Barcelona bajo tus pies: el Barrio Gótico, el Call y dos mil años de Barcino
De las tumbas romanas al palacio de los reyes: murallas, un templo escondido en un patio, la judería medieval, la plaza de los dos poderes y las cicatrices de 1938 en el corazón antiguo de Barcelona
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1. Portal de l'Àngel: la puerta del ángel
Avinguda del Portal de l'Àngel, 08002 Barcelona, Spain
Ponte de espaldas a Plaça de Catalunya y mira la avenida peatonal que baja ante ti: escaparates, bolsas de compras, algún músico callejero y una marea de gente que camina con prisa. Es una de las calles comerciales más transitadas de España... y, sin embargo, su nombre habla de un ángel.
Durante siglos, justo donde estás, no había avenida sino muralla. Barcelona creció tanto en la Edad Media que la vieja cerca romana se le quedó pequeña, y a partir del siglo XIII los reyes levantaron un cinturón de piedra mucho más amplio, con torres y puertas. Una de esas puertas se abría en este punto, hacia los campos y los caminos del interior. Por aquí entraban carros de leña, rebaños, campesinos con su cosecha y viajeros cubiertos de polvo.
Y por aquí entró también, cuenta la leyenda, el predicador valenciano Vicente Ferrer, a comienzos del siglo XV. Al cruzar la puerta, dicen, vio sobre ella a un ángel con una espada en la mano. El santo le preguntó qué hacía allí, y el ángel le respondió que Dios le había encargado custodiar la ciudad. Desde entonces la entrada se llamó el Portal de l'Àngel, y durante mucho tiempo una imagen del ángel vigiló a quienes pasaban por debajo.
Con los siglos, aquella muralla protectora se convirtió en una cárcel. En el siglo XIX Barcelona era una de las ciudades más densas de Europa, con fábricas, epidemias y viviendas amontonadas dentro de los muros. Los barceloneses pidieron a gritos que cayeran, y en 1854 empezó por fin el derribo. De la puerta del ángel no queda ni una piedra... solo el nombre, que sobrevivió a la piqueta.
Este paseo va a hacer el camino al revés del tiempo: desde la ciudad medieval que se abre delante de ti hasta el núcleo romano, mucho más pequeño, que todavía se esconde dentro del Barrio Gótico. Baja unos pasos por la avenida y, a mano derecha, busca la Plaça de la Vila de Madrid, un jardín tranquilo con algo muy antiguo escondido por debajo del nivel de la calle.
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2. Via Sepulcral Romana: los muertos de Barcino
Plaça de la Vila de Madrid, 08002 Barcelona, Spain
Asómate a la barandilla del jardín y mira hacia abajo: unos metros por debajo de tus pies, entre la hierba, asoma una fila de lápidas, pequeños altares y unas extrañas tumbas con forma de medio tonel tumbado. Los vecinos pasean al perro, alguien lee en un banco... y a su lado descansan los muertos de hace casi dos mil años.
Esto es un tramo de una vía funeraria romana. Los romanos no enterraban dentro de la ciudad, así que alineaban las tumbas a lo largo de los caminos que salían de ella, para que los viajeros las vieran y pronunciaran los nombres de los difuntos. Barcino, la pequeña colonia fundada en tiempos del emperador Augusto, quedaba a unos cientos de metros de aquí. Para sus habitantes, este camino era el barrio de los muertos.
Las tumbas son de entre los siglos I y III. Las que parecen barriles se llaman cupae, y son muy características de esta costa. Aquí no hay mausoleos de emperadores ni de generales: es el cementerio de la gente corriente de la colonia, familias que pagaron una lápida para que su nombre no se borrara. Y, en cierto modo, lo consiguieron, porque estás pensando en ellos ahora mismo.
Lo curioso es cómo reaparecieron. Durante siglos quedaron sepultadas bajo huertos, conventos y casas, hasta que, a mediados del siglo XX, unas obras en esta manzana tropezaron con ellas. En lugar de taparlas otra vez, se decidió dejarlas a la vista, en este jardín hundido, como una ventana abierta al subsuelo de la ciudad.
Fíjate en la diferencia de altura: la Barcelona romana estaba varios metros más abajo que la actual, y esa diferencia la vas a notar durante todo el paseo. Ahora sal por Carrer de la Canuda, cruza el Portal de l'Àngel por su parte baja y entra por Carrer dels Arcs hasta la Plaça Nova. Allí verás dos torres redondas romanas que flanqueaban una puerta de la muralla. Salúdalas y sigue a la derecha, hasta la gran escalinata de la Catedral.
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3. La Catedral de Barcelona y las trece ocas de Santa Eulàlia
Pla de la Seu, 08002 Barcelona, Spain
Desde lo alto de la escalinata, levanta la vista hacia la fachada: agujas finísimas, gabletes, pináculos como encaje de piedra. Parece el gótico más puro que hayas visto nunca... y, sin embargo, esta fachada es casi contemporánea de la Torre Eiffel.
La catedral empezó a construirse en 1298, sobre una basílica románica que a su vez se levantaba sobre una iglesia de los primeros cristianos. Las obras avanzaron durante siglo y medio, pero la fachada principal se quedó a medias durante unos cuatrocientos años, con un muro liso y pobre. Hasta que, a finales del siglo XIX, el banquero Manuel Girona se ofreció a pagarla. Se recuperó un diseño medieval del maestro Carles Galtés de Ruan, se adaptó, y en 1913 se coronó por fin la aguja central. Por eso, si te fijas, la fachada se ve más clara y afilada que los muros laterales, oscurecidos por siete siglos de historia.
Pero el alma del templo es una niña. La catedral está dedicada a Santa Eulàlia, una joven barcelonesa que, según la tradición, murió mártir hacia el año 304, durante la persecución del emperador Diocleciano. La leyenda cuenta que tenía trece años y que sufrió trece tormentos. Sus restos reposan en la cripta, bajo el altar mayor, en un sepulcro de alabastro del siglo XIV.
Ahora entra y busca el claustro. Entre naranjos, palmeras y una fuente cubierta de musgo viven trece ocas blancas, una por cada año de la santa. Graznan, vigilan y persiguen a algún turista despistado, como aquellas ocas que, según los romanos, salvaron el Capitolio. Y si vienes por Corpus, verás sobre el chorro de una fuente un huevo vacío que baila sin caerse: es l'ou com balla, una tradición que Barcelona conserva desde hace siglos.
Sal del claustro por la puerta que da a Carrer del Bisbe. Baja unos pasos por esa calle estrecha y toma a la derecha el callejón de Montjuïc del Bisbe. Al final se abre una plaza pequeña y silenciosa. Entra despacio... y fíjate en las paredes.
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4. Plaça de Sant Felip Neri: las heridas de 1938
Plaça de Sant Felip Neri, 08002 Barcelona, Spain
Quédate junto a la fuente del centro y escucha: aquí apenas llega el ruido del barrio. Hay árboles, algún banco, quizá voces de niños que salen de la escuela de la plaza. Ahora mira la fachada de la iglesia que tienes delante y verás que la piedra está picada, agujereada, como si alguien la hubiera golpeado mil veces con un martillo.
No fue un martillo. El 30 de enero de 1938, en plena Guerra Civil, aviones italianos que bombardeaban Barcelona en apoyo del bando sublevado dejaron caer una bomba sobre esta plaza. En el sótano de la iglesia se refugiaban vecinos y muchos niños de la escuela, y según los testimonios una segunda explosión alcanzó a quienes acudieron a ayudar. Murieron cuarenta y dos personas, la mayoría niños.
Durante mucho tiempo circuló otra versión: que aquellas marcas eran de fusilamientos. Solo más tarde la investigación histórica dejó claro el origen real de los impactos, y hoy una placa recuerda a las víctimas. Las cicatrices se dejaron tal cual, a propósito, para que la piedra siga contando lo que pasó aquella mañana.
Hay otra sorpresa en este rincón de aspecto tan medieval: en buena parte es un conjunto recompuesto. Entre las casas que lo rodean están las sedes de dos antiguos gremios, el de los zapateros y el de los caldereros, trasladadas piedra a piedra desde otras calles a mediados del siglo XX, cuando se abrieron nuevas avenidas en la ciudad vieja. La iglesia, dedicada a san Felipe Neri, es del siglo XVIII. Todo encaja tan bien que cuesta creer que no estuvo siempre así.
Es uno de los rincones más bellos de Barcelona, y también uno de los más tristes. Quizá por eso tanta gente se sienta aquí en silencio. Cuando estés listo, sal por Carrer de Sant Felip Neri y, siguiendo Carrer de la Palla, déjate llevar por las callejuelas hacia el sur, hasta desembocar en una plaza con un pino y una iglesia de piedra con un enorme rosetón.
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5. Santa Maria del Pi: el rosetón y el pino
Plaça del Pi 7, 08002 Barcelona, Spain
Párate en medio de la Plaça del Pi y mira la fachada: una pared enorme y casi lisa, rota solo por una portada y por un rosetón gigantesco, como un ojo redondo que te observa. A un lado, un campanario octogonal se alza por encima de los tejados, y en la plaza, entre el empedrado, crece un pino.
Ese pino no es decoración: le da nombre a todo, a la iglesia, a la plaza y a las calles de alrededor. Se cuenta que aquí, fuera de la vieja muralla romana, crecía un gran pino junto a la primera iglesia, y desde hace siglos los vecinos procuran que siempre haya uno. Se ha replantado varias veces, porque en una plaza de piedra un árbol lo tiene difícil.
La iglesia que ves es gótico catalán en estado puro, levantada sobre todo en el siglo XIV. Por dentro es una sola nave inmensa, sin columnas que estorben, pensada para que una multitud pudiera ver y escuchar al predicador. Y el rosetón mide unos diez metros de diámetro, uno de los más grandes de su época. Cuando el sol de la tarde lo atraviesa, el suelo se llena de manchas de colores.
Ese cristal, sin embargo, no es el original. En julio de 1936, al comenzar la Guerra Civil, la iglesia ardió y el rosetón se perdió. Se rehízo en las décadas siguientes, con paciencia, a partir de lo que se sabía del antiguo. Muchas iglesias de Barcelona vivieron incendios en aquellos días, y lo que hoy parece intacto es, a menudo, fruto de una larga reconstrucción.
Date una vuelta por las tres plazas que abrazan la iglesia: la del Pi, la de Sant Josep Oriol y la diminuta Placeta del Pi. Los fines de semana suele haber pintores y puestos de productos artesanos. Después baja hacia el sur por Carrer d'en Quintana, cruza Carrer de Ferran y entra por el pasaje porticado en una plaza llena de palmeras.
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6. Plaça Reial: palmeras y las farolas del joven Gaudí
Plaça Reial, 08002 Barcelona, Spain
Camina hasta el centro de la plaza, entre las palmeras, y gira despacio sobre ti mismo: arcos color crema a tu alrededor, balcones idénticos, una fuente con tres figuras femeninas y, a sus lados, dos farolas negras de seis brazos coronadas por un casco con alas. Es la plaza más elegante y, de noche, más ruidosa del Gótico.
Lo primero que sorprende es que aquí no hay nada medieval. Antes había un convento de capuchinos. En 1835, en una oleada de revueltas anticlericales, ardieron varios conventos de Barcelona, y poco después el Estado expropió los bienes de las órdenes religiosas. El solar quedó libre, y el arquitecto Francesc Daniel Molina proyectó una plaza al estilo de las grandes plazas porticadas europeas, que se construyó a mediados del siglo XIX.
Y ahora, las farolas. En 1878, un arquitecto recién titulado, de unos veinticinco años, recibió su primer encargo público del Ayuntamiento: diseñar farolas para las plazas de la ciudad. Se llamaba Antoni Gaudí. Mira el remate: el casco alado y las serpientes enroscadas son símbolos de Mercurio, el dios del comercio, un guiño a una Barcelona que vivía de comprar y vender.
Cuentan que el encargo no le salió bien en lo económico: discutió con el Ayuntamiento por los honorarios, y aquellas farolas fueron prácticamente lo único que hizo para la ciudad. Sea como sea, desde aquí Gaudí dio el salto, y pocos años después estaba construyendo casas y palacios para las familias más ricas de Barcelona. Muchos pasan junto a estas farolas sin saber que están ante su primera obra pública.
De día la plaza es un salón de terrazas; durante décadas, los domingos por la mañana, sus soportales han acogido un mercado de sellos y monedas; de noche se convierte en un hervidero de música y gente joven. Ahora sal por el lado norte, vuelve a Carrer de Ferran y síguela hacia arriba, en una cuesta suave, hasta que se abra una gran plaza con dos palacios mirándose cara a cara.
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7. Plaça de Sant Jaume: el foro, dos palacios y el Pont del Bisbe
Plaça de Sant Jaume, 08002 Barcelona, Spain
Ponte en el centro de la plaza y gira la cabeza de un palacio al otro: frente a frente, separados por unas decenas de metros de losas, están el Ayuntamiento de Barcelona y el Palau de la Generalitat de Catalunya. Dos poderes, dos balcones, una sola plaza.
Bajo tus pies late el corazón de Barcino. Aquí se cruzaban las dos calles principales de la colonia romana, el cardo y el decumano, y aquí estaba el foro: el mercado, los templos, los discursos. Fíjate en las calles que salen de la plaza: Carrer del Bisbe y Carrer de la Ciutat siguen el trazado del decumano, y Llibreteria y Carrer del Call, el del cardo. Llevas toda la mañana caminando por líneas que tienen dos mil años.
La plaza, curiosamente, es moderna. Durante siglos aquí había una iglesia dedicada a Sant Jaume y un enredo de casas, que se derribaron en el siglo XIX para abrir este espacio. El Palau de la Generalitat es la sede de una institución nacida en el siglo XIV para recaudar los tributos aprobados en Cortes, y luce una fachada renacentista. Enfrente, la Casa de la Ciutat esconde el Saló de Cent, donde se reunía el consejo municipal medieval.
Desde esos balcones se han dicho frases que todavía resuenan. En abril de 1931, Francesc Macià proclamó desde aquí la República Catalana. Y en octubre de 1977, Josep Tarradellas, que volvía de un largo exilio, saludó a la multitud con una frase que en Cataluña conoce todo el mundo: Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí. Ciudadanos de Cataluña, ya estoy aquí.
Antes de irte, asómate a Carrer del Bisbe. Unos metros más arriba, un puente de encaje gótico une la Generalitat con la casa de enfrente. Parece medieval, pero es de 1928, obra de Joan Rubió, discípulo de Gaudí. La leyenda dice que bajo el puente hay una calavera atravesada por un puñal, y que si alguien la quita, la ciudad sufrirá una desgracia. Míralo bien y luego sal de la plaza por Carrer de la Ciutat, en dirección al mar, hasta Carrer del Regomir.
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8. Portal del Regomir: la puerta de Barcino hacia el mar
Carrer del Regomir 3, 08002 Barcelona, Spain
Entra en el patio de este viejo edificio, hoy un centro cívico, y busca tras los cristales unos sillares enormes y el arranque de un arco. A tu alrededor la gente se apunta a talleres y los niños corretean... y a un metro, en silencio, está una de las puertas de la Barcelona romana.
Barcino tenía cuatro puertas, una en cada extremo de sus dos calles principales, y esta era la que daba al mar. Su nombre oficial era larguísimo, Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, pero todo el mundo la llamaba simplemente Barcino. Cuando se fundó la colonia, en tiempos de Augusto, la orilla quedaba mucho más cerca que hoy. Por esta puerta subían ánforas de vino, aceite y salazones desde las barcas. Barcino era pequeña, de apenas unas diez hectáreas, menos que muchos parques actuales, pero vivía mirando al Mediterráneo.
En el siglo III la calma se acabó. Pueblos germánicos cruzaron los Pirineos y saquearon ciudades de la provincia, y Barcino reaccionó como tantas otras: reforzó su muralla. La hizo más gruesa, más alta, y la llenó de torres, más de setenta según los arqueólogos. Aquel anillo de piedra protegió la ciudad durante siglos, mucho después de que Roma hubiera caído.
Lo increíble es que estas piedras pasaron siglos escondidas, incrustadas en casas, almacenes y palacios, hasta que las restauraciones y excavaciones del siglo XX volvieron a sacarlas a la luz. La muralla de Barcelona es una de las mejor conservadas del occidente romano precisamente porque la ciudad, en lugar de derribarla, se la fue comiendo: le apoyó casas encima, le abrió ventanas y la usó como pared maestra.
Ahora vas a recorrer la muralla desde fuera. Sigue hasta Carrer del Sotstinent Navarro, donde verás un largo lienzo con sus torres, y continúa por Via Laietana hacia el norte. Busca una plaza ajardinada con un jinete de bronce delante de la muralla.
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9. La muralla romana y Ramon Berenguer el Gran
Plaça de Ramon Berenguer el Gran, 08002 Barcelona, Spain
Desde la acera de Via Laietana, mira la pared de piedra que se levanta detrás del jardín: torres romanas, un lienzo de muralla y, montada encima como si nada, la silueta de una capilla gótica con su campanario. Delante, un jinete de bronce levanta el brazo. Son siglos de historia apilados unos sobre otros.
La capilla es la de Santa Àgata, la capilla del antiguo palacio real, construida a principios del siglo XIV. Los constructores medievales no se molestaron en derribar la muralla: la usaron como cimiento. El gran salón del palacio, el Tinell, también se apoya en ella. Desde aquí estás viendo la espalda de la plaza en la que terminará este paseo.
El jinete es Ramon Berenguer III, llamado el Grande, conde de Barcelona a comienzos del siglo XII. Se casó con Dulce de Provenza y, con aquella boda, los condes de Barcelona pusieron un pie al otro lado de los Pirineos. La estatua la modeló el escultor Josep Llimona, uno de los grandes de la escultura modernista, aunque tardó décadas en llegar a este pedestal.
Y todo este paisaje existe gracias a una herida urbana. Hasta principios del siglo XX la muralla estaba tapada por casas pegadas a ella. Entonces, a partir de 1908, se abrió Via Laietana, una avenida recta que partió en dos la ciudad vieja para unir el puerto con el nuevo Eixample, a imitación de las grandes avenidas de las capitales europeas. Se derribaron cientos de edificios y desaparecieron calles enteras... y al demolerlos, y en las obras de las décadas siguientes, la muralla romana volvió a ver la luz. Lo que una obra destruyó, esa misma obra lo destapó.
Ahora vuelve a entrar en la ciudad romana. Sube por la Baixada de la Llibreteria y, por Carrer de la Freneria, llega al estrecho Carrer del Paradís. Antes de seguir, mira el suelo: allí hay una piedra redonda que marca el punto más alto de la vieja Barcino.
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10. Temple d'August: cuatro columnas en un patio
Carrer del Paradís 10, 08002 Barcelona, Spain
Mira primero al suelo de Carrer del Paradís: incrustada entre las losas hay una piedra de molino que marca el punto más alto de la antigua ciudad, el Mons Taber, a casi diecisiete metros sobre el nivel del mar. Parece poca cosa, pero para los romanos esto era una colina. Ahora cruza la puerta del número 10 y entra en el patio.
Ahí están: cuatro columnas corintias de más de nueve metros, con sus capiteles de hojas de acanto y un trozo de arquitrabe encima, encajadas en un patio estrecho entre paredes medievales. Es lo que queda del gran templo de Barcino, levantado hacia el cambio de era y dedicado, según la interpretación más aceptada, al culto del emperador Augusto.
El templo dominaba el foro desde lo alto de la colina, rodeado probablemente por un pórtico. Era el edificio más importante de la colonia, el primero que veían los marineros al acercarse a la costa. Con los siglos se desmontó, sus piedras se reaprovecharon, y las columnas que quedaron en pie acabaron engullidas por las casas. Nunca se olvidaron del todo: viajeros y eruditos hablaban de ellas como de un secreto del barrio.
Durante mucho tiempo se pensó que eran restos de un templo de Hércules, el héroe al que una vieja leyenda atribuye la fundación de Barcelona. Según esa historia, Hércules llegó con nueve barcas, y la novena, la barca nona, dio nombre a la ciudad. Hoy los arqueólogos lo descartan, pero la leyenda sigue viva en las conversaciones del barrio.
El patio es la sede del Centre Excursionista de Catalunya, una de las sociedades excursionistas más antiguas del país. Tiene su gracia: una sociedad de amantes de las cumbres guarda las columnas de la cumbre de Barcelona. Sal de nuevo a la calle, baja hasta la Plaça de Sant Jaume, crúzala y entra por Carrer del Call en la vieja judería. Busca a la derecha Carrer de Sant Domènec del Call y, desde allí, el pequeño Carrer de Marlet.
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11. El Call: la judería y la Sinagoga Major
Carrer de Marlet 5, 08002 Barcelona, Spain
Detente en Carrer de Marlet y levanta la vista hacia la pared: a la altura del primer piso hay una lápida con letras hebreas. Las calles aquí son tan estrechas que casi podrías tocar las dos fachadas con los brazos abiertos. Estás en el corazón del Call, la judería medieval de Barcelona.
La palabra Call viene probablemente del hebreo qahal, que significa comunidad. Durante siglos vivió aquí una comunidad numerosa: médicos, traductores, prestamistas, artesanos, astrónomos y rabinos conocidos en toda Europa. La lápida que ves es una copia de la original y recuerda, según se lee, la fundación piadosa de un rabino llamado Samuel ha-Sardí. El cementerio estaba en la montaña que domina el puerto, Montjuïc, cuyo nombre suele interpretarse como el monte de los judíos.
Todo terminó en el verano de 1391. Una ola de violencia contra los judíos, nacida en Sevilla, recorrió la península y en agosto llegó a Barcelona. El Call fue asaltado, sus casas saqueadas, y cientos de personas murieron. Muchos supervivientes fueron obligados a convertirse. La comunidad ya no se recuperó, y un siglo después, en 1492, la expulsión de los judíos de los reinos hispánicos cerró definitivamente esta historia.
En el número 5 de esta calle, unos escalones bajan a un pequeño sótano. En los años noventa, unos investigadores lo identificaron como la Sinagoga Major de Barcelona, por su orientación hacia Jerusalén y por los restos encontrados. No todos los historiadores están convencidos y el debate sigue abierto... pero bajar a esa sala casi vacía, de muros viejísimos, impresiona igual.
Las piedras del Call acabaron dispersas por toda la ciudad. Lápidas del cementerio de Montjuïc se reutilizaron como material de construcción, y algunas con inscripciones hebreas se han identificado en los muros de un palacio junto a la plaza a la que vas ahora. Sal del Call hacia Carrer del Bisbe, sube hasta la fachada de la Catedral y rodéala por Carrer dels Comtes. Al final, por la Baixada de Santa Clara, entrarás en la Plaça del Rei.
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12. Plaça del Rei: el palacio, el Tinell y la llegada de Colón
Plaça del Rei, 08002 Barcelona, Spain
Entra en la plaza y sitúate frente a la escalinata en abanico que sube hacia un gran portal. Junto a ella asoman la fachada de la capilla real y una torre de cinco pisos llena de galerías, el Mirador del Rei Martí. Todo es piedra dorada, sin un solo cartel moderno a la vista. Es la plaza más medieval de Barcelona.
Aquí estaba el Palau Reial Major, la residencia de los condes de Barcelona, que con el tiempo fueron también reyes de Aragón. Detrás de ese portal se abre el Saló del Tinell, levantado a mediados del siglo XIV por orden de Pedro el Ceremonioso: una sala enorme sostenida por grandes arcos de piedra, sin columnas en medio, uno de los espacios civiles más impresionantes del gótico europeo.
Y esa escalinata guarda una tradición famosa. Se cuenta que en abril de 1493, al volver de su primer viaje, Cristóbal Colón fue recibido aquí por los Reyes Católicos, y que llegó acompañado de indígenas americanos, papagayos y objetos de oro para mostrarlos a la corte. Los historiadores discuten dónde fue exactamente el encuentro, pero que los reyes recibieron a Colón en Barcelona aquella primavera es seguro.
Ahora piensa en lo que hay bajo tus zapatos. En 1931, para salvarla de las obras de Via Laietana, se trasladó piedra a piedra una casa gótica, la Casa Padellàs, hasta un solar junto a esta plaza. Al excavar sus nuevos cimientos apareció la ciudad romana. Hoy, desde el museo de historia de la ciudad, se puede caminar bajo tierra por calles de Barcino, entre una lavandería, talleres de salazón y una bodega donde se hacía vino.
Has hecho el camino completo: de las tumbas de fuera de la muralla a la cima del Mons Taber, del foro a la judería, de las bombas de 1938 a los salones de los reyes. Todo cabe en unos pocos cientos de metros, apilado capa sobre capa, como las páginas de un libro que nadie ha terminado de escribir. Siéntate en la escalinata, deja que el eco de la plaza haga el resto... y disfruta de la Barcelona más antigua.