Museo Nacional de Ciencias Naturales: el megaterio y el diplodocus
Why is it significant?
Delante de ti, al fondo de los jardines, se alarga un palacio de ladrillo, hierro y cerámica, con aire de gran pabellón de exposición del siglo XIX.
Key Facts
| Place | Museo Nacional de Ciencias Naturales: el megaterio y el diplodocus |
|---|---|
| Address | Calle de José Gutiérrez Abascal 2, 28006 Madrid, Spain |
| Geo Coordinates | 40.44000, -3.68970 |
| Part of Walk | El Chamberí secreto de Madrid: el Andén 0, la casa de Sorolla y la Residencia de Estudiantes |
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Delante de ti, al fondo de los jardines, se alarga un palacio de ladrillo, hierro y cerámica, con aire de gran pabellón de exposición del siglo XIX. Hoy lo comparten una escuela de ingenieros y el Museo Nacional de Ciencias Naturales, y dentro te espera un vecino enorme: un dinosaurio de más de veinte metros.
El edificio se levantó en los años ochenta del siglo XIX como Palacio de las Artes y la Industria, para acoger grandes exposiciones, en lo que entonces se llamaba los Altos del Hipódromo, a las afueras de la ciudad. El museo llegó aquí bastante más tarde, pero su historia es mucho más antigua: lo fundó Carlos III en 1771 como Real Gabinete de Historia Natural, uno de los primeros museos científicos de Europa.
La joya escondida no es el dinosaurio, sino un animal más raro: el megaterio, un perezoso gigante del tamaño de un elefante, desenterrado junto al río Luján, en la actual Argentina, y llegado a Madrid en 1789. Aquí, Juan Bautista Bru, disecador del Real Gabinete, montó su esqueleto: fue uno de los primeros esqueletos fósiles montados del mundo. A partir de sus dibujos, el francés Georges Cuvier le dio nombre científico. Más de dos siglos después, sigue en pie en el museo.
¿Y el dinosaurio? Es una réplica del diplodocus que el millonario Andrew Carnegie regaló a varios jefes de Estado y museos de medio mundo. A Alfonso XIII le llegó en 1913, y desde entonces ha fascinado a generaciones de niños madrileños, que hoy vuelven con sus hijos y lo saludan como a un viejo conocido.
Fíjate también en el terreno: este cerro, que por entonces llamaban la colina de los Chopos, era casi un descampado cuando, en 1915, un grupo de jóvenes vino a instalar a pocos metros una residencia que acabaría cambiando la cultura española. Rodea el edificio y sube por la calle del Pinar... nuestro último destino está a la vuelta.