Greenwich, Londres: el meridiano cero, el Cutty Sark y la memoria de Trafalgar

Del túnel bajo el Támesis a la línea que parte el mundo en dos: clíperes, almirantes, reinas Tudor y la Armada de 1588 contadas en el Greenwich marinero de Londres

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  1. 1. Island Gardens y el túnel peatonal de Greenwich

    Saunders Ness Road, London E14 3EB, United Kingdom

    Siéntate un momento en el muro de Island Gardens y mira al otro lado del Támesis: ahí tienes, de una sola vez, la postal más perfecta de Londres. Dos cúpulas gemelas, columnatas blancas, una casita clara al fondo y, coronando la colina verde, un observatorio con una bola roja en el tejado.

    El encuadre no es casualidad. Hacia 1750 el veneciano Canaletto pintó esta misma vista desde esta orilla, y el cuadro se guarda hoy en el Museo Marítimo, al otro lado del agua. El conjunto lo trazó Christopher Wren con una condición que, según se cuenta, le impuso la reina María II: no tapar la vista de la casa blanca desde el río. Por eso los edificios se abren en dos mitades, como un telón de teatro, y dejan un pasillo de aire hasta la Queen's House.

    Antes de todo esto, en esa misma orilla se alzaba el palacio Tudor de Placentia. Allí nació Enrique VIII en 1491, y allí, en 1509, se casó con una princesa española, Catalina de Aragón, la hija menor de los Reyes Católicos. Su hija María, la futura María Tudor, nació en ese palacio en 1516. Así que la primera historia de Greenwich que te cuento ya tiene acento castellano.

    ¿Y cómo se cruza? Fíjate en la pequeña rotonda de ladrillo rojo con cúpula de cristal junto al agua. Es la entrada del túnel peatonal de Greenwich, abierto en 1902 para los obreros de los muelles de la Isla de los Perros, que vivían en la orilla sur y estaban hartos de depender de los barqueros y de las nieblas. Son unos 370 metros forrados de azulejos blancos, y si cantas en el centro, el eco te devuelve un coro entero.

    Un detalle que casi nadie nota: cerca de este extremo el túnel se estrecha de golpe, porque por dentro lo reforzaron con acero y hormigón tras los daños de las bombas en la Segunda Guerra Mundial... una cicatriz de la guerra que pisas sin darte cuenta. Baja por la escalera de caracol, camina bajo el río y sal por la otra cúpula: al salir te espera un barco de tres mástiles.

  2. 2. Cutty Sark, el último clíper del té

    King William Walk, London SE10 9HT, United Kingdom

    Sales del túnel y ahí lo tienes, alzado sobre una caja de cristal como si navegara sobre una ola congelada: el Cutty Sark, el último clíper del té que queda en el mundo. Rodea el casco despacio y fíjate en cómo brilla el metal amarillo bajo la línea de flotación, igual que cuando cortaba el agua del océano Índico.

    Lo botaron en Dumbarton, en Escocia, en 1869, el mismo año en que se abrió el canal de Suez... y esa coincidencia fue casi una condena. Lo habían construido para correr desde China hasta Londres con la primera cosecha de té, que se pagaba mejor que ninguna. Pero el canal, que los veleros apenas podían aprovechar, regaló esa ruta a los barcos de vapor. El clíper más rápido nació ya pasado de moda.

    Así que cambió de carga y se pasó a la lana de Australia, y ahí encontró su gloria. Con el capitán Richard Woodget, en los años ochenta del siglo XIX, cruzaba de Australia a Inglaterra en menos de ochenta días, y se cuenta que una noche adelantó a un moderno vapor correo que no se lo podía creer. El nombre viene de un poema de Robert Burns: un cutty sark es una camisola corta, la que lleva la bruja Nannie, que es precisamente la figura del mascarón de proa.

    Luego llegaron los años grises. En 1895 lo vendieron a unos armadores portugueses, que lo rebautizaron Ferreira y lo usaron cerca de treinta años. Un capitán inglés retirado lo recompró en 1922, y en 1954 llegó a este dique seco. En 2007, en plena restauración, un incendio devastó el barco; por suerte, buena parte de la estructura original se había desmontado ya para trabajar en ella. En 2012 la reina Isabel II lo volvió a inaugurar.

    Acércate a la proa y mira la mano extendida de la bruja: en el poema persigue al granjero Tam y solo consigue arrancarle la cola a su yegua, así que esa mano vacía, dicen, todavía la busca... Ahora sube por Greenwich Church Street, deja el bullicio del mercado cubierto a tu izquierda y busca a la derecha el pórtico de columnas de una iglesia de piedra clara.

  3. 3. St Alfege, la iglesia del arzobispo mártir

    Greenwich Church Street, London SE10 9BJ, United Kingdom

    Ponte frente al pórtico de columnas de St Alfege, con sus urnas de piedra recortadas contra el cielo, y escucha: a tu espalda zumba el mercado cubierto de Greenwich, entre puestos de comida y de antigüedades. Pero esta esquina guarda una historia mucho más antigua... y bastante más sangrienta.

    En el año 1012, unos invasores daneses acampados en Greenwich mataron aquí a Alfege, arzobispo de Canterbury. Lo habían secuestrado meses antes y pedían por él un rescate enorme, pero él se negó a que su pueblo, ya arruinado, lo pagara. Cuenta la crónica anglosajona que, al final de un banquete y bien borrachos, lo acribillaron con huesos de buey y lo remataron con un hacha. La tradición dice que la iglesia se levanta en el lugar exacto de su martirio.

    El edificio que ves es mucho más moderno. En 1710 una tormenta hundió el tejado de la iglesia medieval, y la nueva la diseñó Nicholas Hawksmoor, el discípulo más original de Wren. Fue la primera de un ambicioso plan para construir cincuenta iglesias nuevas en Londres, de las que al final se levantó apenas una docena. En 1941 una bomba incendiaria destrozó el interior, y lo que ves hoy es una reconstrucción paciente de posguerra.

    Bajo tus pies descansan vecinos ilustres. Uno es Thomas Tallis, el gran compositor de la corte Tudor, que sirvió a cuatro monarcas, entre ellos a María Tudor y a su marido, Felipe II, que durante cuatro años fue también rey de Inglaterra. Su tumba se perdió con la iglesia vieja. Otro es el general James Wolfe, que arrebató Quebec a los franceses en 1759 y murió en la batalla; su familia vivía en Greenwich y lo trajeron a enterrar aquí.

    Y se dice que en la pila de la iglesia antigua bautizaron en 1491 a un recién nacido del palacio de al lado, un niño llamado Enrique, que acabaría casándose seis veces... Ahora vuelve hacia el río por College Approach, cruza la verja del Old Royal Naval College y dirígete a la cúpula del oeste: bajo ella se esconde el salón más deslumbrante de Inglaterra.

  4. 4. Painted Hall, la Capilla Sixtina de los marinos

    Old Royal Naval College, King William Walk, London SE10 9NN, United Kingdom

    Entra bajo la cúpula del oeste y levanta la vista: miles de metros cuadrados de techo y paredes pintados, dioses, reyes, virtudes y monstruos marinos girando sobre tu cabeza. A esto los ingleses lo llaman, sin pizca de modestia, su Capilla Sixtina.

    El edificio no nació como escuela naval, sino como hospital: el Royal Hospital for Seamen, un asilo para marineros viejos o mutilados que fundó la reina María II en 1694. Este salón iba a ser su comedor. Pero quedó tan espléndido que a los pensionistas los mandaron a comer al sótano, y el salón se convirtió en una atracción para visitantes ilustres.

    El pintor fue James Thornhill, y tardó diecinueve años, de 1707 a 1726. Busca en el techo principal a Guillermo III y María II entronizados, y fíjate en la figura que el rey aplasta bajo el pie: es Luis XIV de Francia, el gran enemigo. En la pared del fondo Thornhill se pintó a sí mismo, señalando con la mano su obra... y no es casual, porque cobraba por yarda cuadrada, y el precio fue motivo de discusión durante años.

    En enero de 1806 este salón se vistió de luto. Aquí estuvo expuesto el cuerpo del almirante Horatio Nelson, muerto en Trafalgar, y durante tres días decenas de miles de personas hicieron cola en el frío para despedirlo. Lo habían traído de vuelta a Inglaterra dentro de un barril de licor, para conservarlo, y desde Greenwich lo llevaron en procesión fluvial hasta Londres y su catedral de St Paul.

    Por los muelles corrió durante siglos el chiste de que los marineros se bebieron a escondidas el licor del barril, y que por eso al ron lo llaman la sangre de Nelson... pero eso es leyenda de taberna. Para saber cómo vivieron aquella batalla los españoles, sal de nuevo hacia el río, gira a la derecha por el paseo de la orilla y camina hasta la taberna blanca de balcones de hierro.

  5. 5. Trafalgar Tavern: la batalla contada desde Cádiz

    6 Park Row, London SE10 9NW, United Kingdom

    Apóyate en la barandilla junto a la Trafalgar Tavern, la taberna de 1837 cuyos miradores cuelgan literalmente sobre el agua, y mira río abajo. Desde esos balcones, en el siglo XIX, ministros del gobierno y escritores como Charles Dickens se daban banquetes de pescaditos fritos del Támesis, el famoso whitebait.

    El nombre lo dice todo, pero vamos a contar la batalla con otra mirada. El 21 de octubre de 1805, frente al cabo de Trafalgar, en la costa de Cádiz, veintisiete navíos británicos atacaron a una flota combinada de treinta y tres barcos, dieciocho franceses y quince españoles, al mando del almirante francés Villeneuve. Los marinos españoles habían advertido en el consejo de guerra que salir de Cádiz con aquel tiempo era una temeridad. Salieron igual, por orden de Napoleón.

    Cosme Damián Churruca, capitán del San Juan Nepomuceno, era además científico y cartógrafo, un hombre de la Ilustración. Se cuenta que antes del combate escribió a su hermano que, si sabía que su navío había sido apresado, lo diera por muerto. Una bala de cañón le destrozó una pierna, y siguió dando órdenes hasta desangrarse. Dice la tradición que, cuando los británicos se llevaron el barco, pusieron su nombre en la puerta de su cámara, y que todo el que entraba se descubría.

    Federico Gravina, que mandaba la escuadra española, recibió una herida en el brazo, se negó a que se lo amputaran y murió meses después en Cádiz. Nelson cayó esa misma tarde, alcanzado por un tirador francés. Y después llegó un temporal que hundió más barcos que los cañones, entre ellos el Santísima Trinidad, el gigante de cuatro puentes, el mayor navío de su tiempo.

    En Inglaterra, Trafalgar es una plaza, una columna y esta taberna; en España es también una novela de Galdós, el primero de sus Episodios Nacionales, contado por un grumete gaditano, Gabriel Araceli... Ahora sigue hacia el este por Crane Street, el callejón estrecho pegado al río, hasta un patio blanco con una torrecita almenada.

  6. 6. Trinity Hospital, el asilo del conde y la central

    Highbridge, London SE10 9PS, United Kingdom

    Asómate a la verja y mira este pequeño mundo blanco: casitas encaladas en torno a un patio con jardín, una capilla de ventanales góticos y una torre almenada que parece de juguete. Es Trinity Hospital, un asilo para ancianos, y desde 1613 hace exactamente lo mismo que hoy: dar techo a los mayores de Greenwich.

    Lo fundó Henry Howard, conde de Northampton, uno de los cortesanos más hábiles y más turbios de su época. De familia católica en una corte protestante, sobrevivió a varios reinados, y en 1604 fue uno de los negociadores ingleses de la paz de Londres, que cerró casi veinte años de guerra con España, la guerra de la Armada. Los historiadores creen que, como otros consejeros del rey Jacobo, recibía además una pensión de la corona española.

    Murió en 1614, justo antes de que estallara en la corte un escándalo de envenenamiento en el que su nombre aparecía salpicado. Él ya no llegó a verlo... y con el tiempo su sepulcro de mármol acabó en la capilla de este asilo, de modo que el conde reposa entre los ancianos a los que dio techo.

    Ahora gira la cabeza: justo al lado se levanta una mole de ladrillo con chimeneas enormes. Es la central eléctrica de Greenwich, construida a principios del siglo XX para mover los tranvías de Londres, y que todavía hoy se mantiene como reserva de energía para el metro. Un asilo jacobino y una central industrial pared con pared, mirándose desde hace más de un siglo sin que ninguno ceda un palmo.

    La fachada que ves no es la original: a principios del siglo XIX la rehicieron en este gótico de cuento. Pero la institución sigue en manos de la Mercers' Company, la de los merceros, uno de los gremios medievales más antiguos de la City, que la administra desde hace siglos. Ahora deja el río a tu espalda, sube por Park Row hasta Romney Road y camina hacia la derecha, junto a las columnatas, hasta la entrada del Museo Marítimo Nacional.

  7. 7. Museo Marítimo Nacional: la casaca de Nelson y 1588

    Romney Road, London SE10 9NF, United Kingdom

    Delante de ti se extiende el Museo Marítimo Nacional, uno de los mayores museos del mar del mundo, y en su césped te espera una botella gigante con un barco dentro. Es una réplica del navío de Nelson, el Victory, con las velas cosidas con telas estampadas de colores vivos.

    Esa obra es del artista británico-nigeriano Yinka Shonibare, y estuvo primero sobre el cuarto pedestal de Trafalgar Square. La gracia está en las telas: parecen africanas, pero ese tipo de estampado lo fabricaban industrias holandesas imitando el batik de Indonesia y se vendía en África occidental. Un barco de guerra imperial vestido con la historia enredada del comercio global.

    Dentro se guarda el objeto más emocionante de toda la memoria de Trafalgar: la casaca que Nelson llevaba aquel día, con el agujero de la bala en el hombro izquierdo. Las manchas de sangre de la tela, según se cree, no son solo suyas, sino también de su secretario, muerto a su lado poco antes. El príncipe Alberto, el marido de la reina Victoria, compró la casaca en 1845 y la regaló a Greenwich.

    Aquí se cuenta también la otra gran fecha naval de Inglaterra: 1588. La Gran Armada de Felipe II, unas ciento treinta naves, subió por el canal de la Mancha para escoltar a los tercios de Flandes hasta Inglaterra. Nunca llegó a desembarcar: los brulotes ingleses frente a Calais rompieron su formación, y la vuelta por Escocia e Irlanda, entre temporales, hizo el resto. Por cierto, lo de Armada Invencible, según muchos historiadores, fue sobre todo un mote irónico de los propios ingleses.

    El edificio tampoco nació como museo: fue la escuela del hospital de marineros, donde se formaban los hijos de la gente de mar, y llegó a tener un barco de prácticas en los terrenos para que los chicos aprendieran a trepar por los aparejos. El museo abrió en 1937, inaugurado por el rey Jorge VI. Ahora camina hacia el este por la columnata, junto al parque: la casa blanca y perfectamente cuadrada del centro es la Queen's House.

  8. 8. Queen's House y el Retrato de la Armada

    Romney Road, London SE10 9NF, United Kingdom

    Plántate frente a la Queen's House y fíjate en lo que no tiene: ni torres, ni almenas, ni ladrillo rojo. Solo un cubo blanco, simétrico y sereno. En la Inglaterra de 1616 esto parecía llegado de otro planeta... o, mejor dicho, de Italia.

    La diseñó Inigo Jones, que había recorrido Italia estudiando a Palladio, para Ana de Dinamarca, la esposa de Jacobo I. Ella murió antes de verla terminada, y la acabó otra reina, Enriqueta María, la esposa francesa de Carlos I, hacia 1635. Es el primer edificio plenamente clásico de Inglaterra, y tenía un truco: era también un puente. El camino de Londres a Dover pasaba justo por debajo, y la casa tendía sus dos mitades por encima del barro y de los carros.

    Dentro está la escalera de los tulipanes, la primera escalera de caracol de Inglaterra que sube sin columna central, como flotando. En 1966 un pastor canadiense jubilado le hizo una foto y, al revelarla, aparecieron unas figuras con capucha agarradas a la barandilla. Nadie ha logrado explicarla del todo... ni repetirla.

    Y en estas salas cuelga el cuadro que más interesa a quien habla español: el Retrato de la Armada de Isabel I, pintado hacia 1588. La reina, cubierta de perlas, apoya la mano sobre un globo terráqueo, justo encima de América. A su espalda se abren dos ventanas: en una, los brulotes ingleses avanzan contra la flota; en la otra, los barcos españoles se estrellan contra las rocas en plena tormenta. Propaganda pura, pintada por los vencedores. El museo lo adquirió en 2016 gracias a una gran colecta pública.

    En Inglaterra aquella tempestad se convirtió en el viento protestante, enviado por Dios. A Felipe II se le atribuye una frase más resignada: que él había mandado sus naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos... Ahora cruza hacia el parque y sube por los senderos hacia el sureste, buscando un viejo roble tendido en la hierba y rodeado de una valla.

  9. 9. El roble de la reina Isabel, en Greenwich Park

    Greenwich Park, London SE10 8QY, United Kingdom

    Busca en la hierba ese tronco enorme, tumbado y protegido por una valla baja: parece el esqueleto de un animal fósil, gris y retorcido. Es lo que queda del roble de la reina Isabel, un árbol que, según los expertos, ya echaba hojas en el siglo XII.

    El parque que lo rodea es el recinto real cercado más antiguo de Londres. Lo cerró en 1433 Humphrey, duque de Gloucester, y los Tudor lo convirtieron en coto de caza junto a su palacio del río. Todavía hoy viven ciervos en un rincón vallado al sur del parque, al que llaman The Wilderness, la zona salvaje.

    Cuenta la leyenda que alrededor de este roble bailaron Enrique VIII y Ana Bolena cuando él la cortejaba... y que su hija, la futura Isabel I, merendaba de niña a la sombra de sus ramas. Fíjate en la ironía: el rey que repudió a Catalina de Aragón para casarse con Ana bailaba a pocos cientos de metros del palacio donde Catalina había sido reina y había dado a luz a su hija María.

    Ya en el siglo XIX el árbol estaba muerto, pero se mantuvo en pie más de cien años, sujeto por una hiedra que lo abrazaba como una red. Su tronco hueco era tan ancho que, según se cuenta, los guardas lo usaban como calabozo improvisado para encerrar a quien se portaba mal en el parque. Por fin, en 1991, tras unas lluvias torrenciales, se vino abajo.

    Lo dejaron tal como cayó, y poco después se plantó cerca un roble joven para continuar la historia. Es una manera muy inglesa de tratar la memoria: no se retira el tronco, se le pone una valla y una placa, y se espera unos cuantos siglos. Ahora sigue hacia el suroeste cruzando el parque, hasta su borde con el páramo de Blackheath, donde verás una mansión georgiana de ladrillo rojo.

  10. 10. Ranger's House y el fantasma del almirante Hosier

    Chesterfield Walk, London SE10 8QX, United Kingdom

    Al borde del parque, donde empieza el páramo de Blackheath, tienes delante una mansión georgiana de ladrillo rojo con aire discreto de casa de campo. Es Ranger's House, y su primer dueño fue un marino cuya muerte acabó convertida en canción.

    La mandó levantar a principios del siglo XVIII Francis Hosier, un oficial de marina que llegaría a vicealmirante. En 1726 lo enviaron al Caribe para bloquear Portobelo, en el actual Panamá, y cortar el paso de la plata española. Pero sus órdenes eran absurdas: vigilar el puerto sin atacarlo, para no provocar una guerra abierta. Pasó meses anclado frente a la costa mientras la fiebre amarilla diezmaba a sus hombres. Murieron miles de marineros, y él mismo murió en el Caribe en 1727.

    Años después, un poeta escribió una balada en la que el fantasma de Hosier y sus marineros muertos se aparecen, pálidos, ante la flota inglesa, reclamando venganza... La guerra que siguió con España se conoce en Inglaterra con un nombre que suena a broma, la guerra de la Oreja de Jenkins. En España y en Colombia se recuerda por otra cosa: por Blas de Lezo, el almirante cojo, tuerto y manco que defendió Cartagena de Indias en 1741 frente a una enorme flota inglesa.

    Más tarde la casa fue del conde de Chesterfield, famoso por las cartas que escribió a su hijo enseñándole a desenvolverse en sociedad. Cuando se publicaron, el doctor Johnson, el gran lexicógrafo, dijo con malicia que enseñaban la moral de una cortesana y los modales de un maestro de baile. A partir de 1815 fue la residencia oficial del Ranger, el guarda mayor del parque real, y de ahí le viene el nombre.

    Hoy guarda la colección Wernher: joyas renacentistas, esmaltes, marfiles y pinturas reunidos por Julius Wernher, un magnate de los diamantes sudafricanos nacido en Alemania. Una cueva de tesoros escondida en una casa de oficial de marina. Ahora vuelve a entrar en el parque y camina hacia el norte por Blackheath Avenue, la gran avenida central, hasta el final, donde la colina se asoma sobre Londres.

  11. 11. Real Observatorio y el meridiano cero

    Blackheath Avenue, London SE10 8XJ, United Kingdom

    Has llegado a lo alto de la colina. Detrás tienes Flamsteed House, la casita de ladrillo rojo con una bola roja ensartada en un mástil sobre el tejado, y en el patio una línea metálica corta el suelo en dos. Pon un pie a cada lado: ahora mismo estás a la vez en el hemisferio oriental y en el occidental.

    Todo empezó con el gran problema de los navegantes: calcular la longitud en alta mar. Era tan grave que Felipe III de España ya había ofrecido en 1598 un premio a quien lo resolviera, y hasta Galileo lo intentó. Carlos II de Inglaterra fundó este observatorio en 1675 con el mismo fin, y Christopher Wren levantó la casa para el primer astrónomo real, John Flamsteed, según él mismo dijo, para la vivienda del observador... y un poco para la pompa.

    La bola roja del tejado es una de las primeras señales horarias públicas del mundo. Desde 1833, cada día sube a media altura, luego hasta arriba y cae exactamente a la una de la tarde. Los capitanes anclados en el Támesis la miraban con el catalejo para poner en hora sus cronómetros antes de zarpar.

    En 1884, en una conferencia internacional en Washington, veinticinco países eligieron este meridiano como el cero del mundo, porque la mayoría de las cartas náuticas ya lo usaban. Francia se abstuvo y siguió fiel a París durante décadas. España adoptó la hora de Greenwich en 1901... y la abandonó en 1940, cuando adelantó los relojes una hora para ir a la par con Alemania. Por eso, aunque este mismo meridiano cruza España, desde el Pirineo de Huesca hasta la costa de Castellón, los relojes españoles marcan la hora de Berlín.

    Un último secreto para despedirnos: si miras el GPS del móvil sobre la línea, verás que no marca cero. El meridiano que usan los satélites pasa unos cien metros más al este, por cómo se mide hoy la forma de la Tierra desde el espacio... Asómate a la explanada junto a la estatua del general Wolfe, contempla Londres a tus pies, del Támesis a las torres de Canary Wharf, y cierra aquí el paseo, en el punto donde empieza el tiempo.