El Albert Memorial: un relicario de oro para un príncipe
Why is it significant?
Sube la vista por esa aguja gótica cuajada de mosaicos, pináculos y estatuas, más de cincuenta metros de piedra, bronce y esmalte. En el centro, sentado bajo el baldaquino, un hombre de oro mira hacia el sur.
Key Facts
| Place | El Albert Memorial: un relicario de oro para un príncipe |
|---|---|
| Address | Kensington Gardens, London W2 2UH, United Kingdom |
| Geo Coordinates | 51.50240, -0.17770 |
| Part of Walk | Londres de museos y jardines: de los cuadros españoles de Wellington a South Kensington |
| Generated | Generated |
Sube la vista por esa aguja gótica cuajada de mosaicos, pináculos y estatuas, más de cincuenta metros de piedra, bronce y esmalte. En el centro, sentado bajo el baldaquino, un hombre de oro mira hacia el sur. Es el príncipe Alberto, marido de la reina Victoria, y sostiene un libro: el catálogo de la Gran Exposición de 1851.
Alberto murió en diciembre de 1861, con solo 42 años, y Victoria vistió de luto el resto de su vida, cuatro décadas. El arquitecto George Gilbert Scott diseñó el memorial como un relicario gigante, como esos cofres que en las catedrales medievales guardaban los huesos de un santo. La reina lo inauguró en 1872, y la estatua de bronce dorado se completó unos años después.
Rodea el pedestal y mira el friso de mármol: casi ciento setenta figuras talladas de pintores, escultores, arquitectos, poetas y músicos de toda la historia, con Homero en un lugar de honor. Es un quién es quién del arte occidental según el gusto victoriano, y resulta divertido buscar a tus favoritos y comprobar quién se quedó fuera. En las esquinas, cuatro grupos de mármol representan los continentes. Busca el de América: un bisonte rodeado de figuras que simbolizan sus pueblos, vistos con los ojos, y los prejuicios, de un escultor británico de 1870.
Durante buena parte del siglo XX, el príncipe no brillaba. Estaba ennegrecido, y circula la historia de que lo pintaron de negro en la Primera Guerra Mundial para que no sirviera de referencia a los zepelines alemanes, aunque nadie lo ha podido demostrar. Una larga restauración le devolvió el oro y terminó en 1998.
Ahora gírate y mira lo que Alberto contempla: al otro lado de la calle se alza una enorme rotonda de ladrillo rojo con una cúpula de cristal. Él nunca la vio terminada, pero lleva su nombre. Cruza Kensington Gore con cuidado y acércate a la gran sala.