Santuario Ueno Toshogu: La Joya de Oro de Tokugawa Ieyasu

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Avance con reverencia por la solemne avenida del santuario Ueno Toshogu, custodiada por doscientas cincuenta imponentes linternas de piedra y cincuenta faroles de bronce donados en el siglo diecisiete por los señores señoriales daimyo para jurar sumisión al shogun.

Key Facts

PlaceSantuario Ueno Toshogu: La Joya de Oro de Tokugawa Ieyasu
Address9-88 Uenokoen, Taito City, Tokyo 110-0007, Japan
Geo Coordinates35.71540, 139.77120
Part of WalkTokio: De Asakusa a Ueno, Templos de Edo y Colinas Sagradas
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Avance con reverencia por la solemne avenida del santuario Ueno Toshogu, custodiada por doscientas cincuenta imponentes linternas de piedra y cincuenta faroles de bronce donados en el siglo diecisiete por los señores señoriales daimyo para jurar sumisión al shogun. Al término del camino se alza la deslumbrante puerta Karamon, una obra maestra de estilo chino revestida de láminas de oro puro y adornada con intrincadas tallas policromadas de aves celestiales, dragones y flores de ciruelo.

Fundado en mil seiscientos veintisiete y engrandecido en mil seiscientos cincuenta y uno por el tercer shogun Tokugawa Iemitsu, este santuario sintoísta honra la memoria de Tokugawa Ieyasu, el gran pacificador que unificó Japón tras siglos de guerras feudales y dio comienzo a los doscientos cincuenta años de paz de la era Edo. Cada señor feudal rivalizaba en generosidad para regalar los faroles de piedra y bronce más majestuosos, buscando ganarse la bendición eterna del gran shogun unificador de Japón. En los senderos circundantes se conservan también monumentales muros de piedra volcánica.

Los pilares dorados de la puerta Karamon lucen dos dragones tallados según la leyenda por el genial maestro Hidari Jingoro: tan vivos eran sus rasgos que los monjes locales aseguraban que los dragones bajaban de noche a beber agua al estanque Shinobazu, teniendo que aprisionarlos simbólicamente con barras de metal. La estructura arquitectónica interior del santuario, ensamblada enteramente con complejas juntas de madera sin clavos metálicos, permitió al edificio absorber los mayores sismos sin sufrir daños estructurales.

Este templo posee una fama milagrosa bien documentada: sobrevivió sin un solo rasguño a la batalla de Ueno en mil ochocientos sesenta y ocho, al devastador sismo de mil novecientos veintitrés y a las bombas incendiarias de la Segunda Guerra Mundial.

Descienda por la escalinata meridional hacia las aguas mansas y los lotos gigantes del estanque de Shinobazu.

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