Ámsterdam secreta: la curva de oro, los hofjes del Jordaan y el canal de los cerveceros

De las mansiones de los mercaderes del Siglo de Oro a los patios escondidos del Jordaan: canales, ganchos en las fachadas, casas que se inclinan y una ciudad que se hizo rica en plena guerra contra Felipe II

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  1. 1. La curva de oro de la Herengracht

    Herengracht 450, 1017 CA Amsterdam, Netherlands

    Ponte en el puente donde la Leidsestraat cruza la Herengracht y mira a lo largo del canal, en dirección a la Vijzelstraat. Fíjate en lo que cambia: las casas dejan de ser estrechas, las fachadas son el doble de anchas, de piedra arenisca clara en lugar de ladrillo, con escalinatas, balaustradas y cornisas como de palacio. Los amsterdameses llaman a este tramo la Gouden Bocht, la curva de oro.

    La Herengracht, el canal de los señores, empezó a excavarse en 1613, pero esta curva llegó más tarde, con la ampliación de la década de 1660. Los solares eran grandes y carísimos, y los compraron los regentes y comerciantes más poderosos de la República. Suele contarse que los impuestos dependían del ancho de la fachada, y que por eso el resto de la ciudad es tan estrecho... Aquí, sencillamente, a nadie le importaba pagar.

    Y ahora viene la parte que nos toca de cerca. Buena parte de este dinero existe por una guerra contra España. En 1568 las provincias del norte se alzaron contra Felipe II, y en 1585 las tropas de Alejandro Farnesio tomaron Amberes, entonces el gran puerto de los Países Bajos. Los rebeldes bloquearon el estuario del Escalda, y miles de comerciantes, impresores y artesanos protestantes huyeron hacia el norte con sus ahorros y sus contactos. Ámsterdam heredó el papel de Amberes casi de un día para otro.

    No llegaron solos. Desde Portugal y España, huyendo de la Inquisición, fueron llegando familias sefardíes que durante generaciones habían tenido que fingirse cristianas. Aquí pudieron volver abiertamente a su fe, y durante mucho tiempo siguieron hablando portugués y castellano en sus casas y en la bolsa. De una de esas familias nació en Ámsterdam, en 1632, Baruch Spinoza, uno de los grandes filósofos de Europa.

    Lo mejor de la curva de oro, eso sí, no se ve desde la calle: detrás de cada casa se esconde un jardín largo y formal, con setos recortados, estatuas y a veces una cochera al fondo, que solo se adivina desde el aire. El número 502 sigue siendo hoy la residencia oficial del alcalde de Ámsterdam. Ahora vuelve por la Leidsestraat hasta el siguiente canal y gira a la derecha por la Keizersgracht, el canal del emperador.

  2. 2. Felix Meritis y el canal del emperador

    Keizersgracht 324, 1016 EZ Amsterdam, Netherlands

    Busca en la orilla de la Keizersgracht un edificio que no se parece a sus vecinos: nada de frontón escalonado ni de gancho en el tejado, sino columnas clásicas, un aire de templo griego y, en la fachada, dos palabras en latín: Felix Meritis. En una calle de comerciantes, alguien quiso levantar un monumento al saber.

    Felix Meritis significa algo así como feliz por el mérito. Era el lema de una sociedad fundada en 1777 por burgueses ilustrados que querían reunir bajo un mismo techo las ciencias y las artes. El edificio se inauguró en 1788 y lo tenía todo: una sala de conciertos, salas para dibujo y para experimentos de física, una biblioteca y, en el tejado, un observatorio para mirar las estrellas por encima de los canales.

    El siglo XX le dio la vuelta como a un calcetín. Después de la Segunda Guerra Mundial, el templo de la Ilustración burguesa se convirtió en la sede del Partido Comunista de los Países Bajos y de su diario, De Waarheid, que quiere decir La Verdad. Más tarde lo ocupó un teatro experimental, y la vanguardia de la ciudad ensayaba entre aquellas columnas hasta el amanecer. Hoy vuelve a ser lo que soñaron sus fundadores: un lugar de debate y de cultura.

    Ahora mira el canal en sí. Keizersgracht quiere decir canal del emperador, y el emperador es Maximiliano de Habsburgo, que en 1489 permitió a Ámsterdam poner su corona imperial en el escudo de la ciudad. La paradoja es deliciosa: Maximiliano era el bisabuelo de Felipe II. Los mismos mercaderes que pagaban la guerra contra el rey de España bautizaron su canal más ancho con el nombre de su antepasado... y nadie pensó en cambiarlo.

    La Herengracht, la Keizersgracht y la Prinsengracht forman un anillo trazado con regla y compás en el siglo XVII, y en 2010 la UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial. Lo que se protege no es un edificio, sino un plan: una ciudad entera pensada de golpe, con sus muelles, sus puentes y sus casas en fila. Ahora cruza el puente y entra en la callejuela que corta el canal: empiezan las nueve calles.

  3. 3. De 9 Straatjes: las nueve callejuelas

    Wolvenstraat, 1016 EM Amsterdam, Netherlands

    Camina despacio por esta callejuela que cruza los canales como el peldaño de una escalera: tiendas diminutas, bicicletas apoyadas en cada fachada y, si levantas la vista, piedras talladas empotradas en los muros, con animales, barcos y herramientas. Estás en las Negen Straatjes, las nueve callejuelas que unen la Herengracht, la Keizersgracht y la Prinsengracht.

    Fíjate en los nombres. Wolvenstraat, la calle de los lobos. Berenstraat, la de los osos. Reestraat, la de los corzos. Y luego Huidenstraat, la calle de las pieles, y Runstraat, que alude a la corteza de roble molida con la que se curtía el cuero. Según la explicación más extendida, en el siglo XVII por aquí trabajaban curtidores y peleteros, y las calles recuerdan los animales cuya piel acababa en sus talleres.

    Ahora busca esas piedras de fachada, las gevelstenen. Antes de que existieran los números en las puertas, las casas se reconocían por ellas. Una carta no iba al número treinta, sino a la casa del ciervo dorado o a la del barco de tres palos. Muchas contaban el oficio o el origen del dueño, y algunas eran juegos de palabras que solo entendían los vecinos... una especie de tarjeta de visita tallada en piedra.

    El nombre De 9 Straatjes es un invento comercial reciente, pero el tejido es el del Siglo de Oro: solares estrechos, casas altas y profundas, almacenes en el desván. Aquí viven negocios pequeños que no encontrarás en ninguna otra ciudad, tiendas de segunda mano, artesanos, librerías, y se nota en la escala: nada es más ancho que un escaparate. Es el barrio donde los amsterdameses vienen a pasear cuando quieren sentirse de su propia ciudad.

    Y un detalle que casi nadie aprovecha: como estas calles cortan los canales en perpendicular, en cada puente tienes dos vistas de agua, una a cada lado, con filas de fachadas que se pierden en la curva. Los fotógrafos de Ámsterdam lo saben bien. Ahora camina hasta la Herengracht y sigue su orilla hacia el norte, hacia la Raadhuisstraat: te espera una casa que se curva igual que el canal.

  4. 4. Huis Bartolotti: la casa que se dobla

    Herengracht 170-172, 1016 BP Amsterdam, Netherlands

    Detente frente a esta fachada de ladrillo rojo con franjas de piedra blanca, volutas, pequeños obeliscos y cabezas talladas, y luego mírala de lado. No es plana: sigue suavemente la curva del canal, como si el edificio se hubiera doblado para caber en su solar. Pocas casas en Ámsterdam se atreven a algo así.

    Se construyó hacia 1617 y se atribuye a Hendrick de Keyser, el gran arquitecto de la ciudad en aquellos años, el mismo de la torre que asoma a pocos pasos. Su primer dueño fue Willem van den Heuvel, un hombre de negocios muy rico. Pero el nombre que quedó es otro: Willem heredó la fortuna de un pariente italiano, Bartolotti, con una condición, adoptar su apellido. Y lo adoptó sin pestañear. Un holandés con apellido boloñés, en una casa holandesa con aire de palacio italiano.

    Fíjate en la fecha. La casa nace durante la Tregua de los Doce Años, de 1609 a 1621, la única pausa larga en la guerra contra España. Con las armas en silencio, el dinero corrió, el comercio con el Báltico y con las Indias creció, y Ámsterdam se lanzó a construir. Fue justo entonces cuando se excavaron los primeros tramos del anillo de canales. Cuando la guerra volvió en 1621, la ciudad ya era otra.

    Esas franjas de piedra clara sobre el ladrillo tienen un nombre muy poco solemne en neerlandés: speklagen, capas de tocino. Mira la fachada otra vez pensando en una loncha de panceta y ya no podrás dejar de verlo. Era la moda del Renacimiento holandés, alegre, recargada, casi presumida, muy distinta de la sobriedad clásica que llegaría unas décadas después a la curva de oro.

    Hoy la casa pertenece a la Vereniging Hendrick de Keyser, una asociación fundada en 1918 para comprar y restaurar casas históricas en todo el país, y que lleva, cómo no, el nombre de su arquitecto. Gracias a ella, muchas fachadas que verás en este paseo siguen en pie. Ahora cruza la Keizersgracht por la Raadhuisstraat hacia la gran torre: junto al agua, al pie de la iglesia, busca tres triángulos de granito rosa.

  5. 5. Homomonument y la Westerkerk

    Westermarkt, 1016 DK Amsterdam, Netherlands

    Baja hasta el borde del agua, delante de la Westerkerk, y busca en el suelo tres triángulos de granito rosa. Uno se hunde en el canal con unos escalones, otro está a ras de la plaza y el tercero se eleva un poco, como un pequeño podio. Juntos dibujan un triángulo enorme que casi nadie llega a ver completo.

    Es el Homomonument, inaugurado el 5 de septiembre de 1987 y diseñado por la artista Karin Daan. El triángulo rosa era la marca que los nazis cosían en el uniforme de los presos homosexuales en los campos de concentración. Miles de hombres lo llevaron, muchos no sobrevivieron, y durante décadas después de la guerra casi nadie quiso recordarlos. Este fue uno de los primeros monumentos del mundo dedicados a ellos.

    Cada punta mira hacia algún lugar, y no por casualidad. Una señala la casa de Ana Frank: el pasado. Otra, el Monumento Nacional de la plaza Dam: el presente. La tercera apunta hacia la sede del COC, una de las organizaciones de defensa de los derechos de gais y lesbianas más antiguas del mundo, fundada en 1946: el futuro.

    En el triángulo elevado hay grabado un verso del poeta Jacob Israël de Haan: Naar vriendschap zulk een mateloos verlangen, un deseo tan desmedido de amistad. De Haan fue un escritor judío y homosexual, incómodo para casi todos en su tiempo, que murió asesinado en Jerusalén en 1924. Que sus palabras estén aquí, frente a una iglesia protestante, dice mucho de esta ciudad. En los escalones casi siempre hay flores frescas.

    Ahora levanta la vista hacia la torre: unos 85 metros, la torre de iglesia más alta de Ámsterdam, rematada por la corona imperial de Maximiliano, la misma del escudo. La Westerkerk se levantó entre 1620 y 1631 con planos de Hendrick de Keyser, y dentro está enterrado Rembrandt, que murió pobre en 1669 en una tumba alquilada: nadie sabe hoy dónde está exactamente. Rodea la iglesia hacia la Prinsengracht y camina unos pasos hacia el norte, hasta el puente.

  6. 6. Prinsengracht 263: la casa de Ana Frank

    Prinsengracht 263-267, 1016 GV Amsterdam, Netherlands

    Quédate en el puente y mira la fila de casas de la Prinsengracht hacia la torre de la Westerkerk. Una de ellas, sencilla, con fachada de ladrillo oscuro y un almacén detrás, se parece a todas las demás. Precisamente por eso funcionó el escondite. Es la Prinsengracht 263.

    En julio de 1942, Otto Frank escondió aquí a su familia en el anexo trasero de su empresa, el Achterhuis. Ocho personas vivieron más de dos años en silencio, detrás de una estantería giratoria, ayudadas por empleados que se jugaban la vida para traerles comida y noticias. El 4 de agosto de 1944 la policía los descubrió y los detuvo; quién los delató sigue siendo un misterio. Ana murió en el campo de Bergen-Belsen a comienzos de 1945, con quince años. De los ocho, solo sobrevivió su padre.

    En su diario, Ana escribe sobre las campanas de la Westerkerk, que oía dar las horas desde su escondite. Para ella eran una compañía, una señal de que el mundo seguía ahí fuera, a pocos metros y a una distancia infinita. Esa misma torre sigue sonando hoy. Si coincide la hora mientras estás aquí, escucha.

    Otto Frank volvió a Ámsterdam y Miep Gies, una de las protectoras, le entregó los papeles de su hija, que había guardado sin leerlos. En 1947 se publicó el diario con el título Het Achterhuis, la casa de atrás, y desde entonces se ha traducido a más de setenta idiomas. La casa abrió como museo en 1960, en parte porque sus amigos lucharon para que no la derribaran.

    Lo que impresiona, al verla desde aquí, es lo poco que destaca: una casa de canal más, en una ciudad de casas de canal. Ana quería ser escritora, y lo fue, aunque nunca llegó a saberlo. Ahora cruza al otro lado de la Prinsengracht y entra en el Jordaan por la Bloemgracht: verás enseguida que es otro mundo.

  7. 7. Bloemgracht y las tres casas de los Hendricken

    Bloemgracht 87-91, 1016 KH Amsterdam, Netherlands

    Basta mirar alrededor para notar que el Jordaan es otro mundo: casas más bajas, barcos vivienda con macetas en cubierta, bicicletas en cada puente. En la orilla de la Bloemgracht, el canal de las flores, busca tres casas gemelas con frontones escalonados y una piedra tallada en cada fachada. Los vecinos las llaman De Drie Hendricken, los tres Enriques.

    Son de 1642, y cada piedra muestra un personaje: un campesino, un hombre de ciudad y un marinero. El campo, la ciudad y el mar, casi un resumen en piedra de lo que hacía funcionar la República. Antes de que existieran los números en las puertas, así se sabía quién vivía dónde.

    Del nombre del barrio hay varias versiones. La más bonita dice que Jordaan viene del francés jardin, por los huertos y por los refugiados franceses que se instalaron aquí. Los historiadores dudan, y hay quien prefiere el río Jordán. Lo seguro es que los canales y calles llevan nombres de flores y plantas: Rozengracht, rosas; Lauriergracht, laurel; Anjeliersstraat, claveles; Egelantiersgracht, rosal silvestre. Un jardín, al menos en el callejero.

    Pero no te dejes engañar por las flores. El Jordaan se levantó a partir de 1612 para quienes no cabían en el lujo de los canales: obreros, artesanos, inmigrantes, talleres ruidosos y malolientes. Sus calles no siguen la geometría del anillo; siguen las viejas zanjas de drenaje de los campos que había antes. Por eso el barrio está torcido respecto al resto, y por eso fue durante siglos un lugar pobre, húmedo y abarrotado.

    La Bloemgracht se ganó el apodo de la Herengracht del Jordaan, porque aquí vivían los artesanos más prósperos, y sus fachadas lo presumen. Hoy el antiguo barrio obrero es uno de los más codiciados de la ciudad, una ironía que los viejos del Jordaan comentan con un humor muy seco. Ahora toma una de las callejuelas transversales hacia el norte, hasta el siguiente canal, la Egelantiersgracht.

  8. 8. Egelantiersgracht y el Sint Andrieshofje

    Egelantiersgracht 107-145, 1015 RG Amsterdam, Netherlands

    Recorre con la mirada la Egelantiersgracht, un canal estrecho y tranquilo, con barcas amarradas y árboles que casi tocan el agua, y busca en la orilla una puerta discreta, de las que nadie mira dos veces. Si está abierta, asómate: detrás hay un pasillo con las paredes cubiertas de azulejos azules y blancos de Delft, y al fondo, luz y verde.

    Es el Sint Andrieshofje, fundado hacia 1615, el hofje más antiguo que se conserva en Ámsterdam después del Begijnhof. Un hofje es un patio rodeado de casitas para mujeres mayores sin recursos, pagado con el testamento de algún vecino rico. Era caridad, sí, pero también una inversión en el más allá... y en la memoria: el nombre del fundador quedaba grabado sobre la puerta.

    Aquí vive gente, así que la regla es sencilla: silencio, pasos suaves, nada de llamar a las ventanas. Las inquilinas de antaño tenían reglas mucho más estrictas: la puerta se cerraba por la noche, no se admitían visitas de hombres a ciertas horas y una buena conducta era condición para conservar la casa. El patio era a la vez refugio y pequeño convento laico.

    En el Siglo de Oro, Ámsterdam se presentaba como una ciudad que cuidaba de los suyos, y los hofjes eran parte de esa imagen. Pero también muestran lo frágil que era la vida de una mujer sola, una viuda o una anciana sin hijos, en una ciudad donde el trabajo lo era todo. Detrás de cada una de estas puertecitas hay siglos de vidas pequeñas que nadie escribió.

    Egelantier es el rosal silvestre, el escaramujo, y el canal le hace honor: es de los rincones más fotografiados del Jordaan, sobre todo al atardecer, cuando las fachadas se reflejan en el agua casi sin moverse. Ahora camina hacia el norte unas manzanas, cruzando la Westerstraat, hasta la Karthuizersstraat: allí se esconde un patio mucho más grande.

  9. 9. Karthuizerhofje: el patio de las viudas

    Karthuizersstraat 21-131, 1015 LM Amsterdam, Netherlands

    Empuja con cuidado la puerta de la Karthuizersstraat, si está abierta, y entrarás en un patio rectangular sorprendentemente grande, con césped, flores y, en el centro, dos viejas bombas de agua de hierro. Alrededor, una fila larguísima de casitas iguales, con sus puertas verdes y sus ventanas pequeñas.

    Es el Karthuizerhofje, construido en 1650 para viudas con hijos, y su diseño se atribuye al arquitecto municipal Daniël Stalpaert. A diferencia del patio que acabas de ver, este no fue la caridad privada de un rico, sino una obra de la ciudad. Por eso es tan grande: decenas de viviendas alrededor de un solo patio, una especie de vivienda social del siglo XVII.

    El nombre recuerda que aquí, fuera de las murallas medievales, hubo un monasterio de cartujos. Y aquí vuelve a aparecer España. Ámsterdam fue de las últimas ciudades de Holanda en abandonar a Felipe II: siguió siendo católica y leal al rey hasta 1578. Ese año, en la llamada Alteración, los protestantes se hicieron con el ayuntamiento, expulsaron a los regentes católicos y a los frailes, y los bienes de los conventos pasaron a la ciudad. Con el tiempo, sobre aquellas tierras se levantó este patio.

    A la vuelta de la esquina, en la Tuinstraat, se esconde otro, el hofje De Zeven Keurvorsten, los siete príncipes electores, con un nombre que suena a corte imperial y un patio diminuto. El Jordaan llegó a tener muchos patios como estos; hoy sobrevive solo un puñado. Encontrarlos es casi un juego: puertas corrientes, sin cartel, que se abren a un silencio inesperado.

    Lo extraordinario es que estos lugares siguen sirviendo para lo que se crearon: en ellos vive gente, a menudo personas solas que encuentran aquí una comunidad. Así que habla bajo y sal sin prisa. Luego camina hacia el este por la calle, en dirección a la Prinsengracht: la iglesia de ladrillo con forma de cruz que asoma al fondo es la Noorderkerk.

  10. 10. Noorderkerk y Noordermarkt

    Noordermarkt 48, 1015 NA Amsterdam, Netherlands

    Ponte en la plaza, frente a esta iglesia de ladrillo oscuro con forma de cruz griega: cuatro brazos iguales y, en el centro, una torrecita. Es la Noorderkerk, la iglesia del norte, pensada para los vecinos humildes del Jordaan, y a su alrededor la Noordermarkt, una de las plazas con más vida del barrio.

    Se construyó entre 1620 y 1623 con un diseño de Hendrick de Keyser, la tercera obra suya en este paseo, aunque él murió en 1621 sin verla terminada. Su planta era una pequeña revolución: el púlpito en el centro y los fieles alrededor, todos cerca de la palabra. Nada de altares, nada de imágenes, nada de capillas. El protestantismo hecho arquitectura.

    En esta plaza, el 24 de febrero de 1941, se celebró una reunión al aire libre que llamó a la huelga contra la persecución de los judíos de Ámsterdam. Al día siguiente se pararon tranvías, astilleros, fábricas y oficinas. Fue la Huelga de Febrero, una de las primeras grandes protestas contra la persecución de los judíos en la Europa ocupada. Los alemanes la aplastaron en dos días, y varios de sus organizadores lo pagaron con la vida.

    Unos pasos más al norte, en la Lindengracht, el barrio protagonizó en 1886 otra revuelta, de un tipo muy distinto. La policía quiso prohibir un juego popular brutal: colgar una anguila viva de una cuerda sobre el canal e intentar arrancarla desde una barca. El Jordaan se rebeló, hubo barricadas, llegó el ejército... y murieron más de veinte personas. La llaman el Palingoproer, la revuelta de la anguila, y aquí se cuenta todavía con una mezcla de orgullo y espanto.

    Hoy la Noordermarkt es otra cosa: puestos de mercado, quesos, pan, libros viejos y terrazas donde los vecinos discuten como si la plaza fuera su salón. Pocas iglesias de Ámsterdam están tan rodeadas de vida cotidiana. Ahora camina hacia el norte, al final de la Prinsengracht, hasta el último canal del paseo: la Brouwersgracht.

  11. 11. Brouwersgracht: ganchos, almacenes y casas que se inclinan

    Papiermolensluis, Brouwersgracht, 1015 Amsterdam, Netherlands

    Párate en el puente donde la Prinsengracht desemboca en la Brouwersgracht y mira a tu alrededor: almacenes altos con contraventanas de colores, vigas que asoman bajo el tejado con un gancho en la punta y fachadas que, si te fijas bien, están ligeramente inclinadas hacia delante.

    No es un error de los albañiles. Es a propósito. Las casas de Ámsterdam se construían estrechas y con escaleras empinadísimas, así que todo, sacos de grano, barriles, muebles, subía por fuera, colgado de ese gancho con una polea. Inclinando la fachada hacia delante, la carga no golpeaba las ventanas al subir. Todavía hoy, cuando alguien se muda en Ámsterdam, el sofá entra muchas veces por la ventana del tercer piso, mientras los vecinos miran conteniendo el aliento.

    Otras casas se inclinan hacia los lados, y esas sí son un problema. La ciudad entera descansa sobre pilotes de madera clavados en el barro hasta una capa de arena firme, a muchos metros de profundidad. Mientras la madera está bajo el agua, sin aire, aguanta siglos; si el nivel baja o el pilote se pudre, la casa empieza a hundirse y acaba apoyándose en la vecina. Ámsterdam es, literalmente, un bosque puesto del revés.

    El nombre lo dice todo: Brouwersgracht, el canal de los cerveceros. En los siglos XVI y XVII aquí se concentraban las cervecerías, en el borde de la ciudad y cerca del puerto, y por el agua llegaban las barcazas con el agua dulce y la cebada. Después, los almacenes guardaron el grano, la sal y las mercancías del comercio que hizo de Ámsterdam el gran almacén del mundo.

    Y aquí termina el paseo, en el borde del anillo de canales. Todo lo que has visto, la curva de oro, los hofjes, las iglesias de De Keyser, se construyó con una guerra de fondo: la de los Ochenta Años contra la corona española. En 1648, en la ciudad alemana de Münster, España reconoció por fin la independencia de la República. Quédate un rato mirando el agua: pocas vistas de Ámsterdam son tan tranquilas como esta.