Pasaje Russell y callejón empedrado con murales de arte urbano
Why is it significant?
Doblamos por el Pasaje Russell, un pasaje íntimo y empedrado de dos cuadras trazado en forma de ele que constituye uno de los rincones más fotogénicos y entrañables de Palermo Viejo.
Key Facts
| Place | Pasaje Russell y callejón empedrado con murales de arte urbano |
|---|---|
| Address | Pasaje Russell y Gurruchaga, C1414 CABA, Argentina |
| Geo Coordinates | -34.58720, -58.42850 |
| Part of Walk | Palermo Soho, pasajes bohemios y Bosques de Palermo: vanguardia y naturaleza porteña |
| Generated | Generated |
Doblamos por el Pasaje Russell, un pasaje íntimo y empedrado de dos cuadras trazado en forma de ele que constituye uno de los rincones más fotogénicos y entrañables de Palermo Viejo. Abierto a comienzos del siglo veinte para comunicar las quintas hortícolas con los primitivos caminos de carretas, el pasaje debe su nombre al marino británico John Russell, veterano de las guerras coloniales del siglo diecinueve.
Caminar por sus adoquines es ingresar en un oasis de silencio a escasos metros del bullicio comercial: casas de una sola planta con puertas de cedro, postigos de madera pintados de verde manzana, faroles coloniales de pared y glicinas perfumadas que caen en cascadas lilas sobre los muros.
El rasgo distintivo que consagró al Pasaje Russell en el circuito artístico internacional es su condición de galería viva de street art: sobre las fachadas de ladrillo visto y revoques descascarados, destacados muralistas argentinos e internacionales han pintado obras de arte urbano conmovedoras. Destacan retratos hiperrealistas de niños del interior del país, figuras mitológicas andinas, citas poéticas y animales pampeanos ejecutados con técnicas mixtas de aerosol, plantillas y pintura al temple. En varias de sus antiguas viviendas tipo chorizo funcionan estudios de tatuajes artísticos, talleres de cerámica esmaltada a mano y tiendas secretas de libros de poesía independiente donde los dueños convidan café de cortesía a los paseantes. Las veredas estrechas no permiten el tránsito vehicular veloz, lo que preserva una atmósfera de aldea detenida en el tiempo donde los gatos duermen al sol sobre los capós de viejos automóviles clásicos. Los adoquines centenarios de granito gris y las enredaderas de jazmines que trepan por las farolas coloniales aportan una deliciosa frescura botánica que amortigua el bullicio de las avenidas vecinas.
La combinación entre la arquitectura doméstica humilde de principios del siglo veinte y la audacia visual del muralismo contemporáneo convierte a este pasaje en pura magia porteña.
Sigamos hacia la calle Thames para ingresar al contiguo y señorial Pasaje Santa Rosa.