Gliptoteca: el Fauno Barberini

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Ponte frente al pórtico de columnas jónicas de la Gliptoteca y fíjate en lo que falta: la fachada no tiene ni una ventana. Solo hornacinas con estatuas, como si el edificio guardara un secreto. La luz entra por dentro, desde un patio interior, para que las esculturas se vean como bajo el cielo.

Key Facts

PlaceGliptoteca: el Fauno Barberini
AddressKönigsplatz 3, 80333 München, Germany
Geo Coordinates48.14660, 11.56620
Part of WalkMúnich, la Atenas del Isar: Königsplatz, el Jinete Azul y las Pinacotecas
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Ponte frente al pórtico de columnas jónicas de la Gliptoteca y fíjate en lo que falta: la fachada no tiene ni una ventana. Solo hornacinas con estatuas, como si el edificio guardara un secreto. La luz entra por dentro, desde un patio interior, para que las esculturas se vean como bajo el cielo.

El nombre lo inventó Luis I a partir del griego: glyphein, tallar, y theke, depósito. Un almacén de piedra tallada. Klenze lo construyó entre 1816 y 1830, cuando Luis todavía era príncipe heredero y gastaba en mármoles antiguos lo que otros príncipes gastaban en caballos. Fue el primer museo público de Múnich y uno de los primeros del mundo dedicados solo a la escultura antigua.

La estrella está dentro: el Fauno Barberini. Un sátiro de mármol, enorme, dormido después de una borrachera, desparramado sobre una roca con un brazo detrás de la cabeza y las piernas abiertas, sin ningún pudor. Es una obra helenística, de hacia el año 200 antes de Cristo, y es tan sensual que todavía hoy hay visitantes que se ruborizan. Apareció en Roma en el siglo diecisiete, cerca del castillo de Sant'Angelo, y se suele contar que los defensores de la ciudad lo arrojaron contra los godos desde las murallas. Pasó a la familia Barberini, la del papa Urbano VIII, y de ahí le viene el nombre.

Luis lo compró en 1814, pero las autoridades papales no querían dejarlo salir de Roma, y tardó años en llegar a Múnich. También consiguió los frontones del templo de Afaya, en la isla de Egina, que el escultor danés Thorvaldsen completó a su gusto y que en el siglo veinte se despojaron de aquellos añadidos. En la Segunda Guerra Mundial las bombas destrozaron el edificio, y al reabrir en 1972 se dejaron las paredes de ladrillo desnudas, sin los estucos de colores originales.

El resultado es extraño y bellísimo: dioses de hace veintitantos siglos en salas sobrias, casi monacales, y algún banco donde sentarse a solas frente a un atleta sin nombre. Cuando salgas, cruza la gran explanada de Königsplatz hacia el sur, hasta el templo de columnas corintias que tienes enfrente.

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