Monte Testaccio: la montaña del aceite de la Bética

Why is it significant?

Párate al pie del montículo cubierto de hierba, al otro lado de la valla, y mira bien donde la tierra se ha desmoronado. Lo que parecen piedras son trozos de terracota rojiza y curvada, miles y miles de ellos.

Key Facts

PlaceMonte Testaccio: la montaña del aceite de la Bética
AddressVia di Monte Testaccio, 00153 Roma RM, Italy
Geo Coordinates41.87630, 12.47500
Part of WalkEl ojo de la cerradura y la colina de las ánforas: Aventino y Testaccio en Roma
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Párate al pie del montículo cubierto de hierba, al otro lado de la valla, y mira bien donde la tierra se ha desmoronado. Lo que parecen piedras son trozos de terracota rojiza y curvada, miles y miles de ellos. Esta colina, de unos treinta y cinco metros de alto y casi un kilómetro de perímetro, está hecha únicamente de cacharros rotos.

Es el Monte Testaccio, y su nombre viene de testae, que en latín significa cascos de cerámica. Guarda los restos de unos cincuenta millones de ánforas. Y ahora lo mejor: la inmensa mayoría venía de la Bética, la actual Andalucía, del valle del Guadalquivir, y casi todas traían lo mismo... aceite de oliva. Durante unos doscientos cincuenta años, desde la época de Augusto hasta mediados del siglo tercero, Roma se alimentó con aceite andaluz a escala industrial.

¿Por qué no reutilizaban las vasijas? Porque el aceite empapa el barro y se enrancia: un ánfora de aceite usada no valía nada. Así que los operarios las subían por la ladera, las rompían y colocaban los trozos en terrazas ordenadas, echándoles cal para matar el olor. Muchos fragmentos conservan sellos e inscripciones pintadas: el productor, el peso, los funcionarios que controlaban la carga y lugares junto al río Betis, el Guadalquivir. Este monte es, literalmente, el archivo contable del Imperio.

Y hay otro guiño español: desde hace décadas un equipo de la Universidad de Barcelona, dirigido por el historiador José Remesal, excava el monte y descifra esas etiquetas una a una. Mucho antes, los romanos de la Edad Media le habían encontrado otros usos. En carnaval celebraban juegos en la cima, y el más famoso consistía en lanzar cuesta abajo carros cargados de cerdos, mientras la multitud se peleaba por la carne al pie de la colina.

Más tarde se descubrió que las cuevas excavadas en su base se mantenían frescas todo el año, perfectas para guardar vino. Rodea el monte y verás que aquellas bodegas son hoy trattorias, bares y discotecas metidos entre los cascotes. Si cenas en alguna, mira la pared del fondo: a veces es un cristal y, detrás, iluminados, asoman dos mil años de basura imperial. Sigue ahora hacia el largo edificio del siglo diecinueve al final de la calle.

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