Lisboa verde: del acueducto de las Amoreiras a los jardines de Estrela
Agua, árboles y colinas: el Aqueduto das Águas Livres, el Jardim Botânico, la Praça das Flores, la Basílica da Estrela y el rincón de Lisboa donde Pessoa soñó con el campo
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1. Jardim das Amoreiras y los arcos del Aqueduto das Águas Livres
Praça das Amoreiras, 1250-020 Lisboa, Portugal
Ponte bajo los arcos de piedra que pasan junto al jardín y sigue su línea con la mirada: es un puente, sí, pero no para personas, sino para el agua. Por encima de tu cabeza corrió durante casi dos siglos el agua que bebía Lisboa. Estás en el tramo final de una de las grandes obras de ingeniería del siglo XVIII europeo, el Aqueduto das Águas Livres.
Fíjate qué paradoja: una ciudad asomada a un río inmenso y, sin embargo, sedienta. El Tajo, a esta altura, ya sabe a mar, y las viejas fuentes no daban abasto. Así que en 1731 el rey João V, rico gracias al oro de Brasil, mandó traer agua desde los manantiales de la zona de Caneças, al noroeste. La obra se pagó en buena parte con un impuesto sobre la carne, el vino y el aceite, el llamado real de água... es decir, la pagaron los lisboetas cada vez que se sentaban a comer. En 1748 el agua llegó por fin a este barrio.
El canal principal mide unos dieciocho kilómetros, y con todos sus ramales la red supera los cincuenta. El tramo más espectacular queda lejos de aquí, en el valle de Alcântara: treinta y cinco arcos, el más alto de unos sesenta y cinco metros. Y aguantó. El 1 de noviembre de 1755, cuando el terremoto y el maremoto destrozaron buena parte de Lisboa, el acueducto siguió en pie.
También tiene su leyenda negra. En la década de 1830, un criado nacido en Galicia, Diogo Alves, fue acusado de asaltar a los caminantes que usaban el paseo de lo alto del acueducto y de arrojarlos al vacío. Cuánto hay de verdad y cuánto de folletín nadie lo sabe ya. Lo que sí es cierto es que fue ahorcado en 1841 y que su cabeza se conserva todavía en un frasco, en la Facultad de Medicina de Lisboa.
¿Y el nombre del jardín? Amoreiras significa moreras. En 1759 el Marqués de Pombal ordenó plantarlas aquí para alimentar a los gusanos de la Real Fábrica de las Sedas, que tenía sus talleres en esta misma plaza. La seda se fue, pero quedó un rincón verde y silencioso bajo los arcos. Ahora camina hasta la esquina de la plaza, donde el acueducto muere en un edificio de piedra con aire de fortaleza.
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2. Mãe d'Água das Amoreiras
Praça das Amoreiras 10, 1250-020 Lisboa, Portugal
Tienes delante un bloque de piedra macizo, casi sin ventanas, que parece más un castillo que un depósito de agua. Es la Mãe d'Água das Amoreiras, la madre del agua: aquí terminaba el acueducto y desde aquí el agua se repartía por toda Lisboa.
El proyecto lo firmó en 1746 Carlos Mardel, un arquitecto de origen húngaro que trabajó durante años en el acueducto. Pero el edificio tardó una eternidad. Se acabó en 1834, casi noventa años después. Entre medias pasó de todo: el terremoto de 1755, la reconstrucción de la Baixa, en la que el propio Mardel tuvo un papel enorme, guerras, invasiones francesas y una guerra civil. Muy lisboeta, por cierto: hacerlo bien, aunque sea despacio.
Si alguna vez entras, prepárate. Dentro hay un enorme tanque de piedra, de unos siete metros y medio de profundidad, con capacidad para unos cinco mil quinientos metros cúbicos de agua. El agua no entraba por un simple caño, sino cayendo por una cascada de piedra, y el sonido rebota en las bóvedas como en una catedral. Hoy forma parte del Museu da Água y se usa para exposiciones y conciertos, y desde la terraza del tejado se ven los tejados de media ciudad.
Este edificio era poder. Desde aquí salían galerías subterráneas que llevaban el agua por debajo de las calles hasta las fuentes públicas de los barrios. Una de ellas, la galería del Loreto, corre bajo el Rato, por donde vas a pasar ahora, y sigue hacia el Príncipe Real. Quien controlaba el agua controlaba la salud y la vida diaria de la ciudad, y por eso los reyes pusieron sus nombres y sus escudos en piedra.
Así que, durante el próximo tramo, piensa que debajo de tus pies, en la oscuridad, sigue habiendo túneles por los que corrió el agua de Caneças. Baja ahora por la Rua das Amoreiras hacia el Largo do Rato, una plaza llena de tráfico donde ese agua salía por fin a la luz, en una fuente de piedra.
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3. Chafariz do Rato
Largo do Rato, 1250-185 Lisboa, Portugal
En medio del ajetreo del Largo do Rato, entre autobuses, taxis y semáforos, busca la vieja fuente de piedra, el Chafariz do Rato. Hoy casi nadie se fija en ella, pero hace dos siglos y medio esta era una de las esquinas más concurridas del barrio: aquí venía la gente a por agua.
La fuente se levantó a mediados del siglo XVIII, en cuanto el agua del acueducto empezó a llegar desde la Mãe d'Água, a pocos pasos de aquí. Era el final del viaje: kilómetros de canales, arcos y galerías para acabar en un caño de piedra en una plaza. Lisboa llegó a tener decenas de chafarizes como este repartidos por sus colinas.
Pero el agua no subía sola a los pisos. La subían los aguadeiros, los aguadores, con barriles al hombro. Y aquí viene el detalle que te va a gustar: muchísimos de ellos eran gallegos. Tantos, que en el portugués de Lisboa la palabra galego llegó a usarse para cualquier mozo de carga. Estaban organizados por fuentes, con turnos y números, y tenían una obligación curiosa: cuando había un incendio debían acudir corriendo con sus barriles llenos. Fueron, en cierto modo, los primeros bomberos de la ciudad.
El agua también trajo industria. El Rato fue en el siglo XVIII un pequeño barrio fabril: aquí funcionaba la Real Fábrica de Loza del Rato, fundada en 1767, cuyas piezas de cerámica se buscan hoy en los museos y en las subastas, y muy cerca trabajaba la fábrica de sedas que alimentaban las moreras de las Amoreiras. Sin agua abundante no había tintes, ni barro, ni vapor. Con la llegada del agua corriente a las casas, a finales del siglo XIX, los aguadores fueron desapareciendo, y con ellos la vida que había alrededor de cada fuente.
Ahora toma la Rua da Escola Politécnica, una cuesta suave que sigue la cresta de la colina. En unos minutos verás a tu izquierda el gran edificio de la antigua Escuela Politécnica. Detrás de él se esconde uno de los jardines más asombrosos de Lisboa.
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4. Jardim Botânico de Lisboa
Rua da Escola Politécnica 54-58, 1250-102 Lisboa, Portugal
Atraviesa la entrada junto al antiguo edificio de la Escola Politécnica y deja que el ruido de la calle se apague detrás de ti. Delante se abre una ladera verde que baja en terrazas hacia el valle de la Avenida da Liberdade, un bosque improbable en pleno centro de Lisboa.
Este solar ha tenido muchas vidas. Fue noviciado de los jesuitas, y cuando Pombal los expulsó, en 1761 se convirtió en el Colegio de los Nobles, donde se educaban los hijos de la aristocracia. En el siglo XIX llegó la Escuela Politécnica, y con ella la idea de un jardín para enseñar botánica. Las plantaciones empezaron en 1873, de la mano de dos jardineros extranjeros, el alemán Edmond Goeze y el francés Jules Daveau. Son unas cuatro hectáreas.
Y aquí ocurre algo casi mágico. Gracias al clima suave de Lisboa, con inviernos sin apenas heladas, crecen al aire libre plantas de todos los continentes: palmeras, higueras gigantes, árboles de Australia y de Sudamérica. Busca las cícadas, unas plantas que parecen palmeras pequeñas y que ya existían en tiempos de los dinosaurios; la colección es de las más importantes de Europa. Y busca también los dragos, esos árboles de copa en paraguas que conocerás si has estado en Canarias.
El jardín ha sobrevivido a mucho. El 18 de marzo de 1978 un incendio destruyó buena parte del edificio de la Facultad de Ciencias, con laboratorios y colecciones de un siglo. Luego vinieron años de abandono. En 2010 el jardín fue declarado monumento nacional, y hoy pertenece al museo de historia natural y de la ciencia de la Universidad de Lisboa.
Mi consejo: baja hasta la avenida de palmeras de la parte inferior y quédate un minuto callado. Oirás pájaros, y a lo lejos, muy amortiguado, el tráfico de la avenida. Después vuelve a la Rua da Escola Politécnica y baja hacia el sur por las calles empinadas del barrio, unos quinientos metros cuesta abajo, hasta la Praça das Flores; cuida las rodillas. Si te sobra tiempo, el Jardim do Príncipe Real queda a dos pasos y merece un desvío corto para ver su enorme cedro, cuyas ramas se extienden sobre una estructura de hierro como un techo verde.
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5. Praça das Flores
Praça das Flores, 1200-192 Lisboa, Portugal
Has bajado a una de las plazas más tranquilas de Lisboa: un rectángulo de árboles altos, bancos, casas de fachadas suaves y un pequeño jardín en el centro. Aquí no hay monumentos, y precisamente por eso merece la pena pararse: esto es la Lisboa de barrio, la que vive cuando los visitantes no miran.
Se llama plaza de las Flores, pero fíjate en una cosa: en Lisboa las flores más espectaculares no están en los parterres, están en lo alto. Cada año, entre finales de mayo y junio, la ciudad se tiñe de violeta con la floración de los jacarandás. Son árboles originarios de Sudamérica, de la zona de Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil, que llegaron aquí en el siglo XIX y se adaptaron como si hubieran nacido en el Tajo. Cuando florecen, las aceras se cubren de una alfombra morada.
Lisboa es, de hecho, una especie de jardín de aclimatación del antiguo imperio. Su clima atlántico, con inviernos templados, permite que convivan en la misma calle palmeras de África, araucarias del Pacífico, dragos de la Macaronesia y árboles de Brasil. Lo que en Madrid o en París necesita un invernadero, aquí crece en una plaza.
Mira también la forma del terreno. Estás en un pliegue entre dos colinas: a tu espalda queda la de la Escola Politécnica y el Príncipe Real, delante, la de Estrela. Lisboa presume de siete colinas, como Roma, aunque si las cuentas con honestidad salen bastantes más. Esa topografía explica muchas cosas: por qué hay escaleras en vez de calles, por qué hubo que traer el agua desde tan lejos, y por qué los jardines se asoman siempre a algún mirador.
Siéntate un momento si puedes. Verás a vecinos con sus perros, niños, alguien que vuelve de la compra con el pan. Esta calma es un pequeño lujo en una ciudad cada vez más visitada. Después sigue hacia el sur, solo unos pasos, y verás asomar una enorme fachada blanca con escalinata: el Parlamento portugués.
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6. Palácio de São Bento
Praça da Assembleia da República, 1249-068 Lisboa, Portugal
Delante de ti, al final de una escalinata ancha, se levanta una fachada neoclásica blanca, con columnas y frontón, que podría estar en cualquier capital europea. Es el Palácio de São Bento, sede de la Asamblea de la República, el Parlamento de Portugal. Pero bajo ese traje solemne late un edificio mucho más antiguo y mucho más silencioso.
Aquí hubo un monasterio benedictino, São Bento da Saúde, fundado en 1598, el primero de esa orden en Lisboa. Los monjes tenían detrás su cerca, con huertos, frutales y jardines que bajaban por la ladera. Parte de ese verde sigue ahí, escondido tras los muros, alrededor de la residencia oficial del primer ministro.
En 1834, tras la victoria liberal en la guerra civil, Portugal suprimió las órdenes religiosas, y los monjes salieron. El monasterio se convirtió en sede de las Cortes. Un incendio en 1895 destruyó la sala de los diputados, y el arquitecto Ventura Terra la reconstruyó; la fachada que ves es de esas reformas. Durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar, aquí se reunía una Asamblea Nacional sin oposición real. Se cuenta que el propio Salazar, que vivía en la residencia de detrás, tenía allí un pequeño huerto y gallinas, como un hombre de pueblo en el corazón del poder.
Y entonces llegó el 25 de abril de 1974, la Revolución de los Claveles. Justo un año después, el 25 de abril de 1975, los portugueses votaron en libertad para elegir una Asamblea Constituyente, con una participación de más del noventa por ciento. La nueva Constitución se aprobó en este edificio el 2 de abril de 1976.
Monjes, liberales, dictadores y demócratas, y siempre un jardín detrás de la fachada. Ahora ponte en marcha hacia el oeste y sube por la Calçada da Estrela. Es una cuesta seria, de las que se notan, así que tómatela con calma. Al final te espera una gran cúpula blanca que se ve desde media ciudad.
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7. Basílica da Estrela
Praça da Estrela, 1200-667 Lisboa, Portugal
Levanta la vista hacia la gran cúpula blanca que corona la colina, flanqueada por dos torres gemelas y una fachada de mármol llena de estatuas. Después de la subida te la has ganado. Es la Basílica da Estrela, y detrás de tanta piedra hay una historia de amor maternal, de promesas y de mala suerte.
La reina María I de Portugal había hecho un voto: si Dios le daba un hijo varón, un heredero, levantaría una iglesia. El niño, José, nació en 1761. Cuando ella subió al trono, en 1777, cumplió la promesa, y las obras empezaron en 1779. La basílica se terminó en 1790 y fue la primera iglesia del mundo dedicada al Sagrado Corazón de Jesús.
Pero el destino fue cruel. El príncipe José murió de viruela en 1788, con veintisiete años, sin ver terminada la iglesia levantada en su honor. La reina, golpeada por esa y otras pérdidas, fue hundiéndose en una enfermedad mental que la apartó del gobierno. Murió en 1816 en Río de Janeiro, adonde la corte había huido de las tropas de Napoleón. Sus restos volvieron después a Lisboa y descansan dentro de esta basílica, en un sepulcro de mármol.
Dentro hay un tesoro que mucha gente se pierde: un belén monumental del escultor Joaquim Machado de Castro, con más de quinientas figuras de corcho y terracota. Pastores, ángeles, reyes, animales... un mundo entero en miniatura. Y si subes a las terrazas del tejado, caminarás alrededor de la cúpula con Lisboa y el Tajo a tus pies.
Fíjate también en el nombre: Estrela, estrella. La colina entera, el barrio y el jardín de enfrente han tomado el nombre de esta iglesia. Y el jardín es justo lo que necesitas ahora. Cruza la calle con cuidado, porque pasan los tranvías, y entra por la verja que tienes delante.
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8. Jardim da Estrela
Praça da Estrela, 1200-667 Lisboa, Portugal
Entra por la puerta principal, frente a la basílica, y déjate llevar por los senderos curvos entre árboles enormes, césped, patos y bancos a la sombra. Bienvenido al Jardim da Estrela, el gran jardín romántico de Lisboa y uno de los preferidos de los lisboetas para pasar un domingo.
Se inauguró en 1852, en plena moda de los jardines a la inglesa: nada de geometrías francesas, sino caminos que serpentean, rincones que se descubren de repente y un estanque con aire de lago. Ocupa unas cuatro hectáreas y media. Su nombre oficial es Jardim Guerra Junqueiro, en honor de un poeta, aunque nadie lo llama así: para todo el mundo es, simplemente, la Estrela.
Busca el quiosco de música de hierro forjado, el coreto. Es de finales del siglo XIX y no nació aquí: estuvo primero en el antiguo Paseo Público, la zona de la actual Avenida da Liberdade, y en la década de 1930 lo trasladaron a este jardín. Imagina las bandas militares tocando los domingos, las señoras con sombrilla, los niños con aro... La banda sonora de la Lisboa de hace cien años.
Fíjate en los árboles, porque cuentan la historia del país. Hay palmeras, araucarias y especies traídas de América, de África y de Asia, que los botánicos del siglo XIX plantaron casi como un catálogo vivo del mundo que Portugal había recorrido. Algunos ejemplares tienen ya más de un siglo y troncos que no abrazarían tres personas juntas. Y en el estanque, si te acercas, los patos y las carpas te recibirán como si llevaras pan... aunque mejor no se lo des.
Este jardín es la prueba de que en Lisboa la naturaleza no está en las afueras, sino en el centro de la vida diaria: abuelos, corredores, estudiantes, familias. Cuando quieras, sal por el lado oeste del jardín, hacia la Rua de São Jorge. Busca un muro alto por encima del cual asoman cipreses oscuros: detrás se esconde uno de los lugares más insólitos de la ciudad.
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9. Cemitério dos Ingleses
Rua de São Jorge 6, 1200-410 Lisboa, Portugal
Detrás de este muro alto, en la Rua de São Jorge, asoman las copas oscuras de los cipreses. Es el Cemitério dos Ingleses, el cementerio británico de Lisboa, junto a la iglesia anglicana de San Jorge. Si puedes entrar, verás más un jardín que un camposanto: lápidas cubiertas de musgo, senderos de grava, pájaros y un silencio que parece de otro siglo.
Durante mucho tiempo, en la Lisboa católica de la Inquisición, los protestantes no tenían dónde ser enterrados. Se cuenta que sus muertos acababan sepultados de noche en la playa o lanzados al río. Un tratado de 1654 entre Portugal y la Inglaterra de Cromwell reconoció a los ingleses el derecho a tener su propio cementerio, pero hizo falta más de medio siglo para que se hiciera realidad, ya a comienzos del siglo XVIII.
Y aquí descansa un gigante de la novela inglesa: Henry Fielding, el autor de Tom Jones, publicada en 1749. Llegó a Lisboa en el verano de 1754, muy enfermo, buscando el sol y el clima suave para curarse. Murió el 8 de octubre de ese mismo año, apenas dos meses después de llegar. Su diario del viaje se publicó después de su muerte, en 1755, y es un texto lleno de humor amargo.
El lugar exacto de su tumba se perdió con el tiempo. El monumento que lo recuerda se levantó mucho después, en 1830, gracias a la colonia británica. Junto a él descansan comerciantes de vino de Oporto, marinos, diplomáticos e incluso un autor de himnos muy conocido en su país, Philip Doddridge, que murió aquí en 1751. Bajo los cipreses, la historia del comercio entre Lisboa e Inglaterra se lee en las lápidas.
Es un recordatorio de que esta ciudad, puerto y encrucijada, siempre fue también de los extranjeros, aunque a veces los recibiera a regañadientes. Para la última parada camina hacia el noroeste, hacia el barrio de Campo de Ourique, con sus calles rectas y sus tranvías. En la Rua Coelho da Rocha te espera la casa de un poeta que inventó a otro poeta para hablar del campo.
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10. Casa Fernando Pessoa
Rua Coelho da Rocha 16, 1250-088 Lisboa, Portugal
Estás frente a un edificio sencillo de color claro en la Rua Coelho da Rocha, en el barrio de Campo de Ourique. Nada aquí es grandioso, y justamente por eso encaja: en esta casa vivió Fernando Pessoa los últimos quince años de su vida, de 1920 a 1935.
Pessoa, el gran poeta portugués del siglo XX, no fue un solo escritor, sino muchos. Inventó heterónimos, poetas con biografía, estilo y filosofía propios. Y uno de ellos es el perfecto final para un paseo como el tuyo: Alberto Caeiro, el maestro, un poeta del campo que solo creía en lo que veían sus ojos. Caeiro escribió O Guardador de Rebanhos, El guardador de rebaños, una serie de poemas sobre árboles, ríos, flores y el simple hecho de mirar.
Lo increíble es que Caeiro nació en esta ciudad de piedra y cuestas. Pessoa contó que en 1914, en un solo día de inspiración, escribió de pie más de treinta poemas de Caeiro seguidos, y lo llamó su día triunfal. Para Caeiro, pensar es estar enfermo de los ojos: lo importante es ver la flor, no explicarla. Justo lo que has hecho hoy con los cipreses, las palmeras, las cícadas y los dragos.
Pessoa vivió casi siempre en cuartos alquilados, con poco dinero, trabajando como traductor de cartas comerciales. En vida publicó poco en forma de libro, y murió en noviembre de 1935, con cuarenta y siete años. Después de su muerte apareció un baúl con miles de papeles, y la obra que contenía lo convirtió en una de las voces más importantes de la literatura europea. Desde 1993 la casa es un centro cultural y museo dedicado a él, con su biblioteca personal.
Aquí termina tu paseo verde por Lisboa. Has seguido el agua desde los arcos del acueducto hasta los depósitos escondidos, has recorrido un jardín botánico que reúne medio planeta y jardines nacidos de promesas y de imperios. Si te apetece, quédate en Campo de Ourique, un barrio de mercado y de vecinos, y mira los árboles como los miraría Caeiro: sin prisa, y sin pensar demasiado.