Puente de Segovia: tanto puente para tan poco río

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Asómate al pretil y recorre el puente con la mirada: nueve arcos de granito, enormes, robustos, pensados para durar siglos... sobre un río que, buena parte del año, parece que podrías cruzar sin mojarte apenas las rodillas. Es el puente de Segovia, el más antiguo de los que se conservan en Madrid.

Key Facts

PlacePuente de Segovia: tanto puente para tan poco río
AddressPuente de Segovia, Calle de Segovia, 28005 Madrid, Spain
Geo Coordinates40.41400, -3.72290
Part of WalkMadrid Río: puentes, garzas y el Matadero a orillas del Manzanares
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Asómate al pretil y recorre el puente con la mirada: nueve arcos de granito, enormes, robustos, pensados para durar siglos... sobre un río que, buena parte del año, parece que podrías cruzar sin mojarte apenas las rodillas. Es el puente de Segovia, el más antiguo de los que se conservan en Madrid.

Lo mandó construir Felipe II y lo diseñó Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial. Las obras terminaron hacia 1584, y el puente abrió el camino real hacia Segovia y hacia el monasterio que el rey levantaba en la sierra. Su sobriedad es puro Herrera: nada sobra, nada adorna, todo es proporción y piedra. Felipe II acababa de convertir Madrid en capital y quería que su corte tuviera una entrada a la altura de un imperio.

El problema era el río. Los poetas del Siglo de Oro se lo pasaron en grande: Góngora le dedicó un soneto que empieza Duélete de esa puente, Manzanares, en el que le recuerda al río que la gente dice que no es río para medio puente. En las tabernas corría la broma de que lo sensato sería vender el puente para comprar agua. Tanto puente para tan poco río, se repetía en Madrid. Y el Manzanares aguantaba las burlas con la paciencia de quien sabe que las crecidas también existen.

El puente vio pasar carrozas reales, rebaños, arrieros polvorientos y, en el otoño de 1936, la guerra. El frente se detuvo en la línea del Manzanares y el puente sufrió daños en los combates, que obligaron a restaurarlo después. Al otro lado se extiende la Casa de Campo, el antiguo coto de caza de los reyes, más de mil setecientas hectáreas de encinas y pinos que la Segunda República abrió a todos los madrileños en 1931.

Fíjate ahora en lo que no ves: ni coches ni humo. Desde los años setenta, la M-30 pasaba pegada a este puente; hoy circula bajo tus pies, metida en un túnel. El silencio que oyes costó años de obras. Sigue por la orilla hacia el sur, entre los pinos, y deja que el paseo te cuente cómo se consiguió.

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