este conjunto se diseñó para regalar esta vista.

    Pero empieza por el nombre, que tiene acento español. El Trocadero es un fuerte en la bahía de Cádiz. En 1823, un ejército francés, los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, cruzó los Pirineos para devolver a Fernando VII su poder absoluto y acabar con el gobierno liberal. La toma del fuerte del Trocadero fue su gran victoria, y París bautizó esta colina en su honor. Así que este lugar celebra, en el fondo, una derrota de los liberales españoles.

    El palacio que te rodea, el Palacio de Chaillot, se levantó para la Exposición Internacional de 1937, aprovechando la estructura de un edificio anterior de estilo morisco, con dos minaretes, construido para la Exposición de 1878. Los arquitectos lo abrieron en dos, como un telón de teatro, para enmarcar la torre. Fíjate en las estatuas doradas de la terraza y en las frases del poeta Paul Valéry grabadas en letras de oro sobre los pabellones.

    Mira ahora el suelo: estás en la explanada de los Derechos Humanos. El 10 de diciembre de 1948, en este palacio, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Eleanor Roosevelt había presidido la comisión que la preparó, y el jurista francés René Cassin fue uno de sus principales redactores. Ocho años antes, en junio de 1940, en esta misma explanada, Hitler se había hecho fotografiar con la torre a su espalda durante su única y fugaz visita a París. Dos imágenes opuestas del siglo veinte, en el mismo puñado de metros.

    Ahora baja por las escalinatas hacia los jardines y las fuentes. En 1937, ahí abajo, se libró otra batalla, esta vez de arte y de propaganda, y España estuvo en primera fila.

  2. 2. Jardines del Trocadéro: el Guernica de 1937

    Jardins du Trocadéro, Avenue Gustave V de Suède, 75016 Paris, France

    Asómate a la balaustrada sobre el gran estanque rectangular de los jardines. Si tienes suerte y la fuente está en marcha, verás una batería de cañones de agua disparando sus chorros horizontales hacia la torre, como en un asalto de agua contra el hierro.

    Estos jardines y esta fuente se rediseñaron para la Exposición Internacional de 1937, la última gran feria antes de la Segunda Guerra Mundial. Y la imagen que todo el mundo recuerda de aquella exposición se veía justo ahí abajo, junto al puente: frente a frente, el pabellón de la Alemania nazi, una torre de piedra coronada por un águila, y el de la Unión Soviética, rematado por dos gigantes de acero, un obrero y una campesina, alzando la hoz y el martillo. Dos totalitarismos midiéndose cara a cara.

    Y no muy lejos, mucho más modesto, se alzaba el pabellón de la República Española, obra de los arquitectos Josep Lluís Sert y Luis Lacasa. España estaba en plena guerra civil, y el pabellón era un grito de auxilio al mundo. Dentro, el visitante se topaba con un lienzo inmenso, en blanco, negro y gris: el Guernica, que Picasso había pintado en pocas semanas tras el bombardeo de la villa vasca por la aviación alemana e italiana, el 26 de abril de 1937.

    Cuenta una anécdota, quizá embellecida, que años después, en el París ocupado, un oficial alemán vio una reproducción del cuadro en el taller de Picasso y le preguntó si lo había hecho él. Y que Picasso contestó: no, lo han hecho ustedes. En aquel mismo pabellón colgaba un gran mural de Joan Miró, El segador, hoy perdido, y corría una fuente de Alexander Calder alimentada con mercurio de las minas de Almadén.

    El pabellón se desmontó al cerrar la exposición y no queda nada de él. El Guernica viajó por medio mundo y pasó décadas en Nueva York, porque Picasso no quiso que entrara en España mientras no hubiera libertades. Llegó a Madrid en 1981, y hoy cuelga en el Museo Reina Sofía. Pero se presentó por primera vez aquí, a pocos pasos. Sigue bajando hacia el río y sube al puente que lleva a la torre.

  3. 3. Puente de Jena: el puente que Prusia quiso volar

    Pont d'Iéna, 75007 Paris, France

    Camina hasta el centro del puente de Jena y mira hacia sus extremos: en cada esquina, un guerrero a caballo monta guardia sobre un alto pedestal. Un galo, un romano, un griego y un árabe, cuatro jinetes de piedra que parecen vigilar quién entra en el territorio de la torre.

    El puente lo mandó construir Napoleón para celebrar su victoria de Jena, en 1806, sobre los prusianos. Y ese nombre, en plena capital, era una pequeña humillación diaria para Prusia. Así que cuando, en 1815, tras Waterloo, los ejércitos aliados ocuparon París, el viejo mariscal prusiano Blücher decidió vengarse: quería volar el puente.

    Sus zapadores llegaron a ponerse manos a la obra. Según cuenta la historia, el rey Luis XVIII, recién restaurado en el trono, mandó decir que se haría llevar en persona al centro del puente para saltar por los aires con él. Lo más probable es que fueran los propios aliados, ingleses y rusos, quienes frenaron al prusiano. El puente se salvó, aunque durante unos años perdió su nombre incómodo y pasó a llamarse puente de la Escuela Militar.

    Fíjate también en las águilas imperiales esculpidas sobre los pilares: desaparecieron con la caída de Napoleón y volvieron con su sobrino, Napoleón III, en cuya época se colocaron también los cuatro jinetes. En 1937, para la exposición, el puente se ensanchó para absorber a las multitudes. Así, cada régimen de Francia ha ido dejando aquí su huella, como capas de pintura.

    Pero la verdadera razón de que estés aquí es otra. Desde el centro del puente ves la torre como la vieron los visitantes de 1889: no como una postal lejana, sino creciendo sobre ti, una maraña de hierro que se abre en cuatro patas gigantescas. Y es que en aquella exposición la torre era también la gran puerta de entrada a la feria: medio mundo pasó por debajo de ella. Cruza el río y ponte justo debajo, en el centro.

  4. 4. Torre Eiffel: la torre que nadie quería

    Champ de Mars, 5 Avenue Anatole France, 75007 Paris, France

    Ponte justo en el centro, entre las cuatro patas, y mira hacia arriba: un túnel de vigas, remaches y celosías que se cierra a más de trescientos metros sobre tu cabeza. Desde aquí, la torre no parece un monumento, sino lo que es: una gigantesca lección de ingeniería.

    Se construyó para la Exposición Universal de 1889, en el centenario de la Revolución. La idea original no fue de Gustave Eiffel, sino de dos ingenieros de su empresa, Maurice Koechlin y Émile Nouguier, con el arquitecto Stephen Sauvestre. Eiffel compró la patente, la defendió con uñas y dientes y le dio su nombre. Se montó en poco más de dos años, con unas dieciocho mil piezas de hierro y unos dos millones y medio de remaches, y durante unos cuarenta años fue la estructura más alta del mundo.

    Muchos parisinos la detestaron. En 1887, antes de que se levantara, un grupo de artistas y escritores, entre ellos Maupassant, Charles Garnier y Charles Gounod, publicó una protesta furiosa contra aquella torre inútil y monstruosa. Se cuenta que Maupassant comía a menudo en el restaurante de la torre porque era el único sitio de París desde donde no la veía. Además, el permiso era solo por veinte años; lo que la salvó del desguace fue la radio, porque resultó una antena perfecta para la telegrafía sin hilos.

    Y ahora, la parte que te toca de cerca. Los talleres de Eiffel no solo trabajaron en Francia: exportaron puentes, estaciones y estructuras de hierro a medio mundo, también a América Latina. En Arica, en el norte de Chile, la iglesia de San Marcos, prefabricada en hierro, se atribuye tradicionalmente a Eiffel, aunque los historiadores siguen discutiendo cuánto intervino él. Y en Panamá, su empresa se encargó de las esclusas del canal francés, un proyecto que terminó en un escándalo enorme: Eiffel fue condenado en 1893, aunque la sentencia se anuló poco después.

    Un último detalle: la torre se repinta más o menos cada siete años, y en cada campaña se gastan unas sesenta toneladas de pintura. Y en verano, con el calor, el hierro se dilata y la cima se inclina unos centímetros, alejándose del sol. Ahora sal hacia el sureste y adéntrate en la larga alfombra verde que se extiende a tus pies.

  5. 5. Campo de Marte: globos, juramentos y exposiciones

    Champ de Mars, 2 Allée Adrienne Lecouvreur, 75007 Paris, France

    Camina por el centro de este enorme jardín alargado, con la torre a tu espalda y, al fondo, la cúpula de un edificio clásico. Es el Campo de Marte, casi un kilómetro de césped que lleva el nombre del dios de la guerra porque nació como campo de maniobras de la Escuela Militar.

    Pero aquí ocurrieron cosas mucho más extrañas que un desfile. El 27 de agosto de 1783, el físico Jacques Charles soltó desde este campo el primer globo de hidrógeno de la historia, ante una multitud empapada por la lluvia. El globo voló casi una hora y cayó en un pueblo cercano, Gonesse, donde los campesinos, convencidos de que era un monstruo, lo atacaron con horcas. Se dice que Benjamin Franklin estaba entre el público.

    Siete años después, el 14 de julio de 1790, el Campo de Marte acogió la fiesta de la Federación, el primer aniversario de la toma de la Bastilla. Cientos de miles de personas vieron al rey Luis XVI jurar fidelidad a la nación. Y aquí viene la sorpresa: cuando la República fijó la fiesta nacional en 1880, la ley no dijo qué 14 de julio celebraba, y muchos sostienen que es este, el de la reconciliación, y no el de la Bastilla. La concordia duró poco: en julio de 1791, en este mismo campo, la Guardia Nacional disparó contra una multitud que pedía el fin de la monarquía.

    En el siglo diecinueve el Campo de Marte se convirtió en el escaparate del mundo. Aquí se celebraron las exposiciones universales de 1867, 1878, 1889 y 1900. En la de 1889, además de la torre, se alzaba al fondo la Galería de las Máquinas, una nave de hierro y cristal de más de cuatrocientos metros de largo, sin un solo pilar en su interior. Se derribó en 1910, y muchos lo lamentan todavía.

    Hoy el campo es el salón de picnic de los parisinos, y en los Juegos Olímpicos de 2024 se instaló aquí, a los pies de la torre, un estadio temporal de vóley playa. Sigue hasta el final del jardín: allí, frente a la Escuela Militar, te espera un mariscal a caballo.

  6. 6. Plaza Joffre: el mariscal del Marne

    Place Joffre, 75007 Paris, France

    Al final del Campo de Marte, justo antes de la Escuela Militar, te espera un jinete de bronce sobre un alto pedestal de piedra: un militar grueso, de bigote poblado, tranquilo sobre su caballo. Es el mariscal Joseph Joffre, y la plaza que pisas lleva su nombre.

    Joffre nació en 1852 en Rivesaltes, en el Rosellón, a pocos kilómetros de la frontera española, en una tierra donde se hablaba catalán. Hijo de un tonelero, hizo carrera como ingeniero militar en las colonias, y en 1911 se convirtió en jefe del estado mayor del ejército francés. Nadie lo consideraba un genio, pero tenía una virtud rara en la guerra: no perdía la calma.

    En septiembre de 1914, el ejército alemán avanzaba hacia París y el gobierno había huido a Burdeos. Joffre detuvo la retirada y lanzó la contraofensiva del Marne, que frenó a los alemanes a las puertas de la capital. Fue entonces cuando cientos de taxis parisinos, movilizados por el gobernador militar de la ciudad, el general Gallieni, llevaron soldados al frente. Su efecto militar fue modesto, pero la imagen de una ciudad entera arrimando el hombro se convirtió en leyenda. Joffre fue nombrado mariscal en 1916 y los soldados lo llamaban papá Joffre.

    Esta plaza ha cambiado mucho en pocos años. Hasta 2020 se alzaba aquí el Muro por la Paz, una estructura de vidrio con la palabra paz escrita en decenas de idiomas; se desmontó para dejar sitio a un gran pabellón provisional, el Grand Palais Éphémère, y ya no ha vuelto. Aquel pabellón acogió después pruebas de los Juegos Olímpicos de 2024 y estaba pensado para desaparecer tras ellos.

    Antes de seguir, date la vuelta. Desde aquí, la torre se alinea exactamente con el eje del Campo de Marte, y entiendes la ambición de quienes trazaron esta perspectiva en el siglo dieciocho: un gran escenario abierto, de la escuela de los oficiales al río. La torre llegó después y se apropió de la vista... pero el decorado lo pensaron otros. Ahora rodea la estatua y acércate a la fachada de la Escuela Militar.

  7. 7. Escuela Militar: el cadete Bonaparte

    1 Place Joffre, 75007 Paris, France

    Planta cara a la fachada de la Escuela Militar: columnas corintias, un frontón esculpido, una cúpula cuadrada y un gran reloj presidiendo el conjunto. Es uno de los grandes edificios del siglo dieciocho en París, y se nota que su arquitecto sabía lo que hacía.

    Se llamaba Ange-Jacques Gabriel, el arquitecto favorito de Luis XV, el mismo que diseñó la plaza de la Concordia y el Pequeño Trianón de Versalles. La escuela se fundó en 1751 para formar como oficiales a los hijos de la nobleza sin dinero, que no podían pagarse una carrera militar. Detrás de la idea estaban un financiero muy hábil, Joseph Pâris-Duverney, y la mujer más influyente de la corte, Madame de Pompadour.

    Pero el dinero se acabó enseguida, y para terminar las obras se recurrió a soluciones muy imaginativas: un impuesto sobre los naipes y una lotería. Así que, en cierto modo, este palacio de la disciplina militar se pagó con las partidas de cartas y la suerte de los franceses.

    En octubre de 1784 llegó a esta escuela un muchacho corso de quince años, delgado, con acento extranjero y pocos amigos: Napoleone Buonaparte. Terminó en un solo año una formación que a otros les llevaba dos o tres, y salió como subteniente de artillería en 1785, en el puesto cuarenta y dos de cincuenta y ocho, según se suele contar. Se dice que uno de sus profesores anotó que llegaría lejos si las circunstancias lo favorecían... y vaya si lo favorecieron.

    La escuela nunca ha dejado de servir al ejército. Hoy alberga centros de enseñanza militar superior, donde se forman los oficiales de estado mayor. Su silueta ha visto pasar revoluciones, ocupaciones y desfiles, y sigue cerrando el Campo de Marte como el telón de fondo de un teatro. Ahora rodea el edificio por la avenida de La Motte-Picquet, hacia el noreste, hasta el comienzo de la calle Cler.

  8. 8. Calle Cler: la vida dentro de un edificio de Haussmann

    Rue Cler, 75007 Paris, France

    Entra en la calle Cler y baja el ritmo: es peatonal, huele a pan, a fruta y a queso, y las aceras se llenan de cajas de verdura, flores y terrazas. Después de tanto monumento, aquí ves cómo vive de verdad el barrio, en una de las calles de mercado más queridas del distrito séptimo.

    El nombre no es de un comerciante, sino de un militar, como casi todo en este barrio: el general Jean-Joseph-Gustave Cler, muerto en 1859 en la batalla de Magenta, en Italia. El barrio, en cambio, se llama Gros-Caillou, la piedra gorda. Se cuenta que una enorme roca marcaba aquí un antiguo límite de tierras, en tiempos en que todo esto eran huertos, lavanderías y casas humildes junto al río.

    Ahora levanta la vista y lee un edificio parisino como si fuera un libro. Planta baja con tiendas. Encima, un entresuelo bajo. Luego viene el segundo piso, el piso noble, con el balcón corrido de hierro y los techos más altos: ahí vivían los más ricos. Cuanto más subes, más bajos son los techos y más modestos los inquilinos. Otro balcón corrido marca el quinto piso, y arriba, bajo el tejado abuhardillado de zinc, estaban los cuartos de las criadas.

    Antes de que existieran los ascensores, la escalera era un termómetro social: el banquero vivía a pocos peldaños de la calle y la criada subía seis pisos con el agua y el carbón, muchas veces por una escalera de servicio aparte. Todas las clases bajo el mismo techo, pero sin cruzarse. Fue el ascensor el que, poco a poco, dio la vuelta a la jerarquía y convirtió los áticos en los pisos más codiciados.

    Y si te gusta la arquitectura, a pocos minutos de aquí, en el número 29 de la avenida Rapp, hay un portal modernista de Jules Lavirotte, de 1901, tan exuberante que parece hecho de carne y plantas. Esa fachada ganó el concurso de fachadas de la ciudad. Ahora sube por la calle Cler hasta la calle de Grenelle y gira a la derecha: al final verás aparecer la gran explanada de los Inválidos.

  9. 9. Los Inválidos: el hospital del Rey Sol

    129 Rue de Grenelle, 75007 Paris, France

    Ponte frente a la fachada principal de los Inválidos, la que mira al Sena, y recórrela con la vista de un extremo a otro: casi doscientos metros de piedra, con un portal triunfal en el centro y una fila de cañones antiguos a sus pies. No es un palacio. Es un hospital... el más grandioso que se ha construido nunca para soldados.

    Lo fundó Luis XIV en 1670. Hasta entonces, los soldados heridos o viejos acababan pidiendo limosna por las calles, y el Rey Sol, que hacía la guerra constantemente, decidió que aquello no podía seguir. Encargó el proyecto a Libéral Bruant, y en pocos años llegaron a vivir aquí miles de veteranos, con sus talleres de zapatería, tapicería e iluminación de manuscritos para ganarse el pan.

    Cuando entres en el gran patio de honor, fíjate en las buhardillas del tejado: cada una está decorada como un trofeo militar, con cascos y armaduras. Y cuenta la leyenda que en una de ellas asoma un lobo con la mirada fija. Es un juego de palabras: en francés, el lobo ve se dice le loup voit, que suena igual que Louvois, el ministro de la guerra que dirigió las obras y que, al parecer, quiso firmarlas a escondidas.

    En la mañana del 14 de julio de 1789, una multitud asaltó este edificio y se llevó decenas de miles de fusiles de sus sótanos. Les faltaba la pólvora, y fueron a buscarla a una vieja fortaleza del este de la ciudad: la Bastilla. Así que, en cierto modo, la Revolución empezó a armarse aquí, a unos pasos de donde estás.

    Hoy los Inválidos acogen el Museo del Ejército, uno de los más grandes del mundo en su género. Y todavía cumplen su función original: en una parte del edificio sigue funcionando una institución que atiende a soldados heridos y veteranos. Tres siglos y medio después, la promesa del Rey Sol se mantiene. Ahora rodea el conjunto hacia el sur: detrás te espera la cúpula dorada, y bajo ella, un emperador.

  10. 10. La cúpula de los Inválidos y la tumba de Napoleón

    Place Vauban, 75007 Paris, France

    Ahora la tienes delante: la cúpula dorada de los Inválidos, brillando incluso en los días grises, a más de cien metros de altura. Pocas siluetas de París son tan teatrales. Y debajo de ella, en una cripta abierta, descansa Napoleón Bonaparte.

    La iglesia la diseñó Jules Hardouin-Mansart, el arquitecto de Versalles, a finales del siglo diecisiete, como capilla real para Luis XIV. La cúpula se ha vuelto a dorar varias veces, con finísimas láminas de oro, y es una de las obras maestras del barroco francés. Durante más de un siglo, el rey y la corte la tuvieron para sí... hasta que llegó un huésped inesperado.

    Napoleón murió en 1821 en su destierro de Santa Elena, en medio del Atlántico. En su testamento pidió que sus cenizas descansaran a orillas del Sena, entre el pueblo francés al que tanto había amado. En 1840, el rey Luis Felipe, que buscaba un poco de gloria prestada, mandó traer sus restos en una fragata. Una multitud inmensa los recibió en París en pleno invierno, y en 1861 el emperador quedó instalado en el gran sarcófago de cuarcita roja que verás en la cripta, rodeado de doce estatuas de victorias.

    Según la tradición, el cuerpo está encerrado en seis ataúdes encajados unos dentro de otros, como muñecas rusas. Y no está solo. En la misma iglesia descansa su hermano José Bonaparte, al que Napoleón hizo rey de España en 1808. Los madrileños lo llamaron Pepe Botella, aunque, según cuentan sus biógrafos, apenas bebía. En Santa Elena, el propio Napoleón reconoció, según sus memorialistas, que aquella desgraciada guerra de España había sido la primera causa de su ruina.

    También reposan aquí grandes militares franceses, como Turenne o el mariscal Foch, y el corazón de Vauban, el ingeniero de las fortalezas. Pero todas las miradas van al sarcófago, al que se asoman los visitantes desde la balaustrada circular, obligados a inclinar la cabeza... como si se inclinaran ante el emperador. Ahora rodea la cúpula hacia el este y sube por el boulevard de los Inválidos hasta la calle de Varenne: en la esquina, un jardín de rosas esconde a un pensador.

  11. 11. Museo Rodin: el pensador en el jardín

    77 Rue de Varenne, 75007 Paris, France

    Asómate a la verja del jardín y búscalo entre los rosales: sentado sobre una roca, con la barbilla apoyada en la mano y el cuerpo entero en tensión, El pensador de Rodin. Detrás, una mansión elegantísima de piedra clara: el Hôtel Biron, hoy Museo Rodin.

    El palacio se construyó entre 1727 y 1732 para Abraham Peyrenc de Moras, hijo de un peluquero de provincias que se hizo inmensamente rico especulando en los años locos del financiero John Law. Más tarde perteneció al mariscal de Biron, que le dio su nombre y llenó el jardín de flores raras. Y durante gran parte del siglo diecinueve fue un colegio de monjas del Sagrado Corazón, para hijas de buena familia.

    Cuando las congregaciones religiosas perdieron el derecho a enseñar, a comienzos del siglo veinte, las monjas tuvieron que irse, y el Estado alquiló el palacio por habitaciones mientras decidía qué hacer con él. Fue un momento mágico: aquí vivieron artistas como Matisse, Cocteau o la bailarina Isadora Duncan. El poeta Rainer Maria Rilke, que había sido secretario de Rodin, le habló del lugar, y en 1908 el escultor alquiló sus primeras salas.

    Rodin acabó ocupándolo entero y ofreció un trato al Estado: donaría todas sus obras, sus dibujos y sus colecciones a cambio de que el palacio se convirtiera en su museo. El acuerdo se cerró en 1916, en plena guerra. Rodin murió en noviembre de 1917, y el museo abrió sus puertas en 1919. En el jardín te esperan también La puerta del infierno, inspirada en la Divina Comedia de Dante, y Los burgueses de Calais.

    Y dentro hay una sala dedicada a Camille Claudel, su alumna, su amante y su rival, cuyas esculturas por fin comparten casa con las de su maestro. Es un final justo para este paseo de hierro y piedra: empezaste ante una torre que muchos creyeron monstruosa y terminas ante un hombre que piensa. Aquí termina nuestro recorrido; quédate un rato en el jardín, entre las rosas y el bronce, y gracias por caminar conmigo por París.