Montparnasse de los años locos: escritores, pintores y latinoamericanos en París

De la Closerie des Lilas a las tumbas de Cortázar y Vallejo, pasando por las Catacumbas, Bobino y La Coupole: el barrio donde Hemingway, Man Ray, Diego Rivera y Kiki inventaron el siglo veinte

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  1. 1. La Closerie des Lilas: Hemingway escribe Fiesta

    171 Boulevard du Montparnasse, 75006 Paris, France

    Ante ti, tras un seto espeso de arbustos, se esconde una terraza verde con toldos y faroles: la Closerie des Lilas, un café que lleva aquí desde mediados del siglo diecinueve. En la esquina, sobre su pedestal, un mariscal de bronce blande el sable y parece gritar a la tropa. Empieza aquí el Montparnasse de los escritores.

    Cuando abrió, hacia 1847, esto era un merendero de las afueras, con baile y lilas en el jardín, de ahí su nombre. A principios del siglo veinte se convirtió en refugio de poetas: el poeta Paul Fort, al que llamaban el príncipe de los poetas, reunía aquí cada martes a una multitud de escritores jóvenes, entre versos, vino y discusiones que acababan de madrugada.

    Y luego llegó un estadounidense de veintitantos años que vivía con su mujer encima de un aserradero, a pocas calles. Ernest Hemingway venía a escribir a lápiz en estas mesas, porque era el café bueno más cercano y porque, decía, aquí nadie lo molestaba. Se dice que buena parte de Fiesta, la novela de los Sanfermines y de Pamplona, tomó forma en este local. Lo contó él mismo, ya viejo, en París era una fiesta.

    Entra con la vista: en las mesas del bar, pequeñas placas de latón llevan nombres de clientes célebres. Hemingway, por supuesto, entre otros clientes ilustres. Y una leyenda que se repite mucho y no se puede probar: que Lenin y Trotski, exiliados en París antes de la revolución, jugaban aquí al ajedrez.

    Ahora mira al mariscal de la esquina. Es Michel Ney, uno de los generales más valientes de Napoleón, que combatió también en España. Tras Waterloo fue condenado por traición y fusilado en diciembre de 1815 a pocos pasos de aquí, junto al Observatorio. François Rude lo esculpió en pleno grito. Hemingway lo recuerda en sus memorias de París. Ahora camina hacia el oeste por el boulevard du Montparnasse y gira a la izquierda por la rue Campagne-Première.

  2. 2. Rue Campagne-Première: Man Ray, Kiki y el final de Al final de la escapada

    31 Rue Campagne-Première, 75014 Paris, France

    Busca el número 31 y quédate un momento frente a su fachada: un edificio de talleres con enormes ventanales y paredes revestidas de cerámica color arena, con flores y relieves que parecen de pastelería. Detrás de esos cristales trabajaron fotógrafos, pintores y escultores. Esta calle corta y tranquila fue una fábrica de genios.

    El edificio se terminó en 1911 y su fachada, obra del ceramista Alexandre Bigot, ganó un premio de la ciudad. Los grandes ventanales orientados al norte daban a los artistas esa luz pareja que tanto buscaban. En los años veinte, en el número 31 bis, montó su estudio el fotógrafo estadounidense Man Ray. Por allí desfilaba medio París de vanguardia: Duchamp, Cocteau, los surrealistas.

    Y desfilaba, sobre todo, Kiki de Montparnasse, la modelo, cantante y pintora que fue su musa y su amante durante años. Man Ray la fotografió de espaldas, y añadió sobre la copia dos aberturas de violín, como si su espalda fuera el instrumento: El violín de Ingres, de 1924. Kiki había llegado de provincias, sin un céntimo, y acabó siendo la reina del barrio.

    Unos portales más abajo, en el 17 bis, vivía otro fotógrafo, mayor y solitario: Eugène Atget, que durante tres décadas retrató un París viejo de patios, escaparates y calles vacías. Man Ray, su vecino, le compró fotografías, y fue su asistente, Berenice Abbott, quien tras la muerte de Atget, en 1927, salvó su archivo del olvido. Sin esa vecindad casual, quizá hoy no conoceríamos a Atget.

    Y un último fotograma. En el verano de 1959, Jean-Luc Godard rodó aquí el final de Al final de la escapada: Jean-Paul Belmondo, herido, corre tambaleándose calle abajo hasta caer al suelo, con Jean Seberg mirándolo. Aquella escena, rodada cámara en mano y con muy pocos medios, se convirtió en un emblema de la Nouvelle Vague. Sigue la calle hasta el boulevard Raspail y bájalo hacia el sur, hasta un edificio de cristal que parece disolverse en el aire.

  3. 3. Fundación Cartier: el cristal de Jean Nouvel y el cedro de Chateaubriand

    261 Boulevard Raspail, 75014 Paris, France

    Detente frente a la gran pantalla de cristal que se alza sobre la acera del boulevard Raspail, más alta y más ancha que el propio edificio que hay detrás. Los árboles del jardín se reflejan en ella y a la vez se ven a través, de modo que nunca sabes del todo qué es reflejo y qué es real. Es exactamente lo que buscaba su arquitecto.

    El edificio lo terminó en 1994 Jean Nouvel, el mismo que firmó el Instituto del Mundo Árabe de París y, para los lectores de España, la ampliación del Museo Reina Sofía en Madrid. Durante tres décadas fue la sede de la Fundación Cartier para el arte contemporáneo, que en 2025 estrenó una nueva casa frente al Louvre. Nouvel quiso un edificio casi inmaterial, una arquitectura que se disolviera en el cielo de París.

    Pero el verdadero protagonista es más antiguo. Fíjate en el gran cedro del Líbano que asoma en el jardín. Según la tradición, lo plantó en 1823 François-René de Chateaubriand, el gran escritor romántico, que vivió en este barrio. Nouvel diseñó su edificio respetando el árbol: el cristal se aparta para dejarle sitio. Un ministro de la Restauración y un arquitecto del siglo veintiuno, unidos por un árbol.

    El barrio en tiempos de Chateaubriand era otro mundo. La calle cercana se llamaba rue d'Enfer, calle del Infierno, y estaba llena de conventos, hospicios y jardines. Chateaubriand se instaló en esa calle junto a la enfermería para sacerdotes ancianos que había fundado su esposa, y allí trabajó en sus Memorias de ultratumba, un título que encaja de maravilla con lo que te espera.

    Porque justo debajo de tus pies, y de todo este barrio, se extiende un laberinto de antiguas canteras de piedra, de donde salió buena parte del París que acabas de ver. Sigue el boulevard Raspail hacia el sur hasta una gran plaza presidida por un león de bronce. Allí, la ciudad de los vivos se asoma a la de los muertos.

  4. 4. Denfert-Rochereau: el León de Belfort y las Catacumbas

    1 Avenue du Colonel Henri Rol-Tanguy, 75014 Paris, France

    En el centro de la plaza, un gran león de color cobre, tumbado pero alerta, levanta la cabeza y mira a lo lejos con cara de pocos amigos. A un lado de la plaza, dos pequeños pabellones de piedra con columnas, muy sobrios. Uno de ellos es la puerta de entrada a un mundo subterráneo con millones de habitantes... todos muertos.

    Empecemos por el león. Es obra de Auguste Bartholdi, el mismo escultor de la Estatua de la Libertad de Nueva York, y es una copia reducida de un león gigante tallado en la roca de la ciudad de Belfort. Recuerda el asedio de 1870 y 1871, cuando el coronel Denfert-Rochereau resistió más de cien días a los prusianos y solo entregó la plaza por orden de su gobierno. Por eso Belfort siguió siendo francesa.

    Y aquí viene el juego de palabras: antes, esta plaza se llamaba place d'Enfer, plaza del Infierno. Al rebautizarla en honor del coronel, Denfert sonaba casi igual... y los parisinos, que no perdonan un chiste, siguieron oyendo el infierno en el nombre.

    El infierno, en cierto modo, está debajo. Esos pabellones eran una de las aduanas de la muralla de los Recaudadores Generales, obra del arquitecto Ledoux. Desde 1785, los huesos de los cementerios saturados de París, empezando por el de los Inocentes, se trasladaron de noche a las viejas canteras subterráneas. Se calcula que reposan allí los restos de unos seis millones de personas, ordenados en paredes de calaveras y tibias. En la entrada, una inscripción advierte: detente, aquí empieza el imperio de la Muerte.

    Y una historia más reciente. En agosto de 1944, durante la insurrección de París, el coronel Rol-Tanguy, jefe de la Resistencia en la región, dirigió los combates desde un búnker bajo esta plaza. Por eso la avenida de la entrada lleva su nombre. Ahora toma la rue Froidevaux, que bordea un largo muro, y entra en el cementerio por la rue Émile-Richard.

  5. 5. Cementerio de Montparnasse: Cortázar y Vallejo

    Rue Émile-Richard, 75014 Paris, France

    Cruza la verja y camina despacio por las avenidas de adoquines, bajo los árboles, entre capillas, cruces y lápidas cubiertas de musgo. Estás en el cementerio de Montparnasse, abierto en 1824. Y aunque parezca extraño, este es uno de los rincones de París donde más se habla en español.

    Busca en el plano la tumba de Julio Cortázar. El autor de Rayuela, nacido en Bruselas en 1914 y criado en Argentina, llegó a París en 1951 y ya no se fue. Murió en febrero de 1984 y está enterrado junto a Carol Dunlop, su última compañera, que había muerto a finales de 1982. Sobre la lápida blanca, una figura sonriente de su amigo Julio Silva, a la que muchos llaman el cronopio. Los lectores le dejan notas, flores y piedrecitas.

    Rayuela empieza con una pregunta: ¿Encontraría a la Maga? Y medio mundo hispano vino a París buscando esa ciudad de puentes, cafés y encuentros casuales. Y los lectores siguen viniendo, como si la tumba fuera la última casilla de la rayuela, la que Cortázar llamaba el cielo.

    En este mismo cementerio descansa César Vallejo, el poeta peruano de Trilce y de los Poemas humanos. Llegó a París en 1923, vivió aquí en la pobreza y escribió un verso que parece una profecía: me moriré en París con aguacero. Lo cumplió a medias: murió en París, sí, en abril de 1938, pero un Viernes Santo, y no el jueves de otoño que había imaginado. Primero lo enterraron en Montrouge; en 1970 lo trasladaron aquí.

    Y una ironía de la historia: en estas mismas avenidas está enterrado Porfirio Díaz, el viejo dictador mexicano, que murió en su exilio parisino en 1915. Poetas pobres y dictadores en el exilio, todos acabaron bajo los mismos castaños. Y también un rumano, Constantin Brancusi, que según la leyenda llegó a París caminando desde su país; en una tumba de este cementerio está su escultura El beso, dos amantes fundidos en un solo bloque de piedra. Ahora camina hacia el noroeste, hacia la entrada principal del boulevard Edgar-Quinet.

  6. 6. Cementerio de Montparnasse: Sartre, Beauvoir y Baudelaire

    3 Boulevard Edgar Quinet, 75014 Paris, France

    Junto a la entrada principal, a mano derecha nada más cruzar la verja, verás una lápida sencilla, casi siempre cubierta de flores, notas, piedras y billetes de metro. Dos nombres: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. La pareja más famosa del pensamiento del siglo veinte duerme junta, a pocos pasos de la calle.

    Sartre murió en abril de 1980, y decenas de miles de personas siguieron su cortejo fúnebre por las calles del barrio, una multitud que nadie había convocado. Beauvoir murió seis años después, en abril de 1986, casi el mismo día. Nunca se casaron ni vivieron bajo el mismo techo; tenían un pacto de libertad que escandalizó a medio mundo. Sartre, además, había rechazado en 1964 el premio Nobel de Literatura, porque no quería que ninguna institución lo convirtiera en monumento. Y aun así, aquí están los dos, compartiendo la misma piedra.

    Beauvoir vivió sus últimas tres décadas en un estudio de la rue Victor-Schœlcher, a un paso de este cementerio. Montparnasse era su barrio, y sus cafés, su despacho: escribían en las mesas, recibían a los amigos y discutían allí de política.

    En otro rincón del cementerio hay una tumba con una historia más amarga. Charles Baudelaire, el poeta de Las flores del mal, está enterrado en el panteón familiar... junto a su padrastro, el general Aupick, al que detestaba con toda su alma. Para compensar, a principios del siglo veinte se le levantó un cenotafio aparte, con el poeta tumbado como una momia bajo una figura alada.

    Y la lista sigue: Guy de Maupassant, Samuel Beckett, Susan Sontag, Jean Seberg, la actriz de Al final de la escapada, y Man Ray, el vecino de la rue Campagne-Première. Y Serge Gainsbourg, cuya tumba los fans cubren de billetes de metro en honor de su canción sobre el picador de billetes del metro de Les Lilas. Sal ahora por la puerta principal y toma a la izquierda, hacia la rue de la Gaîté, la calle de los teatros.

  7. 7. Rue de la Gaîté: teatros, tabernas y la última función de Joséphine Baker

    20 Rue de la Gaîté, 75014 Paris, France

    Recorre con la vista esta calle estrecha y animada: marquesinas de teatros, carteles de comedias, luces que se encienden al caer la tarde. Fíjate en la fachada del número 20, la del music-hall Bobino. Su nombre ya lo dice todo: la Gaîté, la alegría, y la calle lleva siglo y medio intentando estar a la altura.

    El secreto de tanta alegría era fiscal. Hasta 1860, esto quedaba fuera de la muralla de los Recaudadores Generales, la que tenía una aduana en Denfert. El vino que entraba en París pagaba impuestos; el que se bebía aquí, no. Así que los parisinos salían los domingos a estas afueras a beber barato, bailar y comer en tabernas y merenderos. De aquellas fiestas nacieron los teatros.

    Bobino fue durante décadas uno de los templos de la canción francesa. Georges Brassens cantó aquí una y otra vez, con su pipa y su guitarra, ante un público que se sabía sus letras de memoria. Vivía no muy lejos, en un callejón del distrito catorce, y este era su teatro de barrio. Por este escenario pasaron muchas de las grandes voces de la canción francesa.

    Pero la historia más emocionante es la de Joséphine Baker. En abril de 1975, a los sesenta y ocho años, estrenó aquí un espectáculo para celebrar medio siglo sobre los escenarios de París. Fue un triunfo: el público en pie, las críticas rendidas. Pocos días después la encontraron inconsciente en su cama, rodeada de periódicos que elogiaban la función, y murió poco después. Su último aplauso sonó en esta calle.

    Esta artista, que fue también heroína de la Resistencia, entró en el Panteón en 2021, la primera mujer negra en recibir ese honor. Ahora busca la avenue du Maine y síguela hacia el norte, pasando al pie de la gran torre negra, hasta la rue Antoine-Bourdelle, donde un escultor dejó todo un pueblo de bronce.

  8. 8. Museo Bourdelle: el taller del escultor del general Alvear

    18 Rue Antoine Bourdelle, 75015 Paris, France

    Asómate al jardín: entre los árboles asoman figuras de bronce, guerreros, centauros, un arquero tensando el arco, y detrás unos talleres de ladrillo con grandes cristaleras. Parece un pueblecito de esculturas escondido entre edificios de viviendas. Es el museo Bourdelle, y aquí todo está más o menos donde lo dejó su dueño.

    Antoine Bourdelle, hijo de un ebanista de Montauban, llegó a este callejón en 1885 y no se marchó hasta su muerte, en 1929. Por entonces esto era un impasse lleno de talleres baratos. Durante años trabajó como ayudante de Rodin, tallando el mármol de sus obras, hasta que decidió que necesitaba escapar de su sombra y buscar su propio estilo, más sólido y arquitectónico.

    Su gran golpe fue Heracles arquero, de 1909: un cuerpo tenso como una ballesta, con un pie apoyado en una roca. Hoy hay vaciados de ese arquero en museos de medio mundo. Y luego vinieron los encargos monumentales, incluidos los relieves del Teatro de los Campos Elíseos. Uno de esos monumentos cruzó el Atlántico: el del general argentino Carlos María de Alvear, en Buenos Aires, en el que Bourdelle trabajó durante años y que se inauguró en 1926. Si eres porteño, ya conoces a Bourdelle sin saberlo.

    Bourdelle fue también un maestro generoso. Daba clases en la Academia de la Grande Chaumière, aquí mismo en Montparnasse, y entre sus alumnos estuvo un joven suizo llamado Alberto Giacometti, que más tarde estiraría sus figuras hasta dejarlas en un hilo. Todo el Montparnasse de los años veinte, pintores, escultores, poetas, era una gran academia sin paredes.

    Después de su muerte, su viuda y su hija lucharon para que este lugar no desapareciera, y en 1949 lo abrieron como museo. La calle, que antes se llamaba impasse du Maine, lleva hoy su nombre. Vuelve a la avenue du Maine: al final te espera la gran torre negra que domina el barrio.

  9. 9. Torre y estación de Montparnasse: el tren que atravesó la pared

    33 Avenue du Maine, 75015 Paris, France

    Levanta la vista hacia la torre: un bloque negro y liso de doscientos diez metros que se ve desde casi cualquier punto de París. Muchos parisinos la detestan, y repiten un chiste que antes se contaba de la torre Eiffel: la mejor vista de la ciudad es la de su terraza, porque es el único lugar desde donde no se ve la torre.

    Se terminó en 1973 y fue durante décadas el edificio más alto de Francia. Su construcción provocó tal rechazo que poco después París limitó la altura de los edificios en el centro, y la Tour Montparnasse se quedó sola, como un error que nadie quiso repetir. Se levantó en el solar de la antigua estación de Montparnasse, que se reconstruyó un poco más atrás.

    Y de esa estación vieja viene una de las fotografías más famosas del siglo diecinueve. El 22 de octubre de 1895, el expreso que llegaba de Granville, en Normandía, entró demasiado rápido, los frenos fallaron y la locomotora arrasó el final de la vía, atravesó la fachada y cayó de morro a la plaza, diez metros más abajo. La foto de la máquina clavada en la acera dio la vuelta al mundo. Increíblemente, ningún pasajero murió; la única víctima mortal fue una mujer que vendía periódicos en la calle.

    La estación tuvo otro momento de gloria. El 25 de agosto de 1944, el general Leclerc instaló aquí su puesto de mando, y en la estación se firmó la rendición de la guarnición alemana de París, con el general von Choltitz ya prisionero. Los soldados españoles de La Nueve habían llegado con aquella división.

    Y un detalle muy humano: esta estación mira hacia Bretaña. Durante generaciones, los bretones que venían a buscar trabajo a la capital se instalaron alrededor, y por eso este rincón de París está lleno de crêperies. Ahora sal al boulevard du Montparnasse y camina hacia el este, hacia las terrazas donde se reunían los artistas.

  10. 10. La Coupole y Le Select: las terrazas de los años locos

    102 Boulevard du Montparnasse, 75014 Paris, France

    A un lado del boulevard, una fachada ancha con letras rojas y un toldo largo; enfrente, la terraza acristalada de otro café, con sillas de mimbre mirando a la calle. La Coupole y Le Select. Si alguna vez existió un lugar donde se inventó la noche del siglo veinte, fue esta acera.

    La Coupole abrió en diciembre de 1927, y la fiesta de inauguración se volvió legendaria: dicen que corrió el champán hasta la madrugada. Por dentro es un enorme salón art déco con columnas pintadas, cada una decorada por un artista distinto del barrio. Sartre y Beauvoir tuvieron aquí su mesa durante años, y por sus salones pasaron Picasso, Joséphine Baker y medio París.

    Enfrente, Le Select abrió a principios de los años veinte y, según se dice, fue el primero del barrio en quedarse abierto toda la noche. Hemingway lo conocía bien, y en Fiesta sus personajes, Jake y Lady Brett, frecuentan este café antes de partir hacia Pamplona. Medio Montparnasse anglosajón pasaba aquí la noche discutiendo, bebiendo y escribiendo.

    Pero aquel barrio no era solo de franceses y estadounidenses. Había rusos, polacos, italianos como Modigliani, japoneses como Foujita, con su flequillo y sus gafas redondas, que pintaba gatos y desnudos de piel nacarada... y latinoamericanos. El mexicano Diego Rivera vivió en Montparnasse en los años diez y pintó aquí su época cubista, antes de volver a México para cubrir de murales los edificios públicos. En estas aceras se hablaba en una docena de lenguas.

    El secreto de todo era el alquiler barato, los talleres con luz y la tolerancia de los dueños de los cafés, que dejaban a un pintor sin un céntimo pasar horas delante de un solo café con leche. Ahora camina unos pasos hacia el este, hasta el cruce con el boulevard Raspail. Allí empezó todo, y allí termina nuestro paseo.

  11. 11. Cruce Vavin: La Rotonde, Le Dôme y el Balzac de Rodin

    Boulevard Raspail, 75006 Paris, France

    Estás en el cruce de dos bulevares, con cafés en las esquinas y, en una isla de la acera, una figura de bronce envuelta en una bata, con la cabeza echada hacia atrás, casi informe. Es Balzac, según Rodin. Y a su alrededor, los dos cafés donde empezó la leyenda de Montparnasse: Le Dôme y La Rotonde.

    Le Dôme abrió en 1898 y La Rotonde en 1911. El dueño de La Rotonde, Victor Libion, tenía fama de tolerante: dejaba que los artistas sin dinero pasaran horas con un único café, y hacía la vista gorda cuando arrancaban un trozo de pan de las cestas. Se cuenta que más de una deuda se pagó con un dibujo, y que Modigliani dibujaba retratos de los clientes a cambio de una copa.

    Por estas mesas pasaron Picasso, que se había mudado de Montmartre a Montparnasse hacia 1912, Modigliani, Soutine, Diego Rivera y muchos exiliados políticos. Se dice que Lenin y Trotski también se dejaban ver por aquí. El escritor ruso Iliá Ehrenburg contó en sus memorias aquellas noches de discusiones en mil idiomas, de pintores hambrientos y de ideas que iban a cambiar el siglo.

    Ahora mira de nuevo a Balzac. Rodin trabajó años en esta estatua, y cuando la presentó, en 1898, la sociedad de escritores que la había encargado la rechazó: parecía un bloque, un saco, un muñeco de nieve, decían los críticos. Tuvieron que pasar cuarenta años para que un vaciado en bronce se instalara aquí, en 1939. Hoy se considera una de las obras que abrieron la puerta a la escultura moderna.

    Y así termina el paseo, en el mismo cruce donde poetas pobres, pintores sin estudio y escritores sin editor soñaron con conquistar el mundo. Hemingway escribió que, si tienes la suerte de vivir en París de joven, la ciudad te acompaña el resto de la vida, porque París es una fiesta que te sigue. Siéntate un rato en una terraza, pide un café, y deja que Montparnasse te encuentre a ti.