Múnich, la Atenas del Isar: Königsplatz, el Jinete Azul y las Pinacotecas
Un paseo por el barrio de los museos de Múnich: el palacio de cristal que ardió, los templos griegos de Luis I, el Fauno Barberini, Kandinsky y Franz Marc, Picasso, el Lepanto de Twombly y el autorretrato de Durero
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1. Alter Botanischer Garten: el palacio de cristal que ardió
Elisenstraße, 80335 München, Germany
Entra en el Alter Botanischer Garten por el lado de la Elisenstraße y detente ante la fuente de Neptuno: un dios de piedra enorme, de músculos casi exagerados, que domina el estanque. Detrás, árboles viejos, bancos, gente leyendo, y el ruido de la estación central amortiguado por las copas.
La fuente es de 1937, y su tamaño y su musculatura dicen bastante de los años en que se esculpió. El jardín es mucho más antiguo: nació a comienzos del siglo diecinueve como jardín botánico real, diseñado por Friedrich Ludwig von Sckell, el gran paisajista de la corte. En 1914 las plantas se mudaron a un jardín nuevo y más grande junto al palacio de Nymphenburg, y este quedó como parque, con su vieja portada clásica todavía en pie en una esquina.
Pero la historia que importa en este paseo es la de un edificio que ya no existe. En 1854, para una gran exposición industrial, se levantó aquí el Glaspalast, un palacio de hierro y cristal inspirado en el Crystal Palace de Londres. Muy pronto se convirtió en el gran escaparate del arte en Múnich: en sus salas se celebraban exposiciones enormes, adonde pintores de media Europa venían a vender, a triunfar o a pelearse con la crítica. En aquellos años Múnich le disputaba a París el título de capital de la pintura.
La madrugada del 6 de junio de 1931 el Glaspalast ardió por completo. En pocas horas desaparecieron más de tres mil obras, entre ellas una exposición de pintura romántica alemana con cuadros de Caspar David Friedrich que nadie volverá a ver. Fue uno de los mayores desastres de la historia del arte en Alemania. Donde estaba el palacio de cristal hoy hay césped, árboles y esta fuente.
Guarda esa imagen de las llamas, porque este paseo va justo de lo contrario: de cómo una ciudad reúne, protege y a veces pierde su arte. Sal por el lado norte del parque y sigue hacia el norte por la Luisenstraße. En unos minutos verás aparecer una puerta griega gigantesca en medio de la calle.
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2. Propileos: la puerta griega de un rey sin trono
Königsplatz, 80333 München, Germany
Párate delante de los Propileos, la gran puerta de columnas dóricas encajada entre dos torres macizas, y mira los relieves de mármol de las torres: guerreros con faldellín, barcos, combates, banderas. Parece Atenas. Es la Brienner Straße.
Esta plaza es el sueño de un solo hombre: Luis I, el rey que quiso convertir Múnich en la Atenas del Isar. Siendo todavía príncipe heredero encargó a Leo von Klenze una plaza griega completa, con tres edificios que exhiben los tres órdenes clásicos: el dórico de esta puerta, el jónico de la Gliptoteca en el lado norte y el corintio del museo de antigüedades en el lado sur. Una lección de arquitectura al aire libre.
Los Propileos fueron lo último, entre 1854 y 1862, y Luis ya no era rey. Había abdicado en 1848, arrastrado por la revolución y por un escándalo: su relación con Lola Montez, una bailarina irlandesa que se presentaba como española, a la que había hecho condesa. Aun así, pagó esta puerta de su propio bolsillo. Quería celebrar la independencia de Grecia y a su hijo Otón, que había sido elegido rey de los griegos en 1832, con solo diecisiete años. Un muchacho bávaro y católico al frente de un país ortodoxo recién nacido: aquello no podía ser fácil.
Y aquí llega la ironía. En octubre de 1862, justo cuando la puerta estaba terminada, los griegos se sublevaron y Otón tuvo que abandonar el país para siempre. El monumento a un reino bávaro en Grecia se inauguró casi a la vez que ese reino desaparecía. Otón volvió a Baviera y nunca dejó de vestir, según se cuenta, el traje tradicional griego.
Mira ahora hacia el noroeste, a la villa color ocre con aire toscano que asoma entre los árboles, detrás de la puerta: es la casa de un pintor riquísimo, y dentro te espera un caballo azul. Rodea los Propileos por el lado norte y entra en su jardín.
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3. Lenbachhaus: el Jinete Azul
Luisenstraße 33, 80333 München, Germany
Entra en el jardín del Lenbachhaus y mira la villa color ocre, con su loggia, sus fuentes y sus terrazas, como una casa de campo de la Toscana trasplantada a Baviera. Pegado a ella, un volumen moderno recubierto de varillas doradas: el pasado y el presente del museo, uno al lado del otro.
La villa la construyó entre 1887 y 1891 Franz von Lenbach, el llamado príncipe de los pintores, el retratista de moda de la Alemania imperial. Pintó a Bismarck tantas veces que su taller parecía una fábrica de cancilleres. Tras su muerte, la ciudad compró la casa a su viuda, y en 1929 abrió aquí la galería municipal. Nadie podía imaginar que el museo del pintor más conservador de Múnich acabaría siendo el templo de la vanguardia.
En 1911, en Múnich, dos pintores fundaron un grupo con un nombre de cuento: Der Blaue Reiter, el Jinete Azul. Eran el ruso Vasili Kandinsky y el muniqués Franz Marc. Kandinsky contó años después que el nombre salió de una charla en un jardín: a los dos les encantaba el azul, a Marc los caballos y a Kandinsky los jinetes. Aquí dentro está el Caballo azul de Marc, de 1911, y las obras con las que Kandinsky fue soltando la figura hasta llegar a la abstracción.
Que todo esto esté aquí se lo debemos a una mujer, Gabriele Münter, pintora y compañera de Kandinsky durante años. Cuando los nazis declararon degenerado el arte moderno, ella escondió cientos de obras suyas y de sus amigos en su casa de Murnau, y allí sobrevivieron al régimen y a la guerra. En 1957, el día que cumplía ochenta años, lo regaló todo a la ciudad. Fue uno de los grandes regalos de la historia del arte alemán.
El grupo no sobrevivió a la Primera Guerra Mundial: August Macke murió en el frente en 1914 y Franz Marc en Verdún en 1916. Tras una larga reforma dirigida por Norman Foster, el museo reabrió en 2013. Al salir, vuelve hacia Königsplatz y busca el templo de columnas jónicas del lado norte, el que no tiene ni una sola ventana a la plaza.
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4. Gliptoteca: el Fauno Barberini
Königsplatz 3, 80333 München, Germany
Ponte frente al pórtico de columnas jónicas de la Gliptoteca y fíjate en lo que falta: la fachada no tiene ni una ventana. Solo hornacinas con estatuas, como si el edificio guardara un secreto. La luz entra por dentro, desde un patio interior, para que las esculturas se vean como bajo el cielo.
El nombre lo inventó Luis I a partir del griego: glyphein, tallar, y theke, depósito. Un almacén de piedra tallada. Klenze lo construyó entre 1816 y 1830, cuando Luis todavía era príncipe heredero y gastaba en mármoles antiguos lo que otros príncipes gastaban en caballos. Fue el primer museo público de Múnich y uno de los primeros del mundo dedicados solo a la escultura antigua.
La estrella está dentro: el Fauno Barberini. Un sátiro de mármol, enorme, dormido después de una borrachera, desparramado sobre una roca con un brazo detrás de la cabeza y las piernas abiertas, sin ningún pudor. Es una obra helenística, de hacia el año 200 antes de Cristo, y es tan sensual que todavía hoy hay visitantes que se ruborizan. Apareció en Roma en el siglo diecisiete, cerca del castillo de Sant'Angelo, y se suele contar que los defensores de la ciudad lo arrojaron contra los godos desde las murallas. Pasó a la familia Barberini, la del papa Urbano VIII, y de ahí le viene el nombre.
Luis lo compró en 1814, pero las autoridades papales no querían dejarlo salir de Roma, y tardó años en llegar a Múnich. También consiguió los frontones del templo de Afaya, en la isla de Egina, que el escultor danés Thorvaldsen completó a su gusto y que en el siglo veinte se despojaron de aquellos añadidos. En la Segunda Guerra Mundial las bombas destrozaron el edificio, y al reabrir en 1972 se dejaron las paredes de ladrillo desnudas, sin los estucos de colores originales.
El resultado es extraño y bellísimo: dioses de hace veintitantos siglos en salas sobrias, casi monacales, y algún banco donde sentarse a solas frente a un atleta sin nombre. Cuando salgas, cruza la gran explanada de Königsplatz hacia el sur, hasta el templo de columnas corintias que tienes enfrente.
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5. Antikensammlungen y Königsplatz: la copa de Exequias y la plaza de los desfiles
Königsplatz 1, 80333 München, Germany
Sube a los escalones del templo corintio del lado sur de Königsplatz y date la vuelta: delante tienes la explanada de césped, la Gliptoteca al fondo, los Propileos a la izquierda. Desde aquí se entiende la plaza entera de un solo vistazo.
Este edificio lo levantó Georg Friedrich Ziebland entre 1838 y 1848, y no nació para las antigüedades: era un pabellón de exposiciones de arte e industria. Tuvo varios usos hasta que, en 1967, recibió la colección estatal de arte griego, etrusco y romano: joyas de oro, bronces, terracotas y, sobre todo, vasos griegos, una de las mejores colecciones del mundo.
Si entras, busca una copa ancha y plana pintada por Exequias hacia el año 530 antes de Cristo. En su interior, sobre un fondo de un rojo coral muy raro, navega el dios Dioniso tumbado en su barco. Del mástil brota una parra cargada de racimos, y alrededor saltan delfines: según el mito, son los piratas que intentaron secuestrar al dios y que él convirtió en peces del mar. Dos mil quinientos años después, la escena sigue pareciendo un sueño.
Esta plaza también tiene una memoria oscura. En 1933 se quemaron aquí libros prohibidos, y a partir de 1935 el régimen nazi cubrió el césped con enormes losas de granito para sus desfiles; los muniqueses la apodaron con sorna el Plattensee, el lago de losas. Al este de la plaza levantó dos templetes para los golpistas muertos en 1923, que el ejército estadounidense voló en 1947. El césped no volvió hasta finales de los años ochenta.
Camina ahora hacia el este por la Brienner Straße. Pasarás junto a un cubo blanco, el Centro de Documentación sobre el Nacionalsocialismo, abierto en 2015 en el solar de la antigua sede del partido, la Casa Parda. Merece una visita otro día. Sigue recto hasta la rotonda con un obelisco oscuro en el centro.
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6. Karolinenplatz: el obelisco de los treinta mil
Karolinenplatz, 80333 München, Germany
Llega a la rotonda de Karolinenplatz y alza la vista hacia el obelisco oscuro que se clava en el cielo, casi treinta metros de altura revestidos de bronce. Alrededor, coches dando vueltas, palacetes elegantes y el tráfico de la Brienner Straße.
La plaza se trazó a comienzos del siglo diecinueve, cuando Múnich empezó a crecer fuera de sus murallas, y lleva el nombre de la reina Carolina, esposa del primer rey de Baviera. Un detalle que dice mucho: Carolina era protestante, en una corte católica hasta la médula, y llegó a Múnich con su propio pastor. Con ella se celebraron los primeros cultos protestantes en una ciudad que llevaba siglos sin tolerarlos.
El obelisco lo diseñó Leo von Klenze y se inauguró en 1833. Recuerda a unos treinta mil soldados bávaros que murieron en la campaña de Rusia de 1812, cuando Baviera luchaba del lado de Napoleón. Muy pocos volvieron de la nieve. Y aquí está la paradoja: un año después, Baviera cambió de bando. Por eso una de las inscripciones intenta reconciliar lo irreconciliable, y dice, más o menos, que también ellos murieron por la liberación de la patria.
Fíjate en el diseño. Klenze, que firmó medio barrio, eligió una forma egipcia, de faraones, para honrar a soldados corrientes en una ciudad que soñaba con ser griega. Desde aquí el obelisco hace de bisagra: mira a la Atenas de Königsplatz por un lado, y a la vieja ciudad y la Residencia por el otro, al fondo de la Brienner Straße.
Las fachadas de alrededor guardan otras historias. Uno de los edificios de la plaza es el Amerikahaus, abierto después de la guerra para acercar la cultura estadounidense a los muniqueses. Ahora toma hacia el norte la Barer Straße y gira a la izquierda en la Gabelsbergerstraße: busca un muro de hormigón altísimo con una rampa que se hunde en la tierra.
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7. Museo Estatal de Arte Egipcio: el oro de la reina de Meroe
Gabelsbergerstraße 35, 80333 München, Germany
Ponte frente al gran muro de hormigón gris, liso y altísimo, y sigue con la mirada la larga rampa que baja hacia una puerta casi escondida en el suelo. No hay columnas, ni frontones, ni estatuas: solo una pared desnuda que recuerda la entrada de un templo excavado en la roca.
Es el Museo Estatal de Arte Egipcio, abierto aquí en 2013 en un edificio de Peter Böhm. Casi todo está bajo tierra: encima funcionan las aulas de la escuela de cine y televisión, y debajo, en penumbra, las salas de los faraones. La idea es que bajes, literalmente, hacia una tumba, y que cada estatua aparezca de pronto en la penumbra, como en una excavación. La colección tiene raíces viejas: Luis I ya había reservado una sala egipcia en su Gliptoteca.
La pieza que más asombra no es egipcia sino de su vecino del sur: el oro de Amanishakheto, reina de Meroe, en el antiguo reino de Kush, en el actual Sudán. Brazaletes con dioses alados, anillos con sellos, collares de oro y piedras de colores, de hace unos dos mil años. Una orfebrería tan fina que parece imposible hecha a mano.
Su historia es de saqueo. En 1834 un médico y aventurero italiano, Giuseppe Ferlini, desmontó la parte alta de la pirámide de la reina buscando tesoros, y los encontró. Volvió a Europa y vendió el botín: una parte la compró Luis I, la otra acabó en Berlín. Hoy esa compra se mira con otros ojos, y es justo recordarlo delante de las vitrinas, porque una pirámide quedó mutilada para siempre.
Fíjate, al salir, en lo que tienes alrededor: un museo bajo tierra, una escuela de cine encima, y enfrente el césped de la vieja pinacoteca. En pocos metros conviven cinco mil años. Camina hacia el este por la Gabelsbergerstraße hasta la Barer Straße: el gran edificio de hormigón claro con una rotonda es la parada siguiente.
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8. Pinakothek der Moderne: la rotonda, el diseño y Madame Soler
Barer Straße 40, 80333 München, Germany
Entra en la rotonda de la Pinakothek der Moderne y levanta la cabeza: un gran cilindro blanco, vacío, coronado por una cúpula de cristal que deja caer la luz hasta el suelo. Desde aquí salen escaleras y galerías en todas direcciones, como los radios de una rueda.
El edificio es de Stephan Braunfels y abrió en 2002. No es un museo, son cuatro bajo el mismo techo: arte moderno y contemporáneo, dibujo y grabado, arquitectura, y Die Neue Sammlung, una de las colecciones de diseño más antiguas del mundo, fundada en 1925. En la misma visita puedes pasar de un cuadro expresionista a una silla de madera curvada, un coche de carreras o un ordenador de los años ochenta.
Que haya aquí tanto arte moderno tiene algo de reparación. En 1937, a pocos minutos de este lugar, en las arcadas del Hofgarten, los nazis inauguraron la exposición del Arte Degenerado, una muestra pensada para ridiculizar a Kandinsky, a Klee, a los expresionistas, y la visitaron millones de personas. Los museos alemanes, incluidos los de Múnich, perdieron cientos de obras modernas, confiscadas, vendidas o destruidas. Después de la guerra hubo que reconstruir la colección casi desde cero.
Entre lo que se recuperó y se compró hay una obra con acento barcelonés: el Retrato de Madame Soler, que Picasso pintó en 1903, en plena época azul. La retratada era la esposa de un sastre de Barcelona, amigo del pintor; se cuenta que Soler vestía a Picasso y a sus amigos y cobraba, al menos en parte, en cuadros. Todo el cuadro está bañado en esos azules fríos que Picasso usaba entonces para hablar de melancolía, y la retratada no regala ni media sonrisa.
Busca en la rotonda a la gente que se sienta en los escalones solo para mirar la luz. Es uno de los mejores sitios gratuitos de Múnich para no hacer nada. Luego sal por el lado de la Theresienstraße: justo enfrente, en diagonal, verás una fachada que parece hecha de lápices de colores.
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9. Museo Brandhorst: el Lepanto de Cy Twombly
Theresienstraße 35a, 80333 München, Germany
Acércate a la fachada del Museo Brandhorst hasta casi tocarla: lo que de lejos parecía una pintura abstracta son miles y miles de varillas de cerámica vidriada, en veintitrés colores distintos. Si caminas a lo largo del muro, los colores cambian y vibran, como si el edificio respirara.
El museo abrió en 2009, obra del estudio de arquitectura Sauerbruch Hutton, para la colección que reunieron Udo y Anette Brandhorst: Andy Warhol, Sigmar Polke, Damien Hirst y, sobre todo, Cy Twombly, el pintor estadounidense que vivió media vida en Italia. La familia cedió la colección y el Estado bávaro le construyó la casa.
Arriba hay una sala pensada para una sola obra en doce lienzos: Lepanto, que Twombly pintó en 2001 para la Bienal de Venecia. Es la batalla naval del 7 de octubre de 1571, cuando la flota de la Liga Santa, con España, Venecia y el papado, al mando de don Juan de Austria, derrotó a la armada otomana en el golfo de Lepanto. Twombly no pinta soldados: pinta galeras como garabatos dorados, mar azul, y manchas de rojo y naranja que son incendios. La batalla convertida en caligrafía.
En una de aquellas galeras luchaba un soldado de veinticuatro años con fiebre, que se negó a quedarse bajo cubierta. Recibió varios arcabuzazos y perdió para siempre el uso de la mano izquierda. Se llamaba Miguel de Cervantes, y años después llamó a aquella jornada la más alta ocasión que vieron los siglos. Cuesta no pensar en él delante de esas manchas de fuego.
Twombly fue durante décadas un pintor incomprendido, al que muchos acusaban de pintar como un niño en una pared. Esta sala es la respuesta más rotunda a esa crítica. Al salir, cruza la Theresienstraße hacia el norte. El edificio de piedra clara que tienes delante guarda una colección que hoy no puedes ver.
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10. Neue Pinakothek: el museo del presente de Luis I
Barer Straße 29, 80799 München, Germany
Detente ante el edificio de piedra clara y líneas suaves, y no te extrañe el silencio: la Neue Pinakothek está cerrada por obras desde 2019. Aun así, vale la pena pararse delante, porque su historia es la de una idea muy moderna.
La fundó Luis I, que abrió el museo en 1853, ya sin corona. Su idea era revolucionaria para la época: un museo dedicado al arte de su propio tiempo, a pintores vivos, frente a la vieja pinacoteca de enfrente, reservada a los maestros del pasado. Fue uno de los primeros museos de arte contemporáneo del mundo, aunque entonces nadie lo llamara así. Luis compraba a los artistas que admiraba, y no siempre a los que admiraba la crítica.
El edificio original tenía la fachada cubierta de pinturas murales que celebraban la política artística del rey. Las bombas de la Segunda Guerra Mundial lo dejaron en ruinas, y lo que quedó se derribó después de la guerra. Durante más de treinta años la colección vivió sin casa propia, hasta que en 1981 se inauguró este edificio de Alexander von Branca, posmoderno, de líneas suaves, que entonces dividió a los muniqueses.
Dentro duerme el siglo diecinueve europeo: románticos alemanes, realistas, impresionistas franceses... y uno de los Girasoles de Van Gogh, pintado en 1888. Fue un rey quien abrió la puerta a ese arte nuevo, y un siglo y medio después sigue siendo una de las colecciones del siglo diecinueve más completas de Europa.
Mira el edificio un momento más y piensa en la paradoja: el museo que nació para el presente es hoy el único de la calle que no puedes visitar. Cruza ahora la Barer Straße hacia el oeste. El enorme edificio de ladrillo que tienes enfrente es el final de este paseo, y uno de los grandes museos de pintura del mundo.
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11. Alte Pinakothek: la cicatriz, Durero y los niños de Murillo
Barer Straße 27, 80333 München, Germany
Rodea el gran edificio de ladrillo de la Alte Pinakothek hasta la fachada que mira al césped del sur y fíjate en el centro: ahí los ladrillos cambian de color y de forma, y la decoración de la fachada desaparece en un tramo de ladrillo sencillo, casi desnudo. Es una cicatriz, y está ahí a propósito.
Leo von Klenze levantó el edificio entre 1826 y 1836 para Luis I, y se convirtió en modelo de museos de pintura en toda Europa: salas altas iluminadas desde arriba, gabinetes laterales para los cuadros pequeños. Una de sus salas se calculó para que cupiera un único cuadro, el gigantesco Juicio Final de Rubens. En la guerra, las bombas abrieron un enorme boquete en el centro. Al reconstruirlo, en los años cincuenta, el arquitecto Hans Döllgast decidió no disimularlo: lo rellenó con ladrillo sencillo, para que la herida se viera siempre.
Dentro te espera el cuadro más inquietante de la pintura alemana: el autorretrato de Alberto Durero de 1500. Durero tiene veintiocho años, mira de frente, con el pelo largo cayendo en rizos sobre un abrigo de piel, y la mano recogida a la altura del pecho. La pose era la que se reservaba a Cristo. Nadie se había atrevido a pintarse así: el artista como creador, casi como un dios.
Y para un oído español hay un tesoro inesperado: varios lienzos de Murillo con niños de la calle sevillanos. En uno de ellos, Niños comiendo uvas y melón, dos golfillos descalzos y harapientos se atracan de fruta con una felicidad contagiosa; uno sostiene un racimo en alto y se lo mete en la boca. Lejos de Sevilla, en una ciudad de cerveza y nieve, esos dos pícaros llevan siglos haciendo sonreír a los muniqueses.
Así termina el paseo: empezaste ante las cenizas de un palacio de cristal donde ardieron tres mil cuadros, y acabas ante un museo que perdió su centro en la guerra y quiso dejar la herida a la vista. Entre uno y otro, una ciudad entera dedicada a guardar belleza. Siéntate un rato en el césped, mira la cicatriz... y entra a saludar a Durero.