Vyšehrad: leyendas, cubismo y el cementerio de los genios de Praga
Del río de los almadieros a la roca de la princesa Libuše: casas cubistas, puertas barrocas, la rotonda más antigua, una columna arrojada por el diablo y la tumba de Dvořák, Smetana y Mucha en Praga
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1. Puente Palacký y el muelle de Rašín
Rašínovo nábřeží, 128 00 Praha 2-Nové Město, Czechia
Ponte junto al pretil del muelle, al pie del puente Palacký, y mira río arriba, hacia el sur. Al fondo, sobre una roca que cae a pico sobre el Moldava, asoman dos torres puntiagudas y oscuras entre los árboles. Eso es Vyšehrad, el castillo alto, y hacia allí vamos, despacio, desde la orilla.
El puente que tienes al lado se construyó entre 1876 y 1878 y lleva el nombre de František Palacký, el historiador al que los checos llaman padre de la nación. Durante medio siglo, en sus extremos, se alzaron cuatro grupos de estatuas gigantes con héroes de las leyendas checas, esculpidos por Josef Václav Myslbek. Hoy ya no están aquí. Al final de este paseo los vas a encontrar en un lugar mucho más apropiado... y te contaré por qué se mudaron.
El muelle donde estás se llama Rašínovo nábřeží, por Alois Rašín, el primer ministro de Finanzas de Checoslovaquia. En 1919 separó la moneda del nuevo país de la del viejo imperio austrohúngaro, con una operación casi artesanal: sellar los billetes en circulación. En enero de 1923 un joven militante le disparó por la espalda, y murió semanas después. Los comunistas le quitaron el nombre al muelle y le pusieron el de Friedrich Engels. Rašín lo recuperó en 1990.
Un poco más abajo, en este mismo muelle, está la casa de la familia Havel, levantada por el abuelo de Václav Havel. Allí vivió durante décadas el dramaturgo disidente que acabaría siendo presidente. Desde sus ventanas veía exactamente lo que ves tú: el río, las barcas y, al sur, la silueta de Vyšehrad.
Vyšehrad es la otra colina sagrada de Praga, la de las leyendas, la de los poetas y la de los músicos. Hay quien dice que el castillo de Praga es la cabeza del país y Vyšehrad su corazón. Camina ahora hacia el sur por el muelle, con el río a tu derecha, hasta una casita antigua que se quedó sola junto al puente del ferrocarril.
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2. Výtoň: la aduana de los almadieros
Rašínovo nábřeží 412, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Delante de ti hay una casita baja, con tejado alto y paredes gruesas, encajada entre el muelle, las vías del tranvía y el puente del ferrocarril. Parece perdida, como si se hubiera equivocado de siglo. Y en cierto modo es así: es lo único que queda de un barrio entero.
Esta es la Výtoň, la antigua aduana de Podskalí, con partes que se remontan al siglo XVI. Podskalí significa algo así como bajo la roca, y era el barrio de los almadieros, los hombres que bajaban por el Moldava enormes balsas de troncos desde los bosques del sur de Bohemia. Aquí se pagaba el impuesto sobre la madera, y ese impuesto se llamaba precisamente výtoň. La casa se quedó con el nombre del dinero.
Imagínate la orilla hace ciento cincuenta años: balsas atracadas, montañas de leña, carros, tabernas, gritos, hombres con botas altas y pértigas larguísimas que conocían cada remolino del río. Los almadieros de Podskalí tenían fama de duros, de bebedores y de cantar mejor que nadie. Praga se calentaba y se construía con la madera que ellos traían.
A principios del siglo XX la ciudad decidió domar el río. Se levantaron estos muelles altos de piedra, se regularizó el cauce y el viejo barrio de casas bajas fue demolido casi por completo. Solo sobrevivió la aduana, que hoy alberga un pequeño museo dedicado a Podskalí. Y cuando el Moldava crece, como en las grandes inundaciones de 2002, recuerda a todos que esta orilla fue suya antes que de nadie.
Mira ahora el puente del ferrocarril, de hierro, a tu lado. Por debajo pasa el tranvía, por encima los trenes, y junto a sus pies esta casa de cuatro siglos aguanta, terca, como una vieja almadiera. Sigue hacia el sur por el muelle, hacia la roca. Al pie del acantilado te esperan unas casas que parecen talladas en cristal.
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3. Las casas cubistas de Josef Chochol
Rašínovo nábřeží 71/6, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Mira la fachada de esta casa al pie del acantilado: no hay una sola superficie tranquila. Las ventanas, los frontones, las cornisas, todo está quebrado en facetas y pirámides, como si alguien hubiera tallado el edificio en un bloque de cristal. Y unos pasos atrás, en la esquina de la calle Libušina, la villa Kovařovic remata el cuadro con una verja que parece hecha de prismas.
Estás ante una rareza mundial: arquitectura cubista. En París el cubismo fue cosa de pintores, de Picasso y Braque. Pero en Praga, entre 1911 y 1914, un grupo de arquitectos jóvenes decidió que también se podía vivir dentro de un cuadro cubista. Uno de los más radicales fue Josef Chochol, que había estudiado en Viena con Otto Wagner y volvió dispuesto a romperlo todo.
Esta es su casa triple, de 1912 y 1913: tres viviendas familiares unidas en una sola composición, con la del centro más alta, como el frontón de un templo extraño. La villa de la esquina es de los mismos años. Fíjate en que las formas no son decoración pegada: la luz cambia sobre cada faceta según la hora, y la casa parece moverse a medida que caminas delante de ella.
El sueño duró muy poco. La Primera Guerra Mundial cortó en seco la construcción, y después de 1918 los arquitectos se fueron a otros estilos. Por eso la arquitectura cubista es casi un invento exclusivamente checo, y Praga concentra la mayor parte de sus edificios. Durante décadas nadie les hizo mucho caso; hoy son monumentos protegidos y se estudian en escuelas de arquitectura de medio planeta.
Un detalle: por aquí arriba, en la roca, se abre el túnel de Vyšehrad, excavado a principios del siglo XX para que pasaran el tranvía y la carretera. Antes, la roca bajaba directa hasta el río. Ahora vuelve unos pasos hacia la calle Libušina y sube hacia la izquierda, hasta la calle Neklanova: en una esquina te espera el edificio cubista más famoso de la ciudad.
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4. La esquina cubista de Neklanova
Neklanova 98/30, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Ponte en la acera de enfrente y levanta la vista hacia la esquina de este edificio de pisos. Justo donde se encuentran las dos calles, la fachada se pliega en un juego de aristas, la cornisa se dobla como papel y las ventanas parecen hundirse en marcos con forma de diamante. Es la esquina más fotografiada del cubismo checo.
También es obra de Josef Chochol, de 1913. Pero aquí hay una diferencia importante respecto a las villas del río: esto no es una casa para un cliente rico, es un bloque de viviendas corriente, con vecinos, buzones y ropa tendida. Chochol quiso demostrar que la vanguardia también podía estar en un edificio de alquiler, en una calle normal, a la vuelta de la panadería.
Mira con calma los detalles: los planos inclinados bajo las ventanas, los marcos facetados, cómo la luz del sol rompe la fachada en triángulos de sombra. Con el yeso, el arquitecto buscaba lo mismo que los pintores con el pincel: enseñar varios puntos de vista a la vez. Es una casa que no se deja mirar de frente.
Este barrio entero, entre la roca y las calles en cuadrícula, se urbanizó a principios del siglo XX, cuando Vyšehrad dejó de ser una fortaleza militar y la ciudad empezó a subir por sus laderas. Las calles de aquí arriba llevan nombres de la leyenda: Neklan, Přemysl, Libuše, Vratislav... Pasear por ellas es como recorrer el índice de un libro de historias antiguas.
Y un secreto de vecinos: en la fachada no hay ninguna placa grandilocuente, ni una flecha turística. La gente vive dentro, sube la compra, abre las ventanas en verano. El monumento sigue siendo una casa. Desde aquí, sube por las calles del barrio hacia el sureste, hasta la puerta exterior de la fortaleza: la puerta de Tábor.
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5. La puerta de Tábor y la fortaleza barroca
V Pevnosti, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Delante de ti se abre un portón macizo, entre gruesos muros en ángulo: la puerta de Tábor, la entrada exterior de la fortaleza de Vyšehrad. Al cruzarla, el ruido de la ciudad se apaga de golpe, y empiezas a caminar entre murallas, como un soldado del siglo XVII volviendo al cuartel.
Vyšehrad es más antiguo que casi todo en Praga, pero lo que ves ahora es relativamente moderno. Después de la Guerra de los Treinta Años, a mediados del siglo XVII, el emperador decidió convertir la vieja colina real en una fortaleza barroca: bastiones en estrella, fosos, murallas de ladrillo y puertas como esta. La de Tábor se levantó en esos años, mirando hacia el sur, el lado por donde llegaban las amenazas.
Pero busca a un lado los restos de una puerta mucho más vieja: la puerta Špička, gótica, de los tiempos de Carlos IV. De ella apenas quedan fragmentos de muro. Y aun así su silueta se ha conservado en un sitio inesperado: en 1891 la copiaron para la fachada del Laberinto de espejos, que hoy está en la colina de Petřín. Una puerta desaparecida que sobrevive como decorado de una atracción de feria.
El nombre recuerda a Tábor, la ciudad del sur de Bohemia que fue el bastión de los taboritas, el ala más radical de los husitas. En 1420 los husitas sitiaron Vyšehrad, que entonces era una plaza fuerte del rey, y aquel mismo otoño, tras derrotar al ejército que venía a socorrerlo, lo tomaron y lo saquearon. Iglesias, palacios, la vieja residencia real... buena parte de lo medieval acabó en ruinas. Durante dos siglos, la colina sagrada de Praga fue casi un pueblo de escombros.
Por eso Vyšehrad es un palimpsesto: rotondas románicas, recuerdos góticos, murallas barrocas y una necrópolis del siglo XIX, todo superpuesto. Sigue el camino hacia el interior. Enseguida cruzarás una segunda puerta, mucho más elegante, y verás junto a ella una pequeña iglesia redonda que lleva aquí casi mil años.
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6. Puerta de Leopoldo y Rotonda de San Martín
V Pevnosti, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Acabas de cruzar la puerta de Leopoldo, la más elegante de la fortaleza, con su fachada de piedra almohadillada y sus pilastras. Y justo al otro lado, casi pegada al camino, aparece una iglesia diminuta y redonda, de piedra clara, con un tejado cónico y una linterna arriba. Parece una maqueta. Es una de las construcciones más antiguas de la ciudad.
Es la rotonda de San Martín, levantada en la segunda mitad del siglo XI, cuando Vyšehrad era residencia de los primeros reyes checos. Vratislao II, que en 1085 se convirtió en el primer soberano checo con título de rey, trasladó aquí su corte desde el castillo de Praga, en parte por sus peleas con su propio hermano, el obispo. Es la rotonda más antigua que se conserva en Praga. Piensa que cuando colocaron estas piedras aún no existía el Puente de Carlos, ni la catedral gótica de San Vito, ni siquiera la Ciudad Vieja tal como la conoces.
Ha sobrevivido de milagro. Durante las guerras la usaron como almacén de pólvora y como depósito, y se cuenta que en el siglo XIX estuvo a punto de desaparecer bajo las obras de la fortaleza. En lugar de eso, hacia 1878 la restauraron y le devolvieron su aspecto de iglesia, con la linterna que ves arriba. La puerta, en cambio, lleva el nombre del emperador Leopoldo I y es de la segunda mitad del siglo XVII.
Fíjate en la forma. Las rotondas eran el modelo típico de las primeras iglesias en Bohemia: una nave circular, un pequeño ábside, gruesos muros de piedra. Pocas sobrevivieron, y Praga conserva tres. Si pudieras entrar en invierno, sentirías el frío que guardan esos muros desde hace casi mil años.
Esta vieja piedra románica y la puerta barroca que tiene al lado cuentan, en treinta metros, seis siglos de historia. Ahora toma el camino hacia el norte, siguiendo la muralla, hasta la puerta de Ladrillo: allí empiezan los pasadizos que corren por dentro de las murallas.
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7. Puerta de Ladrillo, casamatas y sala Gorlice
Vratislavova, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Estás ante la puerta de Ladrillo, la entrada norte de la fortaleza, de líneas sobrias y neoclásicas, levantada a mediados del siglo XIX. A su lado se abre una puerta baja que lleva hacia algo menos visible: los pasadizos que corren por dentro de las murallas.
Son las casamatas, galerías de ladrillo construidas dentro de los bastiones barrocos para mover tropas y munición a cubierto. Pasillos estrechos, húmedos, con el techo en bóveda, que avanzan a oscuras bajo tus pies durante cientos de metros. Si un enemigo tomaba una muralla, los soldados podían desaparecer dentro de la montaña y aparecer por otro lado.
Al final de esos túneles hay una sala enorme y abovedada llamada Gorlice. Y allí, en la penumbra, esperan varias estatuas barrocas originales del Puente de Carlos. Las que ves hoy en el puente son en buena parte copias: desde finales del siglo XIX la ciudad fue sustituyendo los originales, gastados por la lluvia, el humo y las heladas, y los trasladó a lugares protegidos. Unos están aquí; otros, en el Lapidario del Museo Nacional. Es un poco como encontrar a los actores principales descansando entre bastidores, mientras sus dobles salen a escena.
El lugar tiene algo de cueva y algo de cripta. Cuando hablas, la voz rebota y vuelve tarde. Durante siglos estas galerías sirvieron para guardar pólvora, víveres y, a veces, secretos. Dentro, la temperatura apenas cambia en todo el año, y el silencio es tan espeso que oyes tus propios pasos dos veces. Hoy guardan santos de piedra con la nariz rota y las manos gastadas, mirando a la nada.
Vyšehrad dejó de ser fortaleza militar a finales del siglo XIX, y la ciudad decidió darle otro papel, mucho más simbólico: el de panteón de la nación. Por eso, a solo unos pasos de los túneles de los soldados, empieza un jardín de tumbas lleno de nombres que conoces. Entra ahora en el recinto del cementerio, a tu derecha, hacia las arcadas.
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8. Cementerio de Vyšehrad y el Slavín
K Rotundě 10, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Camina despacio entre las tumbas. Aquí no hay filas grises, sino un jardín de esculturas: ángeles art nouveau, bustos de bronce, mujeres que lloran en mármol, mosaicos dorados bajo arcadas de piedra. Cada pocos pasos un nombre te detiene, porque lo has visto en una partitura, en la portada de un libro o en un cartel modernista.
El cementerio existía desde hacía siglos, pero en 1869 se decidió convertirlo en el gran panteón de la nación checa, un lugar para quienes hubieran dado gloria al país con el arte, la ciencia o la palabra. Bajo las arcadas está Antonín Dvořák, el de la Sinfonía del Nuevo Mundo, muerto en 1904. Muy cerca, Bedřich Smetana, el autor del Moldava, ese río que acabas de dejar abajo. Más allá, Karel Čapek, el escritor que regaló al mundo la palabra robot, y Božena Němcová, la gran narradora del siglo XIX.
Al fondo se alza el Slavín, una tumba colectiva monumental, terminada a finales del siglo XIX, coronada por un sarcófago y figuras alegóricas. Dentro reposan más de cincuenta personalidades, entre ellas el pintor Alfons Mucha y el escultor Josef Václav Myslbek. En la fachada hay una frase en checo que quiere decir aunque murieron, todavía hablan. Es difícil imaginar un epitafio mejor para un cementerio de artistas.
Busca la tumba de Čapek: es sencilla, y junto a él está su esposa, la actriz Olga Scheinpflugová. Čapek murió en diciembre de 1938, pocos meses después de que su país fuera desmembrado en Múnich. Se cuenta que, cuando la Gestapo fue a buscarlo en marzo de 1939, no sabía que ya había muerto.
Aquí la historia checa se lee en apellidos. Y cada 12 de mayo, cuando empieza el festival Primavera de Praga, se recuerda el aniversario de la muerte de Smetana. Sal del cementerio por el lado sur, hacia la gran basílica de dos torres: a sus pies hay una columna rota que, dicen, tiró el diablo.
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9. Basílica de San Pedro y San Pablo y la columna del diablo
K Rotundě, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Levanta la vista hacia las dos torres oscuras y afiladas de la basílica de San Pedro y San Pablo: son las que veías desde el río al empezar. Y ahora baja la mirada a la hierba: tres pedazos de una columna de piedra, tirados ahí como si alguien los hubiera dejado caer desde el cielo. Según la leyenda, eso es exactamente lo que pasó.
La iglesia es muy antigua. La fundó el rey Vratislao II hacia 1070, cuando Vyšehrad era su residencia, y desde entonces se ha reconstruido una y otra vez: románica, gótica, barroca. Lo que ves hoy es neogótico, de finales del siglo XIX, y las dos torres se terminaron a principios del XX. Dentro, las paredes están cubiertas de pinturas modernistas, con flores, santos y ornamentos que parecen sacados de un cartel de Mucha.
Y ahora la leyenda. Se cuenta que un sacerdote de Vyšehrad hizo una apuesta con el diablo: si el demonio le traía una columna desde una iglesia de Roma antes de que él terminara la misa, su alma sería suya. El diablo voló, pero san Pedro, que estaba de parte del cura, lo arrojó al mar tres veces por el camino. Cuando llegó, la misa ya había terminado. Furioso, el diablo estrelló la columna contra el suelo... y se partió en tres.
Hay versiones para todos los gustos: que intentó lanzarla contra el tejado, que se le cayó de puro cansancio. Los historiadores, más prosaicos, piensan que son restos de alguna construcción antigua o una vieja columna de algún tipo. Pero en Praga, cuando hay que elegir entre una explicación técnica y un diablo derrotado, la ciudad suele quedarse con el diablo.
Fíjate también en el portal principal, entre las dos torres. En este mismo lugar, en la Edad Media, los reyes rezaban en una iglesia mucho más pequeña, que las guerras husitas dejaron destrozada. Ahora rodea la basílica hacia el oeste, hacia el parque: allí te esperan los héroes de piedra que un día estuvieron en el puente del río.
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10. Las estatuas de Myslbek: Libuše y Přemysl
Vyšehradské sady, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
En el parque que se abre delante de la basílica se alzan unas figuras de piedra enormes, más altas que una persona sobre su pedestal. Una mujer con corona y gesto solemne, a su lado un hombre robusto, con algo de campesino. Son Libuše y Přemysl, los fundadores legendarios de la primera dinastía checa.
¿Te acuerdas del puente Palacký, al principio del paseo? Estas estatuas estuvieron allí. Josef Václav Myslbek las esculpió entre finales de la década de 1880 y 1897: cuatro parejas de héroes de las leyendas checas para adornar el puente. El puente fue alcanzado en el bombardeo del 14 de febrero de 1945, y después de la guerra las estatuas se trasladaron aquí, a la colina de las leyendas. La guerra les buscó, sin quererlo, un hogar mejor.
La historia de Libuše es la madre de todas las historias checas. Era una princesa sabia, una vidente, hija del caudillo Krok. Cuando los hombres de la tribu protestaron por tener que obedecer a una mujer, ella les dijo que se buscaran un marido para ella... y les indicó dónde. Los enviados siguieron a su caballo hasta un campo, y allí encontraron a Přemysl, arando. Dejó el arado, se sentó en el trono, y así nació la dinastía de los Přemyslidas, que reinó durante siglos.
La leyenda más famosa dice que Libuše, un día, en lo alto de esta roca, entró en trance, señaló hacia el bosque al otro lado del río y profetizó: veo una gran ciudad cuya gloria tocará las estrellas. Allí fundaron Praga. Los cronistas no se ponen de acuerdo en dónde estaba exactamente su castillo, pero los praguenses ya lo decidieron hace mucho: aquí.
Recorre el parque y busca las otras parejas: el bardo Lumír y la Canción, los guerreros Záboj y Slavoj, y Ctirad y Šárka, la guerrera de la guerra de las doncellas, que engañó a su enemigo con una trampa y un cuerno. Ahora camina hacia el borde occidental de la colina, donde la muralla se asoma al río.
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11. Las murallas y el Baño de Libuše
V Pevnosti, 128 00 Praha 2-Vyšehrad, Czechia
Apóyate en la muralla y mira hacia abajo: la roca cae casi en vertical hasta el río, y el Moldava se abre ancho, verde, con las barcas como juguetes. A la derecha, río abajo, la ciudad entera se despliega hasta el castillo de Praga, que desde aquí parece pequeño, lejano, casi modesto.
Justo debajo, colgando sobre el acantilado, quedan los restos de una construcción gótica: muros rotos, un arco, una ventana vacía. La llaman el Baño de Libuše. En realidad fue probablemente una torre de vigilancia o un bastión de la muralla medieval, pero el nombre viene de una leyenda mucho más oscura y deliciosa.
Se cuenta que la princesa Libuše bajaba aquí a bañarse con sus amantes, y que cuando se cansaba de alguno, la trampilla se abría y el desdichado caía directo al río. No hay ni una sola prueba de semejante cosa, por supuesto. Pero los praguenses del siglo XIX, que adoraban a Libuše como madre de la patria, también disfrutaban contando a escondidas su versión más peligrosa.
Piensa en lo que ha visto esta roca. Príncipes y reyes románicos, el asedio husita de 1420, soldados barrocos en sus bastiones, poetas románticos que subían a buscar inspiración, y después generaciones de praguenses paseando a sus hijos los domingos. Smetana compuso un poema sinfónico entero dedicado a Vyšehrad, y lo puso al principio de su ciclo Mi patria, antes incluso del Moldava. Empieza con dos arpas que suenan como un bardo antiguo contando una historia.
Y aquí termina el paseo, en el sitio donde, según la leyenda, empezó Praga. Subiste desde el río de los almadieros, pasaste por casas cubistas que parecían de cristal, por puertas barrocas y una rotonda de mil años, por túneles con santos de piedra, por las tumbas de quienes le dieron voz a este país. Quédate un momento mirando la ciudad, como dicen que hizo Libuše. Y si escuchas bien, entre el viento y el río, quizá oigas las dos arpas de Smetana.