Café Tortoni y tertulias literarias de la Agrupación de Gente de Artes

Why is it significant?

Empujen las puertas de roble y cristal esmerilado para respirar la historia viva en el Café Tortoni, el café de tertulia más célebre, antiguo y venerado de Buenos Aires.

Key Facts

PlaceCafé Tortoni y tertulias literarias de la Agrupación de Gente de Artes
AddressAvenida de Mayo 825, C1084 CABA, Argentina
Geo Coordinates-34.60880, -58.37900
Part of WalkPlaza de Mayo, Cabildo y Avenida de Mayo: el eje cívico e histórico porteño
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Empujen las puertas de roble y cristal esmerilado para respirar la historia viva en el Café Tortoni, el café de tertulia más célebre, antiguo y venerado de Buenos Aires. Fundado en 1858 por un inmigrante francés de apellido Touan en las inmediaciones de la calle Rivadavia y trasladado a este emplazamiento definitivo en 1898 con la apertura de la Avenida de Mayo, el Tortoni debe su nombre al célebre café parisino del bulevar de los Italianos.

Observen su suntuoso interior decimonónico: mesas con tableros de mármol blanco de Carrara sobre patas de hierro forjado negro, revestimientos de madera de cedro lustrada, majestuosas columnas estucadas y deslumbrantes vidrieras francesas de colores en el lucernario que bañan de luz dorada el salón.

Entre 1926 y 1943, en la bodega subterránea llamada La Peña, el pintor Quinquela Martín, el poeta Alfonsina Storni y el músico Juan de Dios Filiberto animaron las tertulias artísticas más memorables de la cultura sudamericana. En sus butacas de cuero se acodaron maestros de la talla de Jorge Luis Borges, Carlos Gardel, Federico García Lorca, Luigi Pirandello y Albert Einstein mientras disfrutaban de un chocolate caliente con churros crujientes recién fritos. El tango vibra con naturalidad entre estas paredes: en su escenario íntimo continúan ofreciéndose recitales de música porteña donde bandoneones y guitarras arrancan lágrimas a visitantes de todo el mundo. El Tortoni fue distinguido oficialmente como Café Notable y Monumento Histórico de la metrópoli. En los anaqueles vidriados de su sala de billar se exhiben tacas de marfil, viejos libros de visitas con dedicatorias manuscritas de embajadores ilustres y fotografías sepia de orquestas típicas de principios del siglo veinte.

Sentarse ante una taza humeante de café cortado bajo el tic-tac de sus relojes de péndulo es palpar la melancolía filosófica que define el alma íntima del habitante de Buenos Aires.

Prosigamos hacia el oeste por la ancha Avenida de Mayo hacia la cuadra del mil trescientos para admirar el Hotel Castelar.

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