Mercado de la Paz: el mercado de los señores y de las cocineras
Why is it significant?
Entre portales elegantes de la calle de Ayala aparece la entrada de un mercado de barrio de toda la vida, con puestos de fruta, de pescado y de embutidos bajo una estructura de hierro. Es el Mercado de la Paz, uno de los mercados más antiguos de Madrid que siguen abiertos.
Key Facts
| Place | Mercado de la Paz: el mercado de los señores y de las cocineras |
|---|---|
| Address | Calle de Ayala 28, 28001 Madrid, Spain |
| Geo Coordinates | 40.42720, -3.68580 |
| Part of Walk | Madrid señorial: el barrio de Salamanca y la Castellana, de la Puerta de Alcalá al Museo Lázaro Galdiano |
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Entre portales elegantes de la calle de Ayala aparece la entrada de un mercado de barrio de toda la vida, con puestos de fruta, de pescado y de embutidos bajo una estructura de hierro. Es el Mercado de la Paz, uno de los mercados más antiguos de Madrid que siguen abiertos.
Abrió a finales del siglo XIX, hacia 1882, cuando el barrio de Salamanca todavía estaba a medio hacer y había más solares que casas. Al principio fue un mercado sencillo, y con los años se cubrió, se amplió y se reformó varias veces. Por eso mezcla épocas: hierro del siglo XIX, reformas del XX y la vida de siempre. Su nombre, por cierto, es tan tranquilo como el ambiente que se respira dentro.
Lo interesante es a quién servía. En los pisos principales de estas calles vivían familias acomodadas; en las buhardillas y en los sótanos, las criadas, los porteros, los cocheros. Las cocineras de las grandes casas bajaban cada mañana con su cesta, y aquí se mezclaban dos mundos que arriba, en los salones, no se tocaban. Un mercado es una radiografía de su barrio: aquí se veía quién mandaba y quién trabajaba.
Esa jerarquía tenía también una lógica arquitectónica. En el Madrid del siglo XIX la clase social se medía por plantas: el piso principal, el primero de verdad sobre el entresuelo, era el más noble, con balcones corridos y techos altos. Cuanto más subías, más bajos los techos y más modestos los vecinos, hasta llegar a las buhardillas. Luego llegó el ascensor y le dio la vuelta a todo: de pronto, el último piso, con luz y vistas, empezó a ser el más deseado.
Al salir, fíjate en los portales de alrededor, con sus puertas de madera labrada, sus zócalos de mármol y sus porterías. Muchos son de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y cuentan esa misma historia de pisos y de clases. Ahora camina hacia el noreste, cruzando las calles de Velázquez y Núñez de Balboa, hasta una plaza con una estatua: es el hombre del que ya te hablé, convertido en bronce.