Plaça de Rovira i Trias: el arquitecto que perdió el Eixample
Why is it significant?
Acércate al banco de la plaza: sentado en él, tamaño natural, con aire de paciencia infinita, hay un hombre de bronce. A sus pies, grabado en el suelo, aparece un plano de Barcelona... pero no el que conoces. Siéntate a su lado si quieres: está acostumbrado a la compañía.
Key Facts
| Place | Plaça de Rovira i Trias: el arquitecto que perdió el Eixample |
|---|---|
| Address | Plaça de Rovira i Trias, 08024 Barcelona, Spain |
| Geo Coordinates | 41.40760, 2.15840 |
| Part of Walk | Gràcia, el pueblo dentro de Barcelona: plazas, la Casa Vicens y la Plaça del Diamant |
| Generated | Generated |
Acércate al banco de la plaza: sentado en él, tamaño natural, con aire de paciencia infinita, hay un hombre de bronce. A sus pies, grabado en el suelo, aparece un plano de Barcelona... pero no el que conoces. Siéntate a su lado si quieres: está acostumbrado a la compañía.
Es Antoni Rovira i Trias, arquitecto municipal de Barcelona en el siglo XIX. En 1859, cuando la ciudad por fin pudo crecer más allá de sus murallas, el Ayuntamiento convocó un concurso para diseñar el ensanche. Rovira lo ganó con un proyecto precioso: una ciudad en forma de abanico, con avenidas que se abrían como radios desde el casco antiguo y conectaban con los pueblos del llano, Gràcia incluida.
Pero el Gobierno de Madrid tenía otros planes. Ya había autorizado los estudios del ingeniero Ildefons Cerdà, y en 1860 impuso su proyecto: la gran cuadrícula de manzanas con las esquinas cortadas que hoy llamamos el Eixample, pensada para que el aire y la luz entraran en todas las casas. En Barcelona muchos lo vivieron como una imposición, y durante años se habló de aquella decisión con rencor. Rovira se quedó con el premio... y sin su ciudad.
Ironías de la historia: hoy el Eixample de Cerdà se estudia en todo el mundo como un modelo de urbanismo, y el plano de Rovira solo existe aquí, a los pies de una estatua. Pero Rovira no se fue con las manos vacías. Diseñó mercados como el de Sant Antoni y, en Gràcia, la torre del reloj que verás al final del paseo.
Fíjate en el detalle: Gràcia, la villa que no quería ser absorbida por Barcelona, le dedicó un rincón tranquilo al arquitecto que había imaginado una Barcelona que respetaba a sus pueblos. Antes de irte, busca en el plano del suelo el casco antiguo: verás cómo todas sus avenidas nacían de él, como si la ciudad vieja fuera el corazón de un abanico. Cuando te levantes del banco, baja hacia el sur por las calles del barrio hasta una plaza peatonal presidida por una iglesia de piedra con un campanario.