Alte Pinakothek: la cicatriz, Durero y los niños de Murillo

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Rodea el gran edificio de ladrillo de la Alte Pinakothek hasta la fachada que mira al césped del sur y fíjate en el centro: ahí los ladrillos cambian de color y de forma, y la decoración de la fachada desaparece en un tramo de ladrillo sencillo, casi desnudo. Es una cicatriz, y está ahí a propósito.

Key Facts

PlaceAlte Pinakothek: la cicatriz, Durero y los niños de Murillo
AddressBarer Straße 27, 80333 München, Germany
Geo Coordinates48.14830, 11.57000
Part of WalkMúnich, la Atenas del Isar: Königsplatz, el Jinete Azul y las Pinacotecas
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Rodea el gran edificio de ladrillo de la Alte Pinakothek hasta la fachada que mira al césped del sur y fíjate en el centro: ahí los ladrillos cambian de color y de forma, y la decoración de la fachada desaparece en un tramo de ladrillo sencillo, casi desnudo. Es una cicatriz, y está ahí a propósito.

Leo von Klenze levantó el edificio entre 1826 y 1836 para Luis I, y se convirtió en modelo de museos de pintura en toda Europa: salas altas iluminadas desde arriba, gabinetes laterales para los cuadros pequeños. Una de sus salas se calculó para que cupiera un único cuadro, el gigantesco Juicio Final de Rubens. En la guerra, las bombas abrieron un enorme boquete en el centro. Al reconstruirlo, en los años cincuenta, el arquitecto Hans Döllgast decidió no disimularlo: lo rellenó con ladrillo sencillo, para que la herida se viera siempre.

Dentro te espera el cuadro más inquietante de la pintura alemana: el autorretrato de Alberto Durero de 1500. Durero tiene veintiocho años, mira de frente, con el pelo largo cayendo en rizos sobre un abrigo de piel, y la mano recogida a la altura del pecho. La pose era la que se reservaba a Cristo. Nadie se había atrevido a pintarse así: el artista como creador, casi como un dios.

Y para un oído español hay un tesoro inesperado: varios lienzos de Murillo con niños de la calle sevillanos. En uno de ellos, Niños comiendo uvas y melón, dos golfillos descalzos y harapientos se atracan de fruta con una felicidad contagiosa; uno sostiene un racimo en alto y se lo mete en la boca. Lejos de Sevilla, en una ciudad de cerveza y nieve, esos dos pícaros llevan siglos haciendo sonreír a los muniqueses.

Así termina el paseo: empezaste ante las cenizas de un palacio de cristal donde ardieron tres mil cuadros, y acabas ante un museo que perdió su centro en la guerra y quiso dejar la herida a la vista. Entre uno y otro, una ciudad entera dedicada a guardar belleza. Siéntate un rato en el césped, mira la cicatriz... y entra a saludar a Durero.

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