Ámsterdam judía: de los sefardíes y Spinoza a la memoria de la Plantage
Del palacio de los Pinto a la Sinagoga Portuguesa, de la casa de Rembrandt a la huelga de febrero de 1941 y al Monumento con los Nombres: cuatro siglos del barrio judío de Ámsterdam
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1. Huis De Pinto, el palacio de un sefardí
Sint Antoniesbreestraat 69, 1011 HB Amsterdam, Netherlands
Busca en la calle ancha una fachada clara y señorial, con pilastras y una balaustrada en lo alto, que destaca entre las casas de ladrillo como un invitado vestido de gala. Es la Huis De Pinto, y con ella empieza el barrio que los amsterdameses llamaron durante siglos la Jodenbuurt, el barrio judío.
La casa la compró en 1651 Isaac de Pinto, miembro de una familia sefardí que había huido de Portugal. Los De Pinto eran descendientes de judíos de la península ibérica, obligados a convertirse al cristianismo y perseguidos después por la Inquisición. Muchos de ellos llegaron a Ámsterdam a finales del siglo XVI y principios del XVII, atraídos por una ciudad donde, sin ser iguales, podían vivir abiertamente como judíos. Hablaban portugués en casa y usaban el español como lengua de cultura, de la poesía y de los libros religiosos. La familia hizo fortuna en el comercio y reformó la casa a la italiana en la década de 1680, con techos pintados que todavía se conservan.
Los judíos de Ámsterdam le dieron a la ciudad un apodo que aún usa todo el mundo: Mokum. Viene de la palabra hebrea makom, que significa lugar, y en el yidis de los judíos alemanes y polacos quería decir algo así como la ciudad, el sitio. Hoy la usan los amsterdameses sin saber de dónde viene, y la oirás en canciones de fútbol.
Esta casa estuvo a punto de desaparecer. En los años setenta, el ayuntamiento planeaba abrir aquí una gran avenida de cuatro carriles, y la casa estaba en el camino. Vecinos, ocupas y defensores del patrimonio la salvaron, y en 1975 se convirtió en biblioteca pública. Recuérdalo durante este paseo: gran parte del barrio judío que vas a recorrer no la destruyó solo la guerra, sino también las excavadoras de la posguerra.
Ahora camina hacia el este, cruza el canal y entra en la antigua isla de Uilenburg. Busca en la Nieuwe Uilenburgerstraat, en el número 91, un edificio de ladrillo de aire clásico. Es una sinagoga que sobrevivió a casi todo.
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2. Uilenburg, la isla de los diamantes
Nieuwe Uilenburgerstraat 91, 1011 LM Amsterdam, Netherlands
Ahora estás en una isla, aunque no lo parezca: Uilenburg, un trozo de tierra rodeado de canales, ganado al agua a finales del siglo XVI para los astilleros. El edificio del número 91 es la sinagoga de Uilenburg, inaugurada en 1766, una de las pocas que quedan en pie de las muchas que tuvo este barrio.
Si la Huis De Pinto era el barrio de los sefardíes ricos, Uilenburg era el de los pobres. Aquí vivían sobre todo judíos asquenazíes, llegados de Alemania y de Polonia a partir del siglo XVII, que hablaban yidis y vivían apiñados en casas estrechas y húmedas. Vendedores ambulantes, traperos, pequeños artesanos. A principios del siglo XX, Uilenburg tenía fama de ser uno de los barrios más miserables de la ciudad, y en las primeras décadas del siglo XX se derribó gran parte de sus viviendas.
Pero en esta isla brillaba algo: los diamantes. A finales del siglo XIX, Ámsterdam era uno de los grandes centros mundiales de talla de diamantes, y el oficio estaba en buena parte en manos judías. El enorme edificio de ladrillo que verás al salir, junto al canal, era la fábrica de diamantes Boas, de 1879, una de las mayores de su tiempo, con cientos de talladores trabajando en largas mesas iluminadas por ventanales. Hoy sigue siendo un taller de diamantes.
Y de aquí salió una revolución laboral. En 1894 los talladores fundaron un sindicato, el ANDB, dirigido por un judío socialista llamado Henri Polak. Fue uno de los sindicatos más modernos de Europa: consiguió en 1911 la jornada de ocho horas, mucho antes que la mayoría de los trabajadores del continente, y organizó bibliotecas, cursos y vacaciones pagadas para sus afiliados. Su sede, un edificio de ladrillo de Berlage, sigue en pie en la Plantage, el barrio al que llegarás al final del paseo.
En 1943, casi todos los vecinos judíos de Uilenburg habían sido deportados. Desde entonces, la sinagoga sirvió de almacén y de taller, hasta que se restauró a finales del siglo XX. Ahora baja por la Nieuwe Uilenburgerstraat hacia el sur, deja atrás la antigua fábrica de diamantes y gira a la derecha. En la esquina con el canal te espera una casa de contraventanas rojas.
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3. Casa de Rembrandt
Jodenbreestraat 4, 1011 NK Amsterdam, Netherlands
Delante de ti tienes una casa alta de ladrillo con contraventanas rojas, en la esquina de la Jodenbreestraat, la calle ancha de los judíos. Aquí vivió Rembrandt durante casi veinte años, y aquí lo perdió todo.
Rembrandt compró la casa en 1639, en la cumbre de su fama, por trece mil florines, una suma enorme que nunca terminó de pagar. La calle se llamaba entonces Sint Antoniesbreestraat, y sus vecinos eran comerciantes, artistas y muchas familias judías, sefardíes sobre todo. El pintor buscaba en estas calles rostros para sus escenas bíblicas, y durante mucho tiempo se ha contado que algunos de sus vecinos posaron para él, aunque es difícil saber quién.
Uno de sus vecinos del barrio era un personaje fascinante: el rabino Menasseh ben Israel, nacido en una familia de conversos portugueses, impresor, escritor y diplomático. En 1655 publicó en Ámsterdam un libro místico escrito en español, Piedra gloriosa, y Rembrandt hizo cuatro grabados para ilustrarlo. Ese mismo año, Menasseh viajó a Londres para pedir a Oliver Cromwell que permitiera a los judíos volver a Inglaterra, de donde habían sido expulsados en 1290. Un libro en español, ilustrado por Rembrandt, escrito por un rabino portugués en Ámsterdam... así era este barrio.
Pero Rembrandt gastaba más de lo que ganaba, sobre todo en su colección: pinturas, esculturas, conchas, armas, objetos de medio mundo. En 1656 se declaró insolvente, y los acreedores hicieron un inventario de todo lo que había en la casa, habitación por habitación. En 1658 tuvo que marcharse a una casa alquilada en el Jordaan. Gracias a aquel humillante inventario, hoy el museo ha podido amueblar las salas casi exactamente como estaban.
Ahora sigue hacia el sur a lo largo del canal Zwanenburgwal, junto al gran edificio moderno del ayuntamiento. Cerca de un puente verás la estatua de bronce de un hombre con una larga capa. Nació a unos pasos de aquí.
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4. Estatua de Spinoza en el Zwanenburgwal
Zwanenburgwal, bij Amstel 1, 1011 PN Amsterdam, Netherlands
Fíjate en el hombre de bronce que se alza junto al canal: delgado, con el pelo largo, envuelto en una capa amplia que parece moverse con el viento. Es Baruch Spinoza, uno de los filósofos más importantes de la historia, y la estatua, del escultor Nicolas Dings, se colocó aquí en 2008. Su capa está decorada con pájaros y flores, como si el mundo entero cupiera en ella.
Spinoza nació en Ámsterdam en 1632, a pocos metros de aquí, en la isla de Vlooienburg, donde hoy se levantan el ayuntamiento y la ópera. Su familia era sefardí, de conversos portugueses que habían vuelto al judaísmo al llegar a esta ciudad. En casa se hablaba portugués; en la escuela de la comunidad estudió hebreo, y en su biblioteca había libros en español, la lengua de la cultura para los sefardíes. El joven Baruch, que en la sinagoga se llamaba también Bento, era brillante y preguntón... demasiado preguntón.
En julio de 1656, con veintitrés años, la comunidad judía portuguesa de Ámsterdam lo expulsó con un herem, una excomunión de una dureza poco común, escrita en portugués. Nunca se ha sabido con certeza qué dijo exactamente, pero sus ideas ya eran escandalosas: que Dios y la naturaleza son la misma cosa, que la Biblia es un libro escrito por hombres, que el alma no es inmortal tal como se enseñaba. Nadie de la comunidad podía hablarle, ni escribirle, ni acercarse a menos de cuatro codos.
Spinoza no se rindió ni se convirtió al cristianismo. Se ganó la vida puliendo lentes para telescopios y microscopios, y escribió en latín una obra que cambió el pensamiento europeo. Murió en La Haya en 1677, con solo cuarenta y cuatro años, y su gran libro, la Ética, se publicó después de su muerte. En el pedestal de la estatua hay una frase suya, en neerlandés: el fin del Estado es la libertad. Un hijo de refugiados, expulsado de su comunidad, convertido en símbolo de la ciudad que lo vio nacer.
Ahora rodea el edificio del ayuntamiento hacia el este, hacia la plaza donde se monta cada día un mercado de pulgas. Esa plaza se levanta sobre la isla donde nació Spinoza.
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5. Waterlooplein y el mercado
Waterlooplein, 1011 PG Amsterdam, Netherlands
A tu alrededor, si es día de mercado, verás puestos con ropa usada, bicicletas, discos, lámparas y cachivaches de todas las épocas. Es el mercado de Waterlooplein, y lleva más de un siglo ocupando esta plaza.
Aquí, donde pisas, había agua. La plaza se creó a finales del siglo XIX rellenando dos canales que rodeaban la isla de Vlooienburg, el corazón del barrio judío desde el siglo XVII. Se le puso el nombre de la batalla de Waterloo, y enseguida se llenó de vendedores. Antes de la guerra, el mercado era casi enteramente judío: comerciantes que pregonaban sus mercancías en una mezcla de neerlandés y yidis, regateos, chistes, clientes de toda la ciudad. Muchas palabras del habla popular de Ámsterdam vienen de estos puestos.
Durante la ocupación alemana, el barrio se convirtió en una trampa. En 1941 se colocaron carteles que señalaban la zona como barrio judío, y a partir de 1942 empezaron las redadas y las deportaciones. Al final de la guerra, el mercado había perdido a casi todos sus vendedores. En el invierno del hambre de 1944 y 1945, los vecinos desesperados arrancaron la madera de las casas vacías de los deportados para hacer fuego, y muchas se derrumbaron.
Después vinieron las grandes obras. En los años setenta y ochenta se derribaron manzanas enteras para el metro y para el edificio que tienes al lado, que reúne el ayuntamiento y la ópera. Los amsterdameses protestaron con un eslogan, Stop de Opera, y el edificio se quedó con el apodo para siempre: la Stopera, inaugurada en 1986. La iglesia de la cúpula que asoma al otro lado de la plaza, la Mozes en Aäronkerk, ocupa el lugar de una iglesia católica clandestina escondida en dos casas, llamadas Moisés y Aarón.
Mientras paseas entre los puestos, recuerda que casi nada de lo que ves existía en 1940... y que el barrio entero está hecho de ausencias. Ahora sal de la plaza hacia el sureste, cruza con cuidado la avenida de los tranvías y busca un conjunto de edificios de ladrillo con frontones clásicos. Son cuatro sinagogas unidas.
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6. Museo Judío y el Dokwerker
Nieuwe Amstelstraat 1, 1011 PL Amsterdam, Netherlands
Frente a ti se alinean varios edificios de ladrillo con frontones y grandes ventanas: parecen almacenes elegantes, pero son cuatro sinagogas asquenazíes unidas, construidas entre 1671 y 1752. Desde 1987 albergan el Museo Judío.
La mayor, la Gran Sinagoga, se inauguró en 1671, cuatro años antes que la de los portugueses que verás en un momento, justo al otro lado de la plaza. Las dos comunidades, asquenazíes y sefardíes, vivieron siglos frente a frente, con lenguas, costumbres y hasta cocinas distintas. Los sefardíes solían ser más ricos y más integrados; los asquenazíes, muchos más y más pobres. Durante la guerra las sinagogas fueron saqueadas, y después de 1945 se quedaron vacías, porque ya no había a quién reunir en ellas.
Ahora date la vuelta y mira en la plaza la figura de bronce de un hombre corpulento, en ropa de trabajo, de pie y desafiante. Es el Dokwerker, el estibador, obra del escultor Mari Andriessen, inaugurada en 1952. Recuerda algo que ocurrió aquí. El 22 y el 23 de febrero de 1941, los ocupantes alemanes rodearon esta plaza y las calles cercanas y detuvieron a unos cuatrocientos veinticinco hombres judíos jóvenes. Los enviaron a los campos de Buchenwald y Mauthausen. Casi ninguno volvió.
La respuesta de Ámsterdam fue única en la Europa ocupada. El 25 de febrero de 1941, convocados por el ilegal Partido Comunista, los trabajadores del tranvía, del puerto y de las fábricas se declararon en huelga. La ciudad se paralizó durante dos días, en la primera gran protesta pública contra la persecución de los judíos en un país ocupado por los nazis. La represión fue durísima, y la huelga no salvó vidas... pero dijo algo que no se ha olvidado.
Cada 25 de febrero, miles de personas se reúnen alrededor de esta estatua. La plaza lleva el nombre de Jonas Daniël Meijer, el primer abogado judío de los Países Bajos. Ahora cruza la plaza hacia el edificio de ladrillo más grande, con ventanales altísimos. Es la casa de los sefardíes.
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7. Sinagoga Portuguesa, la Esnoga
Mr. Visserplein 3, 1011 RD Amsterdam, Netherlands
Mira el edificio que se alza detrás del muro: un enorme bloque de ladrillo con ventanales altísimos, sereno y solemne, que en su tiempo fue una de las mayores sinagogas del mundo. Los sefardíes la llamaban la Esnoga, una palabra que quien habla español reconocerá enseguida.
Se inauguró el 2 de agosto de 1675, obra del arquitecto Elias Bouman, y la pagaron los descendientes de los judíos expulsados de España en 1492 y de los obligados a convertirse en Portugal pocos años después. Muchos habían vivido durante generaciones como cristianos nuevos, practicando su fe en secreto y temiendo a la Inquisición. Al llegar a Ámsterdam volvieron abiertamente al judaísmo, y esta sinagoga fue su declaración pública: estamos aquí, y nos quedamos. Sus libros de actas se escribían en portugués, y en sus bancos se leían biblias y oraciones traducidas al español.
Si entras, sentirás que el tiempo se detuvo. No hay electricidad: el interior se ilumina con cientos de velas en grandes lámparas de latón, y en las celebraciones se encienden todas. El suelo está cubierto de arena fina, que absorbe la humedad, el polvo y el ruido de los pasos. Y en el mismo conjunto de edificios está la biblioteca Ets Haim, fundada en 1616, considerada la biblioteca judía más antigua del mundo que sigue en funcionamiento.
Durante la ocupación, el edificio sobrevivió intacto, algo casi milagroso en un barrio arrasado. La biblioteca, en cambio, fue saqueada y enviada a Alemania, y solo se recuperó después de la guerra. La comunidad que la había fundado no tuvo tanta suerte: la gran mayoría de los judíos sefardíes de Ámsterdam fue asesinada. Hoy la Esnoga sigue siendo una sinagoga viva, con su congregación, y a la vez forma parte del barrio cultural judío junto al museo que acabas de ver.
Piensa que, entre estos muros, durante tres siglos y medio, se ha rezado por familias con apellidos como Pinto, Curiel, Mendes o Spinoza... nombres de Lisboa, de Sevilla, de Toledo. Ahora cruza el puente sobre el canal Nieuwe Herengracht, hacia el barrio de la Plantage. Busca a tu izquierda, junto al agua, un pequeño parque con árboles y una verja de hierro.
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8. Wertheimpark y el monumento Nunca más Auschwitz
Plantage Parklaan, 1018 ST Amsterdam, Netherlands
Entra en el parque y camina despacio hasta que veas, en el suelo, una superficie de cristales rotos que refleja el cielo y las ramas de los árboles. No es un descuido ni una obra a medio terminar. Es uno de los monumentos más estremecedores de Ámsterdam.
Primero, el parque. Lleva el nombre de Abraham Carel Wertheim, un banquero judío del siglo XIX, senador y filántropo, que dedicó buena parte de su fortuna a causas sociales y culturales de toda la ciudad, sin distinción de religión. Estamos en la Plantage, un barrio que en el siglo XVII era una zona de jardines y huertos de recreo a las afueras, y que en el XIX se llenó de casas burguesas, muchas de familias judías que habían prosperado y salido de las calles estrechas del viejo barrio.
El monumento se llama Nooit meer Auschwitz, Nunca más Auschwitz, y lo creó el escritor y artista Jan Wolkers. Se instaló aquí en 1993. Son grandes paneles de espejo, rotos a propósito, colocados en el suelo. La idea de Wolkers era sencilla y terrible: después de Auschwitz, el cielo ya nunca puede reflejarse entero. Bajo los espejos hay una urna con cenizas de víctimas del campo.
Inclínate un poco y mira tu propio reflejo entre las grietas. Es parte de la obra: quien la contempla queda dentro de ella, fragmentado. Cada año, a finales de enero, cerca del aniversario de la liberación de Auschwitz, supervivientes, familias, escolares y autoridades se reúnen aquí para recordar. De los alrededor de ciento cuarenta mil judíos que vivían en los Países Bajos en 1940, más de cien mil fueron asesinados, la gran mayoría en Auschwitz y en Sobibor. Proporcionalmente, una de las cifras más altas de Europa occidental.
Esa pregunta, cómo pudo ocurrir aquí y quién se atrevió a resistir, es la del museo que te espera a continuación. Sal del parque por el otro lado y sigue la Plantage Parklaan hacia el este, junto a casas elegantes del siglo XIX, hasta la Plantage Kerklaan. En la esquina verás un edificio clásico con columnas.
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9. Museo de la Resistencia
Plantage Kerklaan 61, 1018 CX Amsterdam, Netherlands
Ante ti, en la esquina, un edificio de fachada clásica con columnas y un frontón, que parece un pequeño templo griego. Se llama Plancius, y se construyó en 1876 para una sociedad coral judía con un nombre muy holandés: Oefening Baart Kunst, la práctica hace al artista.
Aquel coro reunía a la burguesía judía de la Plantage, que en el siglo XIX había ganado derechos, dinero y confianza. Hoy el edificio alberga el Museo de la Resistencia, instalado aquí desde 1999, y su elección no es casual: en este barrio, la guerra entró por todas las puertas. El museo no cuenta una historia de héroes y villanos fáciles. Cuenta la vida cotidiana bajo la ocupación, de 1940 a 1945, y las decisiones que cada persona tuvo que tomar: adaptarse, colaborar, mirar hacia otro lado... o resistir.
La mayoría de los neerlandeses, como en casi toda Europa, se adaptó. Una minoría resistió, y de muchas formas: imprimiendo periódicos clandestinos, falsificando documentos, escondiendo a personas perseguidas. En el país llegaron a esconderse cientos de miles de personas, entre ellas unos veinticinco mil judíos; aproximadamente dos de cada tres sobrevivieron. Esconder a alguien en tu casa durante años, con cartillas de racionamiento falsas y vecinos que podían delatarte, era un acto de valor diario.
Una de las acciones más audaces ocurrió el 27 de marzo de 1943. Un grupo de resistentes, vestidos con uniformes de policía, entró en el registro civil de Ámsterdam y le prendió fuego, para destruir las fichas que permitían comprobar si un documento de identidad era falso. Entre ellos estaba Willem Arondeus, artista y escritor abiertamente homosexual. Fue detenido y fusilado ese mismo año, y antes de morir pidió que se dijera que los homosexuales no eran cobardes.
El incendio solo destruyó una parte de los archivos, pero mostró que la máquina de la ocupación podía ser saboteada. Ahora cruza la calle: justo enfrente está la entrada del zoológico más antiguo del país. Camina junto a su verja hacia la Plantage Middenlaan.
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10. Artis, el zoo de la Plantage
Plantage Kerklaan 38-40, 1018 CZ Amsterdam, Netherlands
Tras la verja que acompaña tu paseo se adivinan árboles enormes, edificios del siglo XIX y, si tienes suerte, los gritos de algún ave exótica o el olor inconfundible de un establo. Es Artis, el zoológico más antiguo de los Países Bajos.
Se fundó en 1838 con un nombre en latín que lo dice todo: Natura Artis Magistra, la naturaleza es maestra del arte. No nació como un simple zoo, sino como una sociedad científica y burguesa, con biblioteca, museo, acuario y salones donde se daban conciertos y fiestas. Ser socio de Artis era un signo de distinción en Ámsterdam, y muchas familias judías de la Plantage estaban entre sus miembros más fieles.
Por eso duele lo que pasó después. En 1941, las autoridades de ocupación prohibieron a los judíos la entrada en parques, piscinas, cines, mercados... y en Artis. En la puerta apareció un cartel que decía, en neerlandés, prohibido para judíos. Los niños que habían crecido viendo a los leones de este zoo ya no podían entrar, aunque su casa estuviera a cien metros. Era una forma de exclusión lenta, pieza a pieza, que preparaba lo que vendría después.
Pero tras esta misma verja ocurrió también lo contrario. Según testimonios recogidos después de la guerra, algunas personas perseguidas, judíos y jóvenes que huían del trabajo forzado en Alemania, encontraron escondite dentro del zoo, en desvanes y rincones a los que los visitantes no llegaban. No se sabe con precisión cuántos fueron. Imagina pasar la noche entre los ruidos de los animales, sabiendo que a unos pasos, en la avenida, patrullaban los alemanes.
Hoy Artis es un lugar alegre, lleno de familias y escolares, y conserva joyas como su acuario de 1882 y su antigua biblioteca. Pero en la Plantage todo tiene dos capas. Ahora sigue la Plantage Middenlaan hacia el oeste, la avenida arbolada que acabas de alcanzar. A tu izquierda aparecerá la fachada de un antiguo teatro, con un patio abierto detrás.
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11. Hollandsche Schouwburg y Museo Nacional del Holocausto
Plantage Middenlaan 24, 1018 DE Amsterdam, Netherlands
Frente a ti tienes la fachada de un teatro del siglo XIX, pero detrás de ella ya no hay butacas ni escenario: solo un patio abierto, un muro con nombres y una columna de piedra. Es la Hollandsche Schouwburg, y aquí la palabra teatro adquirió el significado más amargo.
El teatro se inauguró en 1892 y fue durante décadas un lugar de operetas y comedias. En 1941 los ocupantes lo convirtieron en el único teatro donde podían actuar y asistir judíos. Y en el verano de 1942 se transformó en el lugar de reunión para las deportaciones. Familias enteras, detenidas en sus casas, eran encerradas aquí durante días, en condiciones terribles, antes de ser llevadas al campo de Westerbork y de allí a Auschwitz y Sobibor. Unas cuarenta y seis mil personas pasaron por este edificio. En el muro de la memoria están grabados los apellidos de las familias judías deportadas de los Países Bajos.
Ahora date la vuelta y mira al otro lado de la avenida. Allí había una guardería, dirigida por Henriëtte Pimentel, de familia sefardí, donde se llevaba a los niños separados de sus padres. Al lado, una escuela de maestros protestante, dirigida por Johan van Hulst. Y en el teatro trabajaba Walter Süskind, un judío alemán al que los ocupantes habían puesto a gestionar la administración del lugar.
Los tres organizaron una red de rescate. Süskind manipulaba las listas para que algunos niños desaparecieran de los registros. Desde la guardería, los pequeños se pasaban por el jardín a la escuela de al lado, y de allí salían escondidos en bolsas o cestas, a menudo en el momento en que pasaba un tranvía que tapaba la vista a los guardias. Así se salvaron unos seiscientos niños, quizá más. Pimentel fue asesinada en Auschwitz en 1943; Süskind murió en 1945. Van Hulst vivió hasta 2018 y siempre dijo que lo que le pesaba eran los niños que no pudo salvar.
En esos edificios abrió en marzo de 2024 el Museo Nacional del Holocausto de los Países Bajos. Ahora sigue la Plantage Middenlaan hacia el oeste, pasando junto a las verjas del Hortus Botanicus, el jardín botánico fundado en 1638. Al llegar a la Weesperstraat, busca unos muros de ladrillo y acero que brillan como espejos.
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12. Monumento Nacional del Holocausto con los Nombres
Weesperstraat, 1018 DN Amsterdam, Netherlands
Entra entre los muros de ladrillo y camina despacio por los pasillos estrechos. Cada ladrillo que tienes a la altura de los ojos lleva grabado un nombre, una fecha de nacimiento y una edad. Detente en uno, cualquiera, y léelo en voz baja.
Es el Monumento Nacional del Holocausto con los Nombres, inaugurado en septiembre de 2021 y diseñado por el arquitecto Daniel Libeskind. Tiene más de ciento dos mil ladrillos: uno por cada judío, romaní o sinti de los Países Bajos asesinado durante la persecución nazi. Durante décadas no hubo en este país un lugar donde estuvieran todos los nombres juntos. La iniciativa partió del Comité Auschwitz neerlandés, y hubo que vencer años de trámites y protestas de vecinos antes de construirlo.
Desde el suelo no se aprecia, pero los muros forman cuatro letras hebreas que, vistas desde arriba, forman la palabra lezéjer, en memoria de. Las paredes superiores son de acero pulido, como espejos, y reflejan el cielo y a quienes caminan dentro. Encontrarás ladrillos de bebés de pocos meses junto a los de ancianos de noventa años. Y apellidos que ya conoces de este paseo, de familias sefardíes que llegaron desde la península ibérica hace cuatro siglos.
Piensa en todo lo que has visto hoy. La casa de un mercader sefardí, la isla de los talladores de diamantes, el taller de Rembrandt rodeado de vecinos judíos, la estatua de un filósofo expulsado y convertido en orgullo de su ciudad. La Esnoga con sus velas, la plaza de la huelga, el teatro de las deportaciones, la guardería de los niños rescatados. Cuatro siglos de vida judía en Ámsterdam, la ciudad que los sefardíes llamaban la Jerusalén de Occidente, y la catástrofe que la arrancó en menos de cuatro años.
Este monumento no explica nada. Simplemente devuelve a cada persona lo único que se intentó borrar: su nombre. Aquí termina el paseo. Si quieres, antes de irte, busca un ladrillo con un apellido que te resulte familiar... y quédate un momento con él.