Scuola di San Giorgio degli Schiavoni: los lienzos de Carpaccio

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Delante de ti, junto a un canal estrecho, hay una fachada pequeña de piedra de Istria con un relieve: un caballero a caballo clavando su lanza en un dragón. Es la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni, y dentro guarda una de las salas más mágicas de Venecia, no mucho más grande que un salón de casa.

Key Facts

PlaceScuola di San Giorgio degli Schiavoni: los lienzos de Carpaccio
AddressCalle dei Furlani 3259/A, Castello, 30122 Venezia VE, Italy
Geo Coordinates45.43620, 12.34590
Part of WalkCastello secreto en Venecia: Vivaldi, Carpaccio y los leones del Arsenal
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Delante de ti, junto a un canal estrecho, hay una fachada pequeña de piedra de Istria con un relieve: un caballero a caballo clavando su lanza en un dragón. Es la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni, y dentro guarda una de las salas más mágicas de Venecia, no mucho más grande que un salón de casa.

Schiavoni era el nombre que los venecianos daban a los dálmatas, los eslavos de la otra orilla del Adriático. Eran marineros, comerciantes y soldados, muy numerosos en esta parte de la ciudad, y en 1451 fundaron aquí su cofradía, su scuola, para ayudarse en la enfermedad, en la pobreza y en la muerte. De ellos toma el nombre el gran muelle que acabas de pisar, la Riva degli Schiavoni.

A principios del siglo XVI encargaron a Vittore Carpaccio una serie de lienzos sobre sus santos protectores: san Jorge, san Trifón y san Jerónimo. Mira el combate de san Jorge: el suelo está sembrado de restos de las víctimas del dragón, medio devoradas, pintadas con un detalle casi macabro. Y en la escena de san Jerónimo, cuando el santo entra en el monasterio con su león manso, los monjes huyen despavoridos con los hábitos al viento... una de las escenas más cómicas del Renacimiento.

Pero el cuadro que enamora a todos es el de san Agustín en su estudio. Está escribiendo una carta a san Jerónimo cuando una luz entra por la ventana; según la leyenda, en ese instante sabe que Jerónimo acaba de morir. Todo está en silencio: los libros, los instrumentos, las partituras abiertas... y en el suelo, un perrito blanco, sentado, que mira la luz con la misma sorpresa que su amo.

Lo más sorprendente es que esta sala sigue perteneciendo a la misma cofradía, viva desde hace más de cinco siglos, que nunca dejó que los cuadros se dispersaran. Cuando reconstruyeron el edificio, a mediados del siglo XVI, las pinturas bajaron del piso superior a esta sala, y aquí siguen. Al salir, camina hacia el noreste: el campanario altísimo que asoma entre las casas te guiará hasta la siguiente iglesia.

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