Milán secreto: el Cuadrilátero de la Moda, villas escondidas y el Liberty de Porta Venezia

Detrás de los escaparates de Via Montenapoleone: casas-museo del Renacimiento soñado, una villa de 1935 con piscina, flamencos rosas en un jardín privado y las fachadas Liberty más atrevidas de Milán

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  1. 1. Palazzo Serbelloni y Corso Venezia

    Corso Venezia 16, 20121 Milano MI, Italy

    Ponte frente a la larga fachada neoclásica, con sus columnas y su friso de figuras en relieve, y deja que el tráfico de Corso Venezia pase a tu espalda. Es el Palazzo Serbelloni, y aunque hoy parece solo un edificio elegante más, por esta puerta entró media historia de Milán.

    Esta calle no siempre se llamó así. Durante siglos fue el Corso di Porta Orientale, la salida hacia el este, y en Los novios de Alessandro Manzoni es justo por esa puerta por donde el joven Renzo entra en un Milán hambriento y revuelto. El nombre de Venecia llegó después de la unificación de Italia, como un gesto hacia la ciudad que todavía estaba bajo los austriacos. A lo largo del siglo XVIII y del XIX las grandes familias levantaron aquí sus palacios, porque este era el paseo donde había que dejarse ver.

    Los Serbelloni eran de las más poderosas. A mediados del siglo XVIII contrataron como preceptor de sus hijos a un joven sacerdote llamado Giuseppe Parini, que años después se vengaría con elegancia: en su poema satírico El día se burló sin piedad de los aristócratas ociosos que conocía tan bien. La fachada que ves, obra del arquitecto Simone Cantoni, se terminó a finales de ese siglo, y en 1796 el palacio alojó a un huésped muy incómodo y muy famoso... el joven general Napoleón Bonaparte, recién llegado a Milán.

    Desde hace décadas el palacio es la sede del Circolo della Stampa, el club de los periodistas milaneses, así que sus salones siguen llenos de conversaciones, aunque ahora sean sobre titulares. Y unos pasos más hacia San Babila, en el número 10, se esconde una joya que casi nadie mira: la Casa Fontana Silvestri, una de las pocas casas del siglo XV que sobreviven en Milán, con restos de su decoración pintada.

    Antes de seguir, fíjate en la mezcla de esta calle: tranvías, palacios, bancos y portales gigantescos que dejan ver patios silenciosos. Ese contraste será el hilo de todo el paseo. Ahora cruza y entra por Via Montenapoleone, la calle más cara de la ciudad, y camina hacia el oeste, sin prisa, mirando escaparates y fachadas.

  2. 2. Via Montenapoleone, Cova y Marchesi

    Via Monte Napoleone 8, 20121 Milano MI, Italy

    Camina despacio entre los escaparates iluminados, los porteros con traje oscuro y los coches que esperan en doble fila, y quédate un momento delante de la pastelería Cova. Estás en el corazón del Cuadrilátero de la Moda, el rectángulo que forman Via Montenapoleone, Via Manzoni, Via della Spiga y Corso Venezia.

    Lo curioso es el nombre. Monte Napoleone no tiene nada que ver con una montaña. A principios del siglo XIX, en la época napoleónica, aquí tenía su sede una oficina que gestionaba la deuda pública, el Monte Napoleone, y la calle se quedó con su nombre. Y si te fijas en su trazado ligeramente curvo, estás siguiendo una línea mucho más antigua: la calle corre sobre el recorrido de las murallas de la Milán romana.

    Cova nació en 1817, fundada por Antonio Cova, un antiguo soldado de las campañas napoleónicas, y durante más de un siglo estuvo junto al Teatro alla Scala. Allí se reunían los patriotas del Risorgimento, y Ernest Hemingway la menciona en Adiós a las armas, cuando su protagonista pasa por Cova en el Milán de la Primera Guerra Mundial. Se trasladó a esta calle en 1950. Un poco más allá, la pastelería Marchesi, fundada en 1824 en Corso Magenta, abrió aquí un salón propio. Dos siglos de panettone en cien metros.

    Ahora el secreto: este lujo es reciente. Hasta mediados del siglo XX Via Montenapoleone era una calle de palacios nobles, anticuarios y sastres, tranquila y algo austera. La moda llegó sobre todo en los años setenta y ochenta, cuando los diseñadores milaneses convirtieron el barrio en un escaparate mundial. Hoy es una de las calles comerciales más caras del planeta, pero detrás de cada portal sigue habiendo un patio del siglo XVIII.

    Así que no te quedes solo en los cristales: asómate a los portales abiertos y verás columnas, fuentes y jardines escondidos. Ahora gira a la izquierda por Via Gesù, una callejuela estrecha que se aleja del ruido. A los pocos pasos encontrarás una casa que parece del Renacimiento... y que guarda un engaño magnífico.

  3. 3. Museo Bagatti Valsecchi

    Via Gesù 5, 20121 Milano MI, Italy

    Atraviesa el portal de Via Gesù y entra en el patio: arcos, piedra gris, ventanas con escudos, todo con aire de palacio lombardo del siglo XV. Pues bien... casi nada de lo que ves es tan antiguo como parece.

    Esta es la casa de los hermanos Fausto y Giuseppe Bagatti Valsecchi, dos barones milaneses que en las últimas décadas del siglo XIX decidieron algo extravagante: reconstruir su residencia familiar como si fuera la casa de un noble del Renacimiento, y vivir dentro de ella. No un museo, sino un hogar. Compraron chimeneas, techos de madera, tapices, armaduras, muebles y pinturas de los siglos XV y XVI, y lo que no encontraban lo mandaban copiar a artesanos de la ciudad.

    Pero no estaban dispuestos a renunciar al confort moderno. Así que escondieron la modernidad dentro del sueño antiguo: la calefacción y el agua corriente existían, pero disimuladas detrás de paneles y muebles de aire renacentista. Se dice que la bañera de uno de los baños está metida en un nicho decorado como una capilla. Es un engaño hecho con cariño, una casa de época que funcionaba como una vivienda del siglo XIX.

    Y entre tanta imitación hay obras auténticas de primer nivel. La más famosa es una Santa Justina de Padua atribuida a Giovanni Bellini, una figura serena y alta que parece mirar desde otro mundo. La familia vivió aquí hasta el siglo XX, y la casa abrió como museo en 1994, conservando la disposición original de las salas, con los objetos donde los hermanos los colocaron. Por eso la visita parece más una intrusión en la vida de alguien que un recorrido por vitrinas.

    Fíjate también en que el palacio tiene dos entradas, una por Via Gesù y otra por Via Santo Spirito, porque en realidad une dos edificios, uno para cada hermano. Ahora sal de nuevo a la calle y busca Via Sant'Andrea, la paralela hacia el este. Allí te espera otro palacio, este sí del siglo XVIII, con una historia de condesas y de ciudad perdida.

  4. 4. Palazzo Morando

    Via Sant'Andrea 6, 20121 Milano MI, Italy

    Detente ante el portal del número 6 de Via Sant'Andrea, una fachada sobria, casi tímida entre las tiendas de lujo, y mira el patio que se abre detrás. Es el Palazzo Morando, y es uno de esos lugares que los milaneses recomiendan en voz baja.

    El palacio es del siglo XVIII y pasó por varias familias nobles hasta llegar a la última propietaria, la condesa Lydia Caprara Morando Attendolo Bolognini. A mediados del siglo XX la condesa dejó en herencia el edificio y sus colecciones a la ciudad de Milán. Gracias a ese gesto, en el primer piso se conservan sus salones privados casi intactos: sedas en las paredes, espejos, porcelanas y retratos, como si la dueña acabara de salir.

    Pero lo mejor está en las otras salas. Aquí se guarda una colección de pinturas, grabados y vistas de la ciudad desde el siglo XVII hasta el XIX, y en ellas aparece una Milán que ya no existe. Verás canales navegables donde hoy pasan coches, barcas cargadas junto a las iglesias, las murallas españolas con sus paseos arbolados y plazas que luego fueron derribadas. El Naviglio interior, que rodeaba el centro muy cerca de aquí, fue cubierto en los años treinta del siglo XX, y en estos cuadros todavía brilla.

    Y como estás en el barrio de la moda, el palacio también lo celebra: es la sede de Costume Moda Immagine, con exposiciones temporales de vestidos, fotografía y diseño. Es casi un manifiesto: en una calle donde todo es la colección de la temporada, este edificio te recuerda que la elegancia milanesa tiene siglos de historia.

    Un consejo de amigo: entra aunque sea solo al patio, que a menudo se puede atravesar, y escucha cómo desaparece el ruido de la calle a los pocos pasos. Luego vuelve a Via Sant'Andrea y camina hacia el norte, hasta el cruce con Via della Spiga, la calle peatonal más bonita del Cuadrilátero.

  5. 5. Via della Spiga

    Via della Spiga, 20121 Milano MI, Italy

    Baja la vista antes de mirar los escaparates: bajo tus pies corren dos franjas lisas de granito, como unas vías de tren, entre adoquines pequeños. Estás en Via della Spiga, y ese pavimento es uno de los detalles más milaneses que vas a ver hoy.

    Esas franjas tenían una función muy práctica. Durante siglos, Milán pavimentó sus calles con cantos de río redondeados, incómodos para las ruedas, y añadió estas losas lisas para que los carruajes rodaran sin sacudidas. Era la autopista de las calesas. Hoy en Via della Spiga ya no pasan coches, porque es peatonal, y esas vías de piedra solo las recorren los paseantes con bolsas de papel grueso.

    Aquí está el verdadero secreto del Cuadrilátero: lo que parece un centro comercial al aire libre es un barrio de casas nobles con patios interiores, jardines y escaleras monumentales. Las grandes casas de moda ocupan las plantas bajas, pero arriba muchas familias siguen viviendo en pisos antiguos. Si un portal está abierto, mira dentro con discreción: Milán es una ciudad que esconde su belleza detrás de puertas cerradas, y lo hace a propósito.

    Y a solo una manzana hacia el norte, en Via Senato, hay un edificio que casi ningún comprador conoce. Es el antiguo Collegio Elvetico, fundado por san Carlos Borromeo para formar sacerdotes destinados a las tierras suizas. El arquitecto Francesco Maria Richini le dio en el siglo XVII una fachada cóncava, curvada hacia dentro como un abrazo, una de las primeras de su tipo en Milán. Con Napoleón se convirtió en sede del Senado, de ahí el nombre de la calle, y hoy guarda el Archivo de Estado. Por esa misma calle corría antes el Naviglio, el canal que rodeaba el centro.

    Piensa en ello mientras caminas: hace cien años, a pocos metros de este escaparate pasaban barcas cargadas de mercancías. Ahora sigue Via della Spiga hacia el este hasta Corso Venezia, crúzalo y entra por Via Serbelloni. Vamos a buscar una villa de los años treinta que esconde una piscina, un jardín y un pequeño escándalo de estilo.

  6. 6. Villa Necchi Campiglio

    Via Wolfgang Amadeus Mozart 14, 20122 Milano MI, Italy

    Asómate a la verja de Via Mozart: entre los árboles aparece una villa clara y geométrica, rodeada de césped, con una pista de tenis y, sí, una piscina. Estás a diez minutos del Duomo, y parece que hubieras entrado en una película de los años treinta.

    La Villa Necchi Campiglio la proyectó el arquitecto milanés Piero Portaluppi entre 1932 y 1935 para una familia de industriales de Pavía, los Necchi, conocidos por sus máquinas de coser. Aquí vivieron dos hermanas, Gigina y Nedda Necchi, y el marido de Nedda, Angelo Campiglio. Portaluppi les dio todo lo que la modernidad podía ofrecer: mármoles, maderas preciosas, timbres para llamar al servicio desde cada habitación, y una piscina climatizada que, según se cuenta, fue de las primeras piscinas privadas de la ciudad.

    Pero el gusto de la alta sociedad cambia rápido. Después de la Segunda Guerra Mundial, la familia llamó a otro arquitecto, Tommaso Buzzi, para suavizar aquella modernidad con salones de aire más clásico, casi dieciochesco. El resultado es una casa con dos almas: el rigor geométrico de Portaluppi en las puertas, las rejas y los baños, y la elegancia tradicional de Buzzi en los muebles y las cortinas.

    Las hermanas vivieron aquí durante décadas, sin herederos directos. Cuando murió Gigina en 2001, la villa pasó al FAI, el Fondo para el Ambiente Italiano, que la restauró y la abrió al público en 2008. Al año siguiente, en 2009, el director Luca Guadagnino la eligió para su película Io sono l'amore, con Tilda Swinton, y la villa se convirtió en un icono del cine.

    Fíjate en lo silencioso que es este rincón: Via Mozart, Via Serbelloni y Via dei Cappuccini forman una pequeña isla de villas y jardines casi invisible desde las calles grandes. Y en esa isla vive una colonia de huéspedes muy inesperados. Sigue por Via Mozart hasta Via dei Cappuccini y gira a la izquierda. Pon los ojos en la verja de la derecha... y busca algo rosa.

  7. 7. Los flamencos de Villa Invernizzi

    Via dei Cappuccini 7, 20122 Milano MI, Italy

    Acércate a la verja de Via dei Cappuccini y mira entre los barrotes, hacia el césped y el pequeño estanque. Si tienes suerte, ahí están: flamencos rosas, de pie sobre una pata, como si esto fuera una laguna del Mediterráneo y no una calle a pocos minutos del Duomo.

    Es una de las imágenes más surrealistas de Milán, y muchos milaneses no saben que existe. El jardín pertenece a Villa Invernizzi, la residencia de la familia de industriales del queso que hizo famoso su nombre en las neveras de toda Italia. Según la historia que se cuenta en el barrio, fue Romeo Invernizzi quien en los años setenta trajo los primeros flamencos, por pura pasión por las aves exóticas.

    Desde entonces la colonia ha seguido viviendo aquí, cuidada por la familia, en un jardín que nunca se abre al público. Por eso la única forma de verlos es exactamente la que estás usando ahora: la nariz entre los barrotes. Se dice que han sobrevivido inviernos con nieve, y que en algún momento compartieron el jardín con otras aves ornamentales... pero la estrella siempre ha sido el rosa.

    Y mientras estás aquí, date la vuelta y mira el edificio de enfrente, el Palazzo Berri-Meregalli, en la esquina con Via Barozzi. Lo construyó el arquitecto Giulio Ulisse Arata en los años diez del siglo pasado, y es un festival de estilos: piedra rústica, arcos casi medievales, mosaicos, hierro forjado y detalles Liberty, todo a la vez. Si el portal está abierto, mira el vestíbulo: está decorado como la cripta de un cuento.

    Este pequeño barrio entre Corso Venezia y Via Palestro es el lugar perfecto para entender el Milán de los ricos discretos: villas tras los muros, jardines invisibles, animales exóticos y ninguna necesidad de enseñarlo. Ahora sigue por Via dei Cappuccini hasta Via Palestro y gira a la izquierda. Al otro lado del muro de los jardines aparecerá una villa neoclásica donde vivieron virreyes, mariscales... y una gran colección de arte.

  8. 8. Villa Reale y Galleria d'Arte Moderna

    Via Palestro 16, 20121 Milano MI, Italy

    Ponte ante la fachada blanca de la Villa Reale, con su columnata y sus estatuas en lo alto, y luego rodéala con la mirada: detrás se abre un jardín inglés con un pequeño lago. Es uno de los edificios neoclásicos más bellos de Milán, y su historia es un desfile de poderosos.

    La construyó el arquitecto Leopoldo Pollack entre 1790 y 1796 para el conde Lodovico Barbiano di Belgiojoso. El conde apenas pudo disfrutarla: en 1796 llegaron los franceses, y la villa acabó en manos del nuevo poder. Napoleón y Josefina pasaron por aquí, y después la habitó Eugenio de Beauharnais, el hijastro del emperador y virrey del Reino de Italia. Por eso los milaneses la llaman también Villa Belgiojoso Bonaparte.

    Luego volvieron los austriacos, y la villa se convirtió en residencia del mariscal Josef Radetzky, el militar que reprimió las revueltas de 1848 y gobernó Lombardía con mano dura. Murió aquí, en esta casa, en enero de 1858, con más de noventa años. Un año después, Lombardía dejaba de ser austriaca. Desde 1921 la villa es la Galería de Arte Moderno de Milán, con pintura del siglo XIX, del neoclasicismo de Canova al divisionismo, y obras de impresionistas en la colección Grassi.

    Un detalle curioso: el jardín de la villa tiene una regla muy especial. Solo pueden entrar los adultos que acompañan a niños pequeños. Los demás se quedan fuera, mirando el lago por la verja, como tú ahora con los flamencos. Y justo al lado está el PAC, el pabellón de arte contemporáneo. La noche del 27 de julio de 1993 un coche bomba de la mafia explotó en Via Palestro y mató a cinco personas: tres bomberos, un agente de policía municipal y un hombre que dormía en un banco.

    Tómate un momento por ellos antes de seguir. Ahora vuelve hacia Corso Venezia por Via Palestro y gira a la derecha, por la acera de los palacios. En el número 47 te espera una fachada que en 1903 escandalizó a la ciudad entera.

  9. 9. Palazzo Castiglioni

    Corso Venezia 47, 20121 Milano MI, Italy

    Detente en la acera de enfrente para verlo entero: un palacio de piedra rugosa en la base, ventanas que se curvan como si el edificio respirara, y hierro forjado retorcido en forma de ramas y hojas. Es el Palazzo Castiglioni, y en Milán es el gran manifiesto del Liberty, el modernismo italiano.

    Lo construyó el arquitecto Giuseppe Sommaruga entre 1901 y 1904 para el ingeniero Ermenegildo Castiglioni. Imagínate el efecto: en una calle de palacios neoclásicos, todos simétricos, serenos y blancos, aparece de golpe este edificio que parece crecer desde la tierra, con piedra sin pulir abajo y formas vegetales arriba. Los herrajes son obra de Alessandro Mazzucotelli, el gran maestro del hierro forjado, capaz de hacer que una reja parezca una enredadera.

    Pero el verdadero escándalo estaba en la entrada. A los lados del portal, el escultor Ernesto Bazzaro colocó dos grandes figuras femeninas desnudas, vistas sobre todo... de espaldas. La buena sociedad milanesa se indignó, y la ironía popular bautizó el edificio como la Ca' di ciapp, que en dialecto milanés viene a ser la casa de las nalgas. Las estatuas fueron retiradas poco después y trasladadas a otra obra de Sommaruga, la Villa Faccanoni, en la zona de Via Buonarroti, donde todavía se pueden ver.

    Aun sin ellas, el palacio sigue siendo impresionante. Fíjate en la gran puerta de hierro y en la escalera que se intuye dentro, y piensa que todo esto se hizo con la ambición de crear un estilo moderno, propio, que no copiara ni a Grecia ni al Renacimiento. Hoy el edificio es la sede de la asociación de comerciantes de Milán, lo cual tiene su gracia en una ciudad que vive del buen gusto y de los negocios.

    Este es el comienzo de la parte Liberty del paseo: a partir de aquí, hacia Porta Venezia, las fachadas se llenan de flores, cerámicas y hierros. Ahora sigue Corso Venezia hacia el norte, por la acera del parque, hasta la cúpula que asoma entre los árboles.

  10. 10. Giardini Indro Montanelli y Planetario

    Corso Venezia 57, 20121 Milano MI, Italy

    Entra un poco en el parque y busca el edificio rojizo con la cúpula, entre los plátanos: es el Planetario Ulrico Hoepli. A tu alrededor tienes los Giardini Indro Montanelli, el primer gran jardín de Milán pensado desde el principio para el público y no para un príncipe.

    Los diseñó Giuseppe Piermarini, el mismo arquitecto del Teatro alla Scala, en los años ochenta del siglo XVIII, cuando Milán era austriaca y las ideas de la Ilustración pedían paseos abiertos a todos los ciudadanos. Más tarde el parque se amplió con estilo inglés, con colinas artificiales, un estanque y senderos curvos. Al fondo verás también el gran edificio del Museo de Historia Natural, con sus dinosaurios y dioramas, uno de los preferidos de los niños milaneses.

    El Planetario lo regaló a la ciudad Ulrico Hoepli, un editor nacido en Suiza que hizo fortuna en Milán con sus famosos manuales. Se inauguró en 1930, y su arquitecto fue... Piero Portaluppi, el mismo de la Villa Necchi que viste hace un rato. Bajo su cúpula, el cielo artificial lleva casi un siglo enseñando estrellas a generaciones de escolares en una ciudad donde, con tanta luz y tanta niebla, cuesta mucho verlas de verdad.

    El nombre del parque recuerda a Indro Montanelli, uno de los periodistas más célebres de Italia. El 2 de junio de 1977, en plenos años de plomo, un comando de las Brigadas Rojas le disparó en las piernas muy cerca de aquí, cuando caminaba hacia su redacción. Sobrevivió y siguió escribiendo durante más de veinte años. Murió en 2001, y al año siguiente los jardines tomaron su nombre. Dentro hay una estatua que lo muestra sentado, con la máquina de escribir sobre las rodillas.

    Si tienes tiempo, siéntate un momento en un banco: aquí los milaneses corren, leen el periódico y pasean perros con abrigo. Después sal por el lado de Porta Venezia, cruza la plaza hacia Piazza Oberdan y entra en Via Malpighi. La última parada es una fachada que parece un cuadro de cerámica.

  11. 11. Casa Galimberti

    Via Marcello Malpighi 3, 20129 Milano MI, Italy

    Levanta la vista hacia la fachada del número 3 de Via Malpighi: está cubierta de azulejos pintados con figuras humanas, hombres y mujeres a tamaño casi natural, entre flores, ramas y balcones de hierro que se enroscan como tallos. Es la Casa Galimberti, y has llegado al corazón del Liberty de Porta Venezia.

    La proyectó el arquitecto Giovanni Battista Bossi entre 1903 y 1905 para los hermanos Galimberti, y no es un palacio para nobles, sino un edificio de viviendas para la nueva burguesía. Esa es la gran novedad del Liberty: el arte entraba en la casa de alquiler, en la fachada que veía cualquiera que pasara por la calle. La cerámica, además, no era solo decoración: resistía el humo y la humedad de una ciudad industrial mucho mejor que el estuco pintado.

    Pasea unos metros más por la calle y, en el número 12, verás la Casa Guazzoni, también de Bossi y de pocos años después, con balcones de hierro que parecen encaje y figuras de niños entre guirnaldas. Entre estas calles, en los primeros años del siglo XX, Milán probó a ser moderna sin dejar de ser bonita.

    Y un último secreto, bajo tus pies. Bajo Piazza Oberdan, a la entrada de esta calle, existe el Albergo Diurno Venezia, unos baños públicos subterráneos de los años veinte, con barbería, duchas y salas de espera para viajeros, cerrados durante décadas. Su arquitecto fue, otra vez, Piero Portaluppi. El FAI lo está recuperando y a veces lo abre para visitas especiales.

    Y así termina el paseo: empezaste en el Milán de los palacios neoclásicos y de las tiendas de lujo, atravesaste casas-museo que fingen ser renacentistas, villas con piscina y flamencos tras una verja, y acabas frente a una fachada que se atrevió a pintarse de colores. Ese es el Milán secreto: no se enseña, hay que buscarlo detrás de un portal. La estación de metro de Porta Venezia está a dos pasos, y Corso Buenos Aires empieza justo ahí, por si todavía te quedan ganas de caminar.