Giardini della Biennale: el parque de Napoleón y la Bienal

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Delante de ti se abren árboles altos, avenidas de grava y, entre la vegetación, pabellones de estilos muy distintos: uno parece un templo, otro una casa moderna, otro un búnker. Estás en los Giardini, el mayor parque de Venecia y el corazón de la Bienal de Arte.

Key Facts

PlaceGiardini della Biennale: el parque de Napoleón y la Bienal
AddressViale Trieste, Castello, 30122 Venezia VE, Italy
Geo Coordinates45.42900, 12.35790
Part of WalkCastello secreto en Venecia: Vivaldi, Carpaccio y los leones del Arsenal
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Delante de ti se abren árboles altos, avenidas de grava y, entre la vegetación, pabellones de estilos muy distintos: uno parece un templo, otro una casa moderna, otro un búnker. Estás en los Giardini, el mayor parque de Venecia y el corazón de la Bienal de Arte.

Este parque nació de una demolición. En 1807 Napoleón decidió que Venecia necesitaba jardines públicos, y el arquitecto Giannantonio Selva derribó para conseguirlos una parte entera de Castello, con iglesias, conventos y casas. Los vecinos perdieron sus parroquias; la ciudad ganó sombra y una vista abierta a la laguna. Durante décadas fue simplemente el paseo de los venecianos, con la isla de San Giorgio al fondo.

En 1895 la ciudad organizó aquí una exposición internacional de arte, y fue tal el éxito que se convirtió en la Bienal, una de las citas artísticas más importantes del mundo. Desde 1907 los países empezaron a construir sus propios pabellones; el primero fue el de Bélgica. España tiene el suyo desde los años veinte, y en cada edición sus artistas lo transforman por completo.

Muchos de esos pabellones son obras de grandes arquitectos. Carlo Scarpa, veneciano, dejó aquí espacios llenos de luz y de agua, y el de Finlandia lo proyectó Alvar Aalto en madera, casi como una cabaña desmontable. Pasea entre ellos y juega a adivinar el país por la arquitectura: a veces aciertas a la primera, y a veces el edificio dice más de su época que de su nación. Fuera de los meses de exposición, el recinto se cierra y los pabellones duermen entre los árboles, como un pueblo fantasma de la vanguardia.

Pero en los paseos que rodean el recinto la vida sigue: gatos, ancianos con el periódico, niños en bicicleta, la Venecia de los vecinos, que la Bienal no ha logrado echar. Ahora sal hacia el norte, cruza el canal de Sant'Isepo y atraviesa el barrio entre casas humildes, buscando un puente que lleva a una isla con un campanario blanco e inclinado.

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